SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 9 • EDICION No. 401 • DEL 15 AL 21 DE AGOSTO 2004
OJO DE MUJER

El machismo es lo que
destruye a la familia

Mónica Zalaquette  

El Vaticano envió recientemente una carta a los obispos en la que denuncia en sus párrafos principales que el feminismo despierta la rivalidad entre hombre y mujer y la rebeldía de ésta, en tanto subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer.

También agrega que “la ocultación de la diferencia (entre hombres y mujeres) o de la dualidad de los sexos tiene consecuencias enormes a distintos niveles y ha inspirado ideologías que promueven que se cuestione a la familia, por naturaleza biparental, lo que quiere decir compuesta por un padre y una madre, así como la equiparación de la homosexualidad y la heterosexualidad”.

Con todo el respeto que me merece el Vaticano y quienes profesan la fe católica, en la que fui educada, discrepo de la afirmación anterior. Es la cultura machista, con su acervo de creencias que justifican la dominación y la desigualdad humana, la que está destruyendo tanto a los hombres como a las mujeres, hundiendo a la familia en una escalada de violencia y causando los mayores sufrimientos individuales y colectivos que se conocen, en un ámbito tradicionalmente considerado como “hogar, dulce hogar”.

Justamente porque creo en la familia y defiendo el valor de los lazos afectivos que allí deberían imperar, me opongo completamente a la ideología machista, que reemplaza los lazos afectivos de la familia por relaciones autoritarias, colocando a los más vulnerables en una situación indefensa frente a los abusos de quienes detentan una mayor cuota de poder, y que hoy están desencadenado una verdadera confrontación en el escenario familiar.

No es por las mujeres ni por el feminismo que la familia se considera en Nicaragua el sitio más inseguro para la vida de las mujeres y la niñez. Me cuesta creer que el Vaticano no vea clara esta situación, hoy que están muriendo cada año 1,6 millones de personas en el mundo justamente por el aliento de la cultura machista a las guerras y la violencia. Hoy que según informa la Organización Mundial de la Salud, en su estudio del año 2002, el 70 por ciento de las mujeres víctimas de homicidio en el mundo fueron asesinadas por sus maridos o amantes, mientras que sólo el 4 por ciento de los hombres asesinados murieron a manos de sus esposas o compañeras.

Hoy que se contabilizan más de trescientas mujeres asesinadas por hombres durante lo que va del año en Guatemala, y que en Nicaragua pudimos leer en tan sólo una semana del mes pasado, las noticias de seis asesinatos contra mujeres, reportados por los periódicos en forma poco destacada, y todos ellos perpetrados por sus parejas.

Que la violencia se asocia a la desviación del concepto de masculinidad causado por la cultura machista, es algo requetesabido y confirmado. Dice el psiquiatra español Luis Rojas que el hombre violento no nace, se hace. Y ¿cómo se hace? Según mi experiencia con varones que actúan violentamente, se hace principalmente a través de los patrones de crianza que fomentan el desarrollo de identidades masculinas asociadas con comportamientos agresivos e intransigentes, y con el hecho de identificar el diálogo o la negociación pacífica de los conflictos como signo de debilidad.

El Vaticano pareciera justificar la violencia anterior atribuyéndola a un feminismo que ha despertado “la rebeldía” de las mujeres, aunque los abrumadores hechos y cifras demuestren lo contrario. Sin duda que los avances en igualar los derechos de hombres y mujeres, como parte de los derechos humanos universales, como también el impacto del desempleo y la globablización están generando “rebeldía”, pero la rebeldía de los hombres contra el cambio en la histórica sumisión de las mujeres, y una rebeldía virulenta.

Confrontados a las profundas modificaciones en la vida cotidiana que supone la incorporación masiva de las mujeres al trabajo necesario para preservar la sobrevivencia familiar, los hombres parecen estar librando una guerra contra lo que consideran como amenaza a su poder tradicional, sin reparar que con ello también se están destruyendo a sí mismos, a sus hijos e hijas y a su vida familiar.

En su amplia mayoría, los hombres, desempleados o no, se niegan a participar más activamente en la vida doméstica y a cumplir cualquier función en la familia que los identifique con la mujer, porque tradicionalmente la han menospreciado y ridiculizado. Lo peor que se le puede decir a un hombre es “mujercita” o “afeminado”, en tanto la condición femenina, vinculada al mundo de lo afectivo y no a la racionalidad, aparece como algo débil y despreciable.

Estas concepciones de la cultura patriarcal han alejado al hombre de sus propias posibilidades afectivas, del rol de padres amorosos y responsables y de su responsabilidad en la misión de construir relaciones familiares estables. Estas concepciones lo llevan a depender del alcohol y las drogas para establecer una comunicación sentimental, y a desahogarse de forma violenta cuando la carga emocional acumulada se vuelve insoportable.
Son las mismas ideas que empujan la homosexualidad que tanto rechaza el Vaticano, al privar a los hijos del vínculo afectivo con el padre, y que promueven las perversiones de todo tipo en la misma Iglesia, como lo comprueban los cotidianos casos de sacerdotes pederastas en todo el mundo, o las 40 mil fotos de sacerdotes realizando actos sexuales y homosexuales, descubiertas el mes pasado en un seminario católico, en Viena, Austria.

Es la cultura machista lo que está destruyendo al hombre, a la mujer y a la familia, lo cual se aprecia claramente en el hecho de que el 40 por ciento de los hogares en Nicaragua son sostenidos por madres solas, abandonadas por hombres que practican de acuerdo a los roles tradicionales, una frecuente promiscuidad sexual.