SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 9 • EDICION No. 409• DEL 10 AL 16 DE OCTUBRE 2004
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Ejército de uno

Juan Carlos Ampié

   

Si alguna vez ha deseado pertenecer a esas turbas que ajustician malhechores con cruel creatividad, tenemos una película para usted. Se trata de “Hombre en Llamas”. La presencia de Denzel Washington —reuniéndose con Tony Scott, su director de Crimson Tide (1995)— promete algo superior a los típicos esperpentos del hermano menor de Ridley Scott. Lo poco que se cumple de esa promesa queda desvirtuado por las repelentes implicaciones políticas y raciales de este melodrama de venganza.

Creasy (Washington) es un mercenario desencantado, con un problema de alcoholismo incipiente. Un viejo compañero de armas (Christopher Walken) le ayuda a encontrar trabajo como guardaespaldas en México. Así llega a la mansión de Samuel Ramos (Marc Anthony), industrial mexicano con una esposa americana (Rhada Mitchell) y una precoz hija, Pita (Dakota Fanning). La niña, desconectada de los padres absortos en el mundo de los negocios y su lujoso estilo de vida, busca amistad con su nuevo guardián. Poco a poco, Creasy deja caer sus murallas emocionales y establece un vínculo paternal con la pequeña. El rudo mercenario parece amansado, hasta que un escuadrón de policías corruptos y grasientos criminales rapta a Pita y deja al guardaespaldas desangrándose en una acera. Recuperado a medias de sus heridas, Creasy se lanza a impartir justicia por su propia mano.

El director Tony Scott siempre ha sido un hombre de acción, no de reflexión. Por eso, sorprende un poco que la película dedique tanto tiempo a establecer el vínculo entre Creasy y Pita. A pesar que el guión de Brian Helgeland está plagado de diálogos dolorosamente expositivos, Washington y Fanning se elevan sobre el prosaico material. Al menos, hasta que sucede el secuestro.

El evento no surge como elemento sorpresa. La película arranca con un montaje que presenta a México DF como la capital mundial de esta industria criminal. Quizas eso sea cierto, pero la película de Scott simplifica la compleja realidad en una trama de incómodo maniqueismo. El buen mercenario americano, en justificada furia vengativa, mata con lujo de sadismo para el deleite de la audiencia. Todas las autoridades locales son corruptas. Hasta las supuestas víctimas pueden ser merecedoras de castigo. Los dos “nativos buenos” de mayor perfil – el investigador Manzano (Giancarlo Gianini) y la periodista Mariana (Rachel Ticotin) – son interpretados por un italiano y una latina del Bronx, que ni siquiera tratan de emular el acento apropiado. A la par de Marc Anthony, forman el trío de chilangos menos convincente en la historia del cine.

En el mundo según “Hombre en Llamas”, los latinos somos corruptos o débiles, intercambiables entre sí independientemente de nacionalidad. Somos como animales desensibilizados. Vea el episodio en que Creasy expulsa con escopetazos al aire a una sudorosa masa de bailarines frenéticos en una discoteca a punto de explotar. Nunca dejan de bailar. Y cuando el edifico estalla frente a sus ojos, lo celebran como si fuera parte del espectáculo. El justiciero norteamericano tiene que venir a imponer el orden, y lo mejor que podemos hacer es asistirlo en su masacre.

Quizás estoy leyendo demasiado en un sub-producto escapista, pero el director trata su pulposa ficción con extrema seriedad. Las cifras que abren la película, manifestando la incidencia de secuestros en America Latina, pretenden anclarla en la realidad. El extensivo uso de la cámara a mano delata un interés pseudo-documental. También se posesiona de afectaciones artísticas que aspiran a la respetabilidad. La excelente fotografía de Paul Cameron quema de color los ambientes de la capital mexicana. La edición y la banda sonora emulan el estilo de “Seven” (David Fincher, 1995) hasta el extremo de llenar la banda sonora con temas de Nine Inch Nails. Washigton y Fanning son excelentes actores, al igual que el desperdiciado Gianini. Cuando después de más de dos horas de humillación, los realizadores agradecen la hospitalidad de los habitantes del Distrito Federal, no podemos hacer más que reir. La ironía es tan rica que casi justifica la existencia de esta basura.

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