Persuasión a quemarropa
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| La suerte de la ciega: Bryce
Dallas Howard no puede ver el horror de "La Aldea" |
Juan Carlos Ampié
Lucius (Joaquin Phoenix) es un joven herrero en
un aislado poblado de antaño. Mantiene un tentativo flirteo con
Ivy (Bryce Dallas Howard), que también dedica tiempo y cariño
a Noah (Adrien Brody), el proverbial idiota del pueblo. Sus respectivos
padres Alice Hunt (Sigourney Weaver) y Edward Walker (William Hurt),
pertenecen al grupo de Mayores que gobiernan la aldea. La sabiduría
de ellos mantiene alejados a “los inmencionables”, intimidantes
criaturas que parecen atraídas por el color rojo. Mientras se
construye un triángulo amoroso entre los jóvenes protagonistas,
extraños presagios siembran alarma entre los aldeanos: animales
desollados, marcas rojas en las puertas. Los Mayores están alarmados,
y Lucius quiere hacer algo al respecto.
Hay algo aterrador en “La Aldea”, y
no se trata de los monstruos que rondan en los bosques que la rodean.
Se trata de la truculencia narrativa del director M. Night Shyamalan,
que finalmente ha tocado fondo. El problema comienza con The Sixth Sense
(1999), la popular película
que lo puso en el mapa. La efectividad de su giro final
lo convence de que la clave del éxito está en “sorprender” a
la audiencia con un desenlace que los obliga a reevaluar
todo lo que han visto antes. Esa es una verdad a medias. Tan importante
como la sorpresa del desenlace - sino más - era la honestidad
emocional invocada por el reparto. Por eso la película se sostiene
aún
cuando conocemos la verdadera naturaleza de la relación entre
el psiquiatra interpretado por Bruce Willis y el niño que ve
a los muertos (Haley Joel Osment).
Desde entonces, el director ha creado películas
de suspenso que repasan mitos de cultura popular. Con los fantasmas
cubiertos en su primer éxito de taquilla, Shyamalan pasó a
los super héroes
en Unbreakable (2000), y los extraterrestres en Signs
(2002). La calidad de los filmes ha bajado, mientras incrementa el énfasis
en el giro final. Eso supuso un problema particular en Signs, donde
la revelación
del punto débil de los alienígenas saboteaba la existencia
de la película. Basta decir que a pesar de ser tan avanzados
como para crear naves intergalácticas, fatalmente desconocían
los materiales impermeables.
No daré indicios sobre las sorpresas de “La
Aldea”,
porque sin ellas no queda mucha película que ver. El desarrollo
de la trama no aporta un nivel de complejidad dramática
que soporte siquiera una reevaluación superficial después
de las grandes revelaciones. Mas allá de servir para darle
razón de ser
a las “sorpresas”, los aldeanos no tienen vida propia.
Los diálogos son torpes a la hora de imitar el lenguaje
del pasado —o
la idea del lenguaje del pasado que tenemos producto
de las películas—.
El guión se siente como un borrador inicial, un trabajo
aún
en proceso. Eso obliga a algunos a sobre-actuar
(casi duele ver a Hurt y Brody), o los condena a perderse entre
las sombras (es un crimen hacerle eso a Weaver y el indispensable
Brendan Gleeson).
La única sorpresa legítima es Bryce
Dallas Howard. La hija del director Ron Howard hace un fuerte debut,
y parece destinada a cosas mejores. Ha heredado el papel que Nicole
Kidman abandonara en “Manderlay”,
la secuela de “Dogville” que Lars Von Trier prepara
para el 2005. Esta conexión solo llama mas la atención
sobre el callejón sin salida que Shyamalan ha construido
para sí mismo.
Mientras “Dogville” dejaba en la superficie su artificialidad
para hundirse en la experiencia humana, “La Aldea” pretende
usar la humanidad de los personajes para tapar
sus vacíos acertijos. |