Jauría humana
Juan Carlos Ampié
El último exabrupto del director danés Lars Von Trier
pasó de largo los cines para aterrizar en los estantes del videoclub.
No es de extrañarse. Dogville es puro veneno de taquilla. Su único
capital comercial está en el protagonismo de Nicole Kidman. Por
lo demás, la película está concebida como cine-arte
de línea dura: filmada en video de alta definición, en
un estudio gigantesco que emula un escenario teatral. Los ambientes
en que se desarrolla la acción son apenas sugerido por líneas
de tiza dibujadas en el suelo. El fondo es blanco o negro, según
sea noche o día. Apenas hay algunos elementos de utilería.
Efectos de sonido sugieren puertas invisibles. Se desarrolla lentamente
durante casi tres horas. Suena como un castigo para el espectador casual,
pero se sentirá como el cielo para las felices minorías
que conecten con el material.
Dogville es un pequeño pueblo montañes
en los Estados Unidos de los años 30. Una noche, bajo un coro
de disparos lejanos, llega una bella fugitiva: Grace (Nicole Kidman).
Huye de enemigos anónimos,
necesita esconderse. El intelectual local, Tom Edison
(Paul Bettany), convence a todos de protegerla por un período
de prueba. Grace pagará la atención con favores: recogerá manzanas
con Chuck (Stellan Skarsgard), cuidará a los hijos de Vera
(Patricia Clarkson); leerá para el ciego Jack (Ben Gazzara);
le ayudará en
los quehaceres domésticos al padre de Tom (Phillip Baker Hall);
despachará en la tienda de Ma Ginger (Lauren Bacall); será una
amiga gentil para el tonto del pueblo, Ben (Zeljko
Ivanec)…por
unos días, todo es felicidad para Grace, hasta que aparecen
volantes ofreciendo una recompensa por ella. Su belleza y bondad
despierta resentimiento. Poco a poco, sus protectores
se vuelven verdugos.
Von Trier ha sido tildado de misógino
por su fijación
en personajes femeninos martirizados. La racha empezó en 1996
con Breaking the Waves, donde Emily Watson interpreta
a una sencilla muchacha que se prostituye a petición de su
esposo paralítico.
En Dancer in the Dark (2000), la cantante islandesa
Bjork es una pobre inmigrante fascinada con películas musicales,
aunque es casi ciega…y tiene un hijo que se esta quedando ciego…y
trabaja turnos dobles en una fábrica de trastos para pagarle
una operación….y
es acusada injustamente de asesinato…y es condenada a muerte…Ahora,
la diáfana Nicole Kidman sufre múltiples vejaciones
físicas
y mentales, entre las cuales esta llevar un grillete
en el cuello, encadenado a una pesada rueda de hierro.
Von Trier parece un junkie del sufrimiento
y el melodrama. Pero se reinvindica por su insistencia en experimentar
con los medios expresivos del cine y la psicología del
espectador. La estrategia es conectarnos emocionalmente con
los protagonistas de sus historias, mientras deconstruye el
artificio cinematográfico. ¿Cuántas
privaciones estamos dispuestos a aceptar para seguir a los personajes con
quienes nos identificamos? ¿Y qué pasa con nuestra
empatía cuando
ellos empiezan a hacer cosas terribles? Ni siquiera la forma tradicional
del cine está a salvo. Lo primero en irse es el trípode,
y con él
la estabilidad de la imagen. La lustrosa calidad visual del film se rinde
ante la dureza del video. Ahora, hasta nos quita el espacio
físico de los
sets y locaciones reales. La sensación que transmite es de inseguridad.
Cualquier cosa puede pasar. Sus películas son como pruebas de resistencia
para el espectador frente a la pantalla, y para el actor frente a la cámara.
La película supone una transgresión
a su militancia en el movimiento Dogma 95, un grupo de cineastas a
mediados de los noventas, que pretendía
salvar al cine de los trucos artificiales de la modernidad. Sus películas
ocurrían en tiempo real, se filmaban en video con cámara a
mano, iluminación disponible y sonidos justificados por la acción
retratada. Aunque conserva algunas de estas condiciones, a partir de Dancer… Von
Trier se ha lanzado al otro extremo. Dogville se presenta desvergonzadamente
como una construcción
caprichosa. Puro artificio, producto de la mente retorcida
de su director, que se mantiene omnipresente como un Dios que todo lo ve.
Su voz es la de un narrador de confortable acento inglés (John Hurt),
relatando una fábula sensacionalista como si fuera un dulce cuento
de hadas. Ocasionales planos en picada que muestran todo el esquema
del pueblo delatan su presencia. Desde arriba el escenario
parece el tablero de un juego macabro, y los actores,
piezas que puede mover a su antojo.
Algunos no pueden trascender ese sino. Lauren
Bacall, Ben Gazarra y Chloe Sevigny no tienen suficientes oportunidades
de desarrollar sus personajes. La película tiene un excesivo
metraje, pero se siente sobrepoblada. Afortunadamente, los que devoran
el tiempo en cámara
hacen que cada segundo cuente. Kidman asume con valentía el que
puede ser el papel más difícil de su carrera. Su etérea
belleza hace que el tono dulzón del inicio funcione. Cuando los
buenos vecinos empiezan a mostrar los dientes, mantiene
al personaje vivo a pesar de su reacción pasiva y resignada ante
los tormentos que infringen sobre ella. Paul Bettany - mejor conocido
por ser el amiguete de Russell Crowe en A Beautiful Mind (Ron Howard,
2001) y Master and Commander (2003) – encarna al pragmatista racional
que con sus buenas intenciones pavimenta el camino al infierno. Stellan
Skarsgard es escalofriante como el hosco campesino que rompe los fuegos
en el calvario de Grace.
Dogville puede leerse como una denuncia en
contra del carácter
norteamericano. Nadie puede acusar al director de ser
sutil. La película
es la primera parte de una proyectada trilogia titulada
USA: Tierra de Oportunidades. En su forma teatral se ve una proyección
de la emblemática
obra Our Town, de Thornton Wilder. Una celebración del 4 de julio
sirve de parte-aguas en la trama, separando la etapa
optimista de la degradación
de Grace. Los créditos de cierre corren sobre fotografias que
retratan la abyecta pobreza de los desposeidos en Estados Unidos, mientras
Young Americans de David Bowie resuena en la banda sonora. Comprensiblemente,
los críticos de cine de Estados Unidos se sintieron aludidos
y devolvieron los insultos.
No puede culpárseles. Dogville es
artificial y manipulativa. Pero eso es cierto de todas las películas.
Y a pesar de su pesada retórica
anti-americana, Von Trier nunca ha visitado los Estados
Unidos. Teme volar. Todas sus películas “americanas” se
filman en Suecia. El director esta respondiendo no a los Estados Unidos
reales y concretos, sino a la imagen que proyectan ante el mundo.
Si acaso debemos leer sus filmes como diatribas ideológicas,
nos estamos quedando en la superficie. La película invoca el
medio norteamericano, pero como un atajo para llegar a la psiquis
del espectador mundial. La mayor parte del cine que se consume en
el mundo entero es producido en Hollywood, sus protagonistas hablan
inglés, sus historias se desarrollan en una mítica
América de la mente. El misántropo danés debe invadir
ese espacio para ser escuchado por todos. Su “denuncia” no
es simplemente contra Estados Unidos. Es contra toda
la humanidad. Los perversos aldeanos – y Grace - deben apreciarse
como ciudadanos del mundo. En todos está la posibilidad de la
violencia. Basta medir las reacciones al affair Mayorga para descubrir
que la hipérbole
de Von Trier no es tan descabellada como parece.
La mayoría de las películas
van hasta los extremos para ensalzar el espíritu humano. Ver
una que nos mira de reojo y con desconfianza es casi refrescante.
Dogville es una gratificante provocación.
Y su gratificante epílogo la eleva a un plano superior. Disfrútela
si se atreve. |