SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 9 • EDICION No. 410• DEL 17 AL 23 DE OCTUBRE 2004
COLUMNISTA INVITADO

El cuarto debate Bush-Kerry

De momento, lo que el equipo demócrata consiguió es haberse colocado al mismo nivel del presidencial, lo que no es poco. Hizo ponerse nervioso al presidente en algunos momentos, y levantó ciertas dudas en su sólida posición.

Joaquín Roy*

John Kerry y George W. Bush  

Tres dimensiones destacan en el balance de los tres debates entre los candidatos presidenciales y el único entre los contendientes a la vicepresidencia de los Estados Unidos. En primer lugar, la obsesión central de los participantes siguió siendo la misma: no cometer un error garrafal y digno de pasar a los anales. En ese sentido, ambos resultaron plenamente triunfadores.

En segundo término, el ambiguo y ciertamente desangelado ambiente del primer enfrentamiento verbal celebrado en Miami se fue endureciendo moderadamente a medida que se iban insertando temas que escapaban al guión monográfico sobre Irak que presidió sorpresivamente el primer encuentro dedicado a política exterior. En tercer lugar, con una lectura europea o latinoamericana, se confirmó que para el electorado norteamericano el resto del planeta no existe, o apenas cuenta en la toma de sus decisiones en el sufragio.

Pareciera como si a medida que avanzaban los debates los contendientes aprendieran a sentirse más cómodos y enfocaran mejor los temas y las cámaras, mirando de frente en los momentos convenientes. Esa oportunidad, sin embargo, no la tuvieron los aspirantes al cargo de la vicepresidencia. En esa especial cita, Cheney probablemente pasará a la historia como el más desapercibido, no porque estuviera sobrio y calculado, sino porque en demasiados fragmentos daba la sensación de considerar el ejercicio como una pérdida de tiempo. Si no miró el reloj como hizo en su momento Bush padre, poco le faltó. Edwards, en cambio, capturó la atención por su comparativa ventaja generacional, aunque parece más joven de lo que es.

Al tratar algunos de los temas más acuciantes de política interna, y sobretodo lo que se podría considerar como ideología, los candidatos presidenciales salieron a la superficie como abogados de dos tendencias plenamente contrapuestas. Kerry osciló inexorablemente hacia tesis que podrían ser consideradas como socialdemócratas moderadas en Europa, en lo que atañe a la salud, el empleo, y el papel del gobierno, mientras que nunca pareció interesado en explicar el especial perfil del “conservadurismo compasivo”.

El ángulo más polémico de política exterior explotado al máximo por Bush fue, desde el primer debate, el llamado “test global” que Kerry defendió en cuanto a la actuación de los Estados Unidos en aventuras militares. El presidente acusó, en clara tergiversación de las intenciones de Kerry, a su oponente de pretender condicionar la soberanía de los Estados Unidos al veto del resto del mundo.

Sabedor de la imposibilidad de aceptar una autoridad superior (del tipo de la UE), Kerry intentó en todo momento aclarar que los Estados Unidos tendrían una mayor autoridad moral si consiguieran la colaboración y la anuencia de una gama amplia de aliados, para evitar desastres como la guerra de Irak. Bush nunca abandonó el guión que le llevó a la invasión y la ocupación, y que consistió en el anuncio de que las Naciones Unidas tenían dos opciones: subirse al carro, o mantenerse al margen. Esa tozudez es paralela a la manera cómo el presidente contestó en el segundo debate si había cometido algún error en su actuación política. Contestó que quizá solamente habría errado en algún nombramiento de colaboradores.

Si sirve de lección o confirmación de sospechas, el debate, finalmente, ratificó la sensación de que para la mayoría de los norteamericanos, con la excepción de la amenaza terrorista y el desastre de Irak, el resto del mundo apenas cuenta. Si se perdió la dorada oportunidad de Miami para discutir algunas dimensiones de las relaciones con América Latina, aunque fuera en dimensiones monográficas como el tráfico de drogas o la inmigración ilegal, la clausura en la fronteriza Arizona dejó bastante de desear, y apenas dedicó unos minutos al espinoso tema de los trabajadores ilegales. Europa, las propias Naciones Unidas, el sistema interamericano (en plena crisis de la OEA), los diversos entramados de libre comercio, y los conflictos comerciales, que amenazan en hacer saltar en pedazos a la OMC, no merecieron atentar contra la limitada capacidad de atención del electorado. Fue una lástima, pero todo sea por el civilizado tono moderado.
En cuanto al resultado electoral de los debates, mientras las encuestas conceden una ventaja a la candidatura de Kerry y Edwards, habrá que esperar a los últimos días para ver el impacto de ese ascenso mediático. La clave está en el 50% de los indecisos, que lo son de verdad (porque el otro 50% miente y ya se ha decidido). Unos detalles detectados en los próximos días decidirán la balanza.

De momento, lo que equipo demócrata consiguió es haberse colocado al mismo nivel del presidencial, lo que no es poco. Hizo ponerse nervioso al presidente en algunos momentos, y levantó ciertas dudas en su sólida posición. Pero también es cierto que Bush encajó el golpe, y mejoró en su actitud posterior. Si gana, ese detalle le habrá dado la renovación del cargo. Si gana Kerry, haber capturado la prestancia presidencial en el primero resultará la clave.

*Catedrático ‘Jean Monnet’ y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami

Joaquín Roy

Ralf Dahrendorf