SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 9 • EDICION No. 406• DEL 19 AL 25 DE SEPTIEMBRE 2004
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Persuasión a quemarropa

La suerte de la ciega: Bryce Dallas Howard no puede ver el horror de "La Aldea"

Juan Carlos Ampié

Lucius (Joaquin Phoenix) es un joven herrero en un aislado poblado de antaño. Mantiene un tentativo flirteo con Ivy (Bryce Dallas Howard), que también dedica tiempo y cariño a Noah (Adrien Brody), el proverbial idiota del pueblo. Sus respectivos padres Alice Hunt (Sigourney Weaver) y Edward Walker (William Hurt), pertenecen al grupo de Mayores que gobiernan la aldea. La sabiduría de ellos mantiene alejados a “los inmencionables”, intimidantes criaturas que parecen atraídas por el color rojo. Mientras se construye un triángulo amoroso entre los jóvenes protagonistas, extraños presagios siembran alarma entre los aldeanos: animales desollados, marcas rojas en las puertas. Los Mayores están alarmados, y Lucius quiere hacer algo al respecto.

Hay algo aterrador en “La Aldea”, y no se trata de los monstruos que rondan en los bosques que la rodean. Se trata de la truculencia narrativa del director M. Night Shyamalan, que finalmente ha tocado fondo. El problema comienza con The Sixth Sense (1999), la popular película que lo puso en el mapa. La efectividad de su giro final lo convence de que la clave del éxito está en “sorprender” a la audiencia con un desenlace que los obliga a reevaluar todo lo que han visto antes. Esa es una verdad a medias. Tan importante como la sorpresa del desenlace - sino más - era la honestidad emocional invocada por el reparto. Por eso la película se sostiene aún cuando conocemos la verdadera naturaleza de la relación entre el psiquiatra interpretado por Bruce Willis y el niño que ve a los muertos (Haley Joel Osment).

Desde entonces, el director ha creado películas de suspenso que repasan mitos de cultura popular. Con los fantasmas cubiertos en su primer éxito de taquilla, Shyamalan pasó a los super héroes en Unbreakable (2000), y los extraterrestres en Signs (2002). La calidad de los filmes ha bajado, mientras incrementa el énfasis en el giro final. Eso supuso un problema particular en Signs, donde la revelación del punto débil de los alienígenas saboteaba la existencia de la película. Basta decir que a pesar de ser tan avanzados como para crear naves intergalácticas, fatalmente desconocían los materiales impermeables.

No daré indicios sobre las sorpresas de “La Aldea”, porque sin ellas no queda mucha película que ver. El desarrollo de la trama no aporta un nivel de complejidad dramática que soporte siquiera una reevaluación superficial después de las grandes revelaciones. Mas allá de servir para darle razón de ser a las “sorpresas”, los aldeanos no tienen vida propia. Los diálogos son torpes a la hora de imitar el lenguaje del pasado —o la idea del lenguaje del pasado que tenemos producto de las películas—. El guión se siente como un borrador inicial, un trabajo aún en proceso. Eso obliga a algunos a sobre-actuar (casi duele ver a Hurt y Brody), o los condena a perderse entre las sombras (es un crimen hacerle eso a Weaver y el indispensable Brendan Gleeson).

La única sorpresa legítima es Bryce Dallas Howard. La hija del director Ron Howard hace un fuerte debut, y parece destinada a cosas mejores. Ha heredado el papel que Nicole Kidman abandonara en “Manderlay”, la secuela de “Dogville” que Lars Von Trier prepara para el 2005. Esta conexión solo llama mas la atención sobre el callejón sin salida que Shyamalan ha construido para sí mismo. Mientras “Dogville” dejaba en la superficie su artificialidad para hundirse en la experiencia humana, “La Aldea” pretende usar la humanidad de los personajes para tapar sus vacíos acertijos.

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