SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 9 • EDICION No. 404• DEL 05 AL 11 DE SEPTIEMBRE 2004
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Jauría humana

Juan Carlos Ampié

   

El último exabrupto del director danés Lars Von Trier pasó de largo los cines para aterrizar en los estantes del videoclub. No es de extrañarse. Dogville es puro veneno de taquilla. Su único capital comercial está en el protagonismo de Nicole Kidman. Por lo demás, la película está concebida como cine-arte de línea dura: filmada en video de alta definición, en un estudio gigantesco que emula un escenario teatral. Los ambientes en que se desarrolla la acción son apenas sugerido por líneas de tiza dibujadas en el suelo. El fondo es blanco o negro, según sea noche o día. Apenas hay algunos elementos de utilería. Efectos de sonido sugieren puertas invisibles. Se desarrolla lentamente durante casi tres horas. Suena como un castigo para el espectador casual, pero se sentirá como el cielo para las felices minorías que conecten con el material.

Dogville es un pequeño pueblo montañes en los Estados Unidos de los años 30. Una noche, bajo un coro de disparos lejanos, llega una bella fugitiva: Grace (Nicole Kidman). Huye de enemigos anónimos, necesita esconderse. El intelectual local, Tom Edison (Paul Bettany), convence a todos de protegerla por un período de prueba. Grace pagará la atención con favores: recogerá manzanas con Chuck (Stellan Skarsgard), cuidará a los hijos de Vera (Patricia Clarkson); leerá para el ciego Jack (Ben Gazzara); le ayudará en los quehaceres domésticos al padre de Tom (Phillip Baker Hall); despachará en la tienda de Ma Ginger (Lauren Bacall); será una amiga gentil para el tonto del pueblo, Ben (Zeljko Ivanec)…por unos días, todo es felicidad para Grace, hasta que aparecen volantes ofreciendo una recompensa por ella. Su belleza y bondad despierta resentimiento. Poco a poco, sus protectores se vuelven verdugos.

Von Trier ha sido tildado de misógino por su fijación en personajes femeninos martirizados. La racha empezó en 1996 con Breaking the Waves, donde Emily Watson interpreta a una sencilla muchacha que se prostituye a petición de su esposo paralítico. En Dancer in the Dark (2000), la cantante islandesa Bjork es una pobre inmigrante fascinada con películas musicales, aunque es casi ciega…y tiene un hijo que se esta quedando ciego…y trabaja turnos dobles en una fábrica de trastos para pagarle una operación….y es acusada injustamente de asesinato…y es condenada a muerte…Ahora, la diáfana Nicole Kidman sufre múltiples vejaciones físicas y mentales, entre las cuales esta llevar un grillete en el cuello, encadenado a una pesada rueda de hierro.

Von Trier parece un junkie del sufrimiento y el melodrama. Pero se reinvindica por su insistencia en experimentar con los medios expresivos del cine y la psicología del espectador. La estrategia es conectarnos emocionalmente con los protagonistas de sus historias, mientras deconstruye el artificio cinematográfico. ¿Cuántas privaciones estamos dispuestos a aceptar para seguir a los personajes con quienes nos identificamos? ¿Y qué pasa con nuestra empatía cuando ellos empiezan a hacer cosas terribles? Ni siquiera la forma tradicional del cine está a salvo. Lo primero en irse es el trípode, y con él la estabilidad de la imagen. La lustrosa calidad visual del film se rinde ante la dureza del video. Ahora, hasta nos quita el espacio físico de los sets y locaciones reales. La sensación que transmite es de inseguridad. Cualquier cosa puede pasar. Sus películas son como pruebas de resistencia para el espectador frente a la pantalla, y para el actor frente a la cámara.

La película supone una transgresión a su militancia en el movimiento Dogma 95, un grupo de cineastas a mediados de los noventas, que pretendía salvar al cine de los trucos artificiales de la modernidad. Sus películas ocurrían en tiempo real, se filmaban en video con cámara a mano, iluminación disponible y sonidos justificados por la acción retratada. Aunque conserva algunas de estas condiciones, a partir de Dancer… Von Trier se ha lanzado al otro extremo. Dogville se presenta desvergonzadamente como una construcción caprichosa. Puro artificio, producto de la mente retorcida de su director, que se mantiene omnipresente como un Dios que todo lo ve. Su voz es la de un narrador de confortable acento inglés (John Hurt), relatando una fábula sensacionalista como si fuera un dulce cuento de hadas. Ocasionales planos en picada que muestran todo el esquema del pueblo delatan su presencia. Desde arriba el escenario parece el tablero de un juego macabro, y los actores, piezas que puede mover a su antojo.

Algunos no pueden trascender ese sino. Lauren Bacall, Ben Gazarra y Chloe Sevigny no tienen suficientes oportunidades de desarrollar sus personajes. La película tiene un excesivo metraje, pero se siente sobrepoblada. Afortunadamente, los que devoran el tiempo en cámara hacen que cada segundo cuente. Kidman asume con valentía el que puede ser el papel más difícil de su carrera. Su etérea belleza hace que el tono dulzón del inicio funcione. Cuando los buenos vecinos empiezan a mostrar los dientes, mantiene al personaje vivo a pesar de su reacción pasiva y resignada ante los tormentos que infringen sobre ella. Paul Bettany - mejor conocido por ser el amiguete de Russell Crowe en A Beautiful Mind (Ron Howard, 2001) y Master and Commander (2003) – encarna al pragmatista racional que con sus buenas intenciones pavimenta el camino al infierno. Stellan Skarsgard es escalofriante como el hosco campesino que rompe los fuegos en el calvario de Grace.

Dogville puede leerse como una denuncia en contra del carácter norteamericano. Nadie puede acusar al director de ser sutil. La película es la primera parte de una proyectada trilogia titulada USA: Tierra de Oportunidades. En su forma teatral se ve una proyección de la emblemática obra Our Town, de Thornton Wilder. Una celebración del 4 de julio sirve de parte-aguas en la trama, separando la etapa optimista de la degradación de Grace. Los créditos de cierre corren sobre fotografias que retratan la abyecta pobreza de los desposeidos en Estados Unidos, mientras Young Americans de David Bowie resuena en la banda sonora. Comprensiblemente, los críticos de cine de Estados Unidos se sintieron aludidos y devolvieron los insultos.

No puede culpárseles. Dogville es artificial y manipulativa. Pero eso es cierto de todas las películas. Y a pesar de su pesada retórica anti-americana, Von Trier nunca ha visitado los Estados Unidos. Teme volar. Todas sus películas “americanas” se filman en Suecia. El director esta respondiendo no a los Estados Unidos reales y concretos, sino a la imagen que proyectan ante el mundo. Si acaso debemos leer sus filmes como diatribas ideológicas, nos estamos quedando en la superficie. La película invoca el medio norteamericano, pero como un atajo para llegar a la psiquis del espectador mundial. La mayor parte del cine que se consume en el mundo entero es producido en Hollywood, sus protagonistas hablan inglés, sus historias se desarrollan en una mítica América de la mente. El misántropo danés debe invadir ese espacio para ser escuchado por todos. Su “denuncia” no es simplemente contra Estados Unidos. Es contra toda la humanidad. Los perversos aldeanos – y Grace - deben apreciarse como ciudadanos del mundo. En todos está la posibilidad de la violencia. Basta medir las reacciones al affair Mayorga para descubrir que la hipérbole de Von Trier no es tan descabellada como parece.

La mayoría de las películas van hasta los extremos para ensalzar el espíritu humano. Ver una que nos mira de reojo y con desconfianza es casi refrescante. Dogville es una gratificante provocación. Y su gratificante epílogo la eleva a un plano superior. Disfrútela si se atreve.

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