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La carta del Vaticano
contra
las mujeres
La Carta a los Obispos
de la Iglesia Católica
sobre la colaboración del hombre y la mujer
en la Iglesia y el Mundo , publicada por el
Vaticano el 31 de Julio del corriente año,
pasó prácticamente desapercibida en
la mayoría de los países de América
Latina. En los Estados Unidos y Canadá, la
carta fue recibida como una curiosa y hasta divertida
muestra del cada vez más exótico y
esotérico pensamiento de los jerarcas del
Vaticano. Los europeos la percibieron como un mal
logrado chiste.
La carta es, en realidad,
una de las peores producciones intelectuales del
Vaticano durante el papado de Juan Pablo II. Los
errores de lógica que contiene
y la pobreza filosófica que la sustenta son
sorprendentes, sobre todo, porque quién la firma
es el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de Congregación
para la Doctrina de la Fe, y uno de los más
brillantes ideólogos de la Iglesia Católica.
Las debilidades de esta carta muestran que ni un hombre
con la inteligencia de Ratzinger, puede defender lo
indefendible.
Como si la Carta a los Obispos estuviera
dirigida a extra-terrestres que desconocen la historia
de errores y horrores de la Iglesia, ésta empieza
repitiendo la arrogante auto-proclama de la Iglesia
Católica como una institución “experta
en humanidad”. ¿Cómo puede ser “experta
en humanidad” una institución que después
de casi dos mil años de existencia, publica
un documento que revela que sus dirigentes todavía
no logran entender las aspiraciones y necesidades de
ese cincuenta por ciento de la humanidad que son las
mujeres? ¿Cómo puede declararse “experta
en humanidad” una institución que comete la
barbaridad de argumentar que las mujeres tienen una
inclinación natural a respetar “lo concreto,
que se opone a abstracciones a menudo letales para
la existencia de los individuos y la sociedad”. Traducido:
Las mujeres no se inclinan por lo abstracto, es decir,
por las ideas, la filosofía, la teología,
etc. Como dice Rosahilda Cornejo, para Ratzinger, las
mujeres “no pueden ni deben intentar trascender el
plano existencial concreto de la cocina.”
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| Cardenal Joseph
Ratzinger |
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Las falacias del Cardenal
La Carta a los Obispos recurre
a lo que en lógica se conoce como la falacia de “la vaguedad
insidiosa”, para evitar señalar explícitamente
el verdadero objeto de su crítica que es el
movimiento feminista mundial. El Vaticano hace uso
de esta falacia porque sabe que es imposible negar,
en pleno siglo XXI, la legitimidad, la esencia democrática
y la justeza del feminismo.
Así, Ratzinger opta por utilizar un lenguaje
oscuro e impreciso para declarar que “l a Iglesia se
siente ahora interpelada por algunas corrientes
de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden
con la finalidad genuina de la promoción de
la mujer.”
La carta identifica dos
corrientes de pensamiento o “tendencias”. La primera, “subraya fuertemente la
condición de subordinación de la mujer
a fin de suscitar una actitud de contestación.
La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista
del hombre. A los abusos de poder responde con una
estrategia de búsqueda del poder.”
La segunda, continúa diciendo la carta, “emerge
como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier
supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar
las diferencias, consideradas como simple efecto de
un condicionamiento histórico-cultural. En esta
nivelación, la diferencia corpórea, llamada
sexo, se minimiza, mientras la dimensión estrictamente
cultural, llamada género, queda subrayada al
máximo y considerada primaria.”
El enfoque de género,
dice el Vaticano en un espectacular non-sequitur ,
ha “inspirado...
ideologías que promueven...el cuestionamiento
de la familia...[y] la equiparación de la homosexualidad
a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad
polimorfa”.
Un non-sequitur es
una falacia que consiste en hacer inferencias que
no se derivan lógicamente
de los antecedentes enunciados por el autor para construir
sus conclusiones. Non-sequitur significa,
literalmente, “no sigue”, “no se conecta”. Veamos: ¿Cuál
es la conexión entre el enfoque de género
--que analiza críticamente la organización
patriarcal de la sociedad para promover la articulación
de relaciones no sexistas entre hombres y mujeres--,
y la homosexualidad o el debilitamiento de la familia?
Ninguna. El argumento de Ratzinger es una falacia.
No discutamos hoy la prejuiciada
visión de
la Iglesia Católica sobre la homosexualidad,
porque este tema merece su propio espacio. Regresemos
a los planteamientos centrales de la Carta a los
Obispos : el feminismo es condenable porque promueve
la búsqueda del poder por parte de la mujer
y, además, porque el enfoque de género
que utiliza este movimiento corrompe el ordenamiento “natural” de
la sociedad.
Los sin sentidos del Cardenal
Efectivamente, el movimiento
feminista ha luchado por lograr una mejor distribución del poder
entre los hombres y las mujeres dentro del Estado,
dentro de la sociedad, dentro de los partidos, dentro
de la familia, en los procesos de formulación
de políticas públicas y hasta dentro
de las iglesias. La crítica del Vaticano resulta
sorprendente porque la lucha por la distribución
justa del poder es la dinámica esencial de la
democracia. Debemos recordar, sin embargo, que la democracia
es una idea y una práctica ajena a la vivencia
de los que operan dentro de las estructuras verticalistas
y autoritarias del Vaticano.
También es cierto que el feminismo ha luchado
por lograr eso que la carta de la Iglesia deplora cuando
critica los esfuerzos de la mujer por “liberarse de
sus condicionamientos biológicos.” Ratzinger
parece olvidar que la humanidad entera ha luchado por
liberarse de lo que él llama “condicionamientos
biológicos”, desde que empezamos a desarrollar
los medios para hacerlo. La historia de la humanidad
ha sido precisamente eso: un constante esfuerzo por
superar los instintos e imponer la fuerza de la razón
sobre nuestros impulsos primarios. Este esfuerzo, especuló el
mismo Freud, contribuyó a la inhibición
del incesto. Por este mismo esfuerzo, la ley del más
fuerte llegó a ser sustituida por el principio
de la justicia y por la institucionalización
de los derechos.
La Carta a los Obispos ,
además, encierra
una contradicción colosal. El Vaticano argumenta
que las leyes biológicas, creadas por el Dios
de Ratzinger y de Juan Pablo II determinan lo que el
hombre y la mujer son y pueden ser. Preguntémonos
entonces: Si la naturaleza y el rol social de la mujer
están determinados por Dios y sus leyes biológicas, ¿porqué entonces
se toma la molestia el Vaticano de escribir un documento
para condenar los intentos de las mujeres para escapar
de esas leyes y de la voluntad de un Dios omnipotente?
Muy poca fe muestran en el Dios al que rezan, o en
la biología que estudian, quiénes se
ven obligados a argumentar a favor de lo que ellos
mismos consideran como un mandato divino y un ordenamiento
natural.
El Dios Varón
Las enormes debilidades y contradicciones de la Carta
a los Obispos no reducen el impacto potencial
puede tener este documento en los obispos que hoy
se oponen a la liberación de la mujer y a
la democratización de las relaciones de género.
Peor aún, esta carta puede terminar reforzando
la idea central de la que depende el poder ideológico
anti-feminista de la Iglesia Católica: la
idea del Dios Varón que, de acuerdo a la carta
de Ratzinger, se encarnó en un hombre –Jesús--
por razones “importantes y relevantes”.
La defensa del Dios Varón
es el motivo central de la Carta a los Obispos .
Este documento condena el enfoque de género porque de acuerdo
a la Iglesia, su orientación teórica,
sus premisas y sus argumentos, “considerarían
sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo
Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma
masculina.” Dios, de acuerdo a la Iglesia, prefirió encarnarse
como hombre. Después de todo, decía Santo
Tomás de Aquino, en su Suma Teológica
, la mujer es una “cosa imperfecta y ocasional”. Y
agregaba: “ la mujer se halla naturalmente sometida
al hombre, en quien naturalmente hay mejor discernimiento
de la razón”.
En la antojadiza antropología bíblica
del Cardenal Ratzinger, la condición de subordinación
en la que ha vivido la mujer a través de la
historia cristiana, se presenta como el resultado de
una decisión divina: un castigo del Dios Varón
contra la mujer por su participación en el “pecado
original”. En otras palabras, Adán y Eva pecan,
pero Dios castiga con especial saña a Eva por
razones que, según la embrollada lógica
de Ratzinger, debemos también de considerar
como “importantes” y “relevantes”. Dice la Carta
a los Obispos : “En las palabras que Dios dirige
a la mujer después del pecado se expresa, de
modo lapidario e impresionante, la naturaleza de las
relaciones que se establecerán a partir de entonces
entre el hombre y la mujer: ‘Hacia tu marido irá tu
apetencia, y él te dominará'”(Gn 3,16).
Mil ochocientos años atrás, Tertuliano
de Cartago utilizaba la misma interpretación
bíblica de Ratzinger y su jefe Juan Pablo II: “Cada
mujer debiera estar caminando como Eva, acongojada
y arrepentida, de manera que por cada vestimenta de
penitencia, ella pueda expiar más completamente
lo que ella obtuvo de Eva, - el estigma, quiero decir,
del primer pecado, y aborrecimiento, atado a ella como
la causa de la perdición humana. ‘Con dolor
darás a luz a tus hijos, necesitarás
de tu marido y él te dominará.'”
Pero no nos preocupemos,
nos dice Ratzinger, Dios a través de Iglesia
Católica ha decidido
levantar el castigo a la mujer. Todo lo que ella tiene
que hacer para hacer sonreír a Dios es seguir
el ejemplo de la Virgen María y “sus disposiciones
de escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza
y espera”.
Una santa anti-feminista
La Carta a los Obispos forma
parte de la más reciente ofensiva lanzada por el Vaticano
contra las mujeres. Hace pocos meses, la Iglesia las
invitó a imitar el ejemplo de su nueva santa:
la italiana Gianna Beretta Molla, una pediatra, esposa
y madre de tres niños y niñas que murió en
1962 a la edad de 39 años, como consecuencia
del parto en el que dio a luz a su cuarto hija. Beretta
Molla, canonizada en Mayo del corriente año,
es la santa número 482 en el catálogo
de santos y santas creado por Juan Pablo II en su enloquecida
carrera para resacralizar el planeta. Vale la pena
repetirlo: este Papa ha canonizado más santos
y santas que todos los santos y las santas canonizadas
por la Iglesia en los quinientos años previos
a su elección.
De acuerdo a los datos biográficos publicados
por el Vaticano, los médicos que atendían
a Beretta Molla le advirtieron en el segundo mes de
su embarazo, que su vida corría peligro por
un tumor intrauterino y le recomendaron abortar. Ella
decidió seguir con el embarazo y murió.
La decisión de Gianna Beretta Molla ha sido
interpretada por la Iglesia, como “la consecuencia
coherente de una vida gastada día a día
en la búsqueda del cumplimiento del Plan de
Dios”. En el acto de canonización de la Santa,
el Papa señaló que Beretta Molla ofrecía
un ejemplo del amor conyugal “que responde al llamado
de Dios”.
El mensaje del Vaticano
no puede ser más claro:
La mujer debe subordinar su vida al cumplimiento de
su función reproductiva. Entre un feto de dos
meses y la vida de Gianna Beretta Molla, de 39 años
de edad, esposa y madre de tres criaturas, la Iglesia
Católica se inclina por el feto.
Por la transformación
de la idea de Dios
La Carta a los Obispos
de la Iglesia Católica
sobre la colaboración del hombre y la mujer
en la Iglesia y el Mundo y la posición
del Vaticano con relación a la función
reproductiva de la mujer, forman parte de la falsificación
de la palabra de Jesús perpetuada por la Iglesia
Católica a través de los siglos e intensificada
durante el papado de Juan Pablo II. La Iglesia ha
condenado a la mujer a parir sin límites y
sin condiciones. No importa su edad. No importa la
causa de su embarazo. No importa si se trata de Rosa,
la niña nicaragüense violada y embarazada
en Costa Rica hace ya un año.
Al mismo tiempo, la Iglesia
ha perpetuado la imagen de la mujer como el símbolo de las debilidades
de la carne. Virgen es la María, esposa del
carpintero, para exorcizar la sexualidad humana.
El hombre, por su parte,
representa la fuerza del espíritu que, elevándose sobre la “natural” tendencia
al pecado de la mujer, logra convertirse en el representante
de Dios en la tierra. Sólo un hombre puede ser
Papa o sacerdote. Sólo un Ratzinger sabe lo
que quieren y necesitan las mujeres. Dios es Varón.
Putas y pecadoras son, o se inclinan naturalmente a
ser, las magdalenas.
El Dios Varón, dice María López
Vigil, “fue funcional al rey absoluto y al hacendado
colonial, y lo sigue siendo al general de ejércitos,
al gobernante autoritario, al caudillo del partido, al
papa infalible y al sacerdote y al pastor controlador
de conciencias”. La transformación de la idea
del Dios Varón es la responsabilidad de todos
y de todas. Rechazar el Dios de Ratzinger y de Juan Pablo
II, es nuestra obligación cristiana. |