|
El machismo es lo que
destruye
a la familia
El
Vaticano envió recientemente una carta a los
obispos en la que denuncia en sus párrafos principales
que el feminismo despierta la rivalidad entre hombre
y mujer y la rebeldía de ésta, en tanto
subraya fuertemente la condición de subordinación
de la mujer.
También agrega que “la
ocultación
de la diferencia (entre hombres y mujeres) o de la
dualidad de los sexos tiene consecuencias enormes a
distintos niveles y ha inspirado ideologías
que promueven que se cuestione a la familia, por naturaleza
biparental, lo que quiere decir compuesta por un padre
y una madre, así como la equiparación
de la homosexualidad y la heterosexualidad”.
Con todo el respeto que me merece
el Vaticano y quienes profesan la fe católica,
en la que fui educada, discrepo de la afirmación
anterior. Es la cultura machista, con su acervo de
creencias que justifican la dominación y la
desigualdad humana, la que está destruyendo
tanto a los hombres como a las mujeres, hundiendo a
la familia en una escalada de violencia y causando
los mayores sufrimientos individuales y colectivos
que se conocen, en un ámbito tradicionalmente
considerado como “hogar, dulce hogar”.
Justamente porque creo en la familia
y defiendo el valor de los lazos afectivos que allí deberían
imperar, me opongo completamente a la ideología
machista, que reemplaza los lazos afectivos de la familia
por relaciones autoritarias, colocando a los más
vulnerables en una situación indefensa frente
a los abusos de quienes detentan una mayor cuota de
poder, y que hoy están desencadenado una verdadera
confrontación en el escenario familiar.
No es por las mujeres ni por el
feminismo que la familia se considera en Nicaragua
el sitio más inseguro
para la vida de las mujeres y la niñez. Me cuesta
creer que el Vaticano no vea clara esta situación,
hoy que están muriendo cada año 1,6 millones
de personas en el mundo justamente por el aliento de
la cultura machista a las guerras y la violencia. Hoy
que según informa la Organización Mundial
de la Salud, en su estudio del año 2002, el
70 por ciento de las mujeres víctimas de homicidio
en el mundo fueron asesinadas por sus maridos o amantes,
mientras que sólo el 4 por ciento de los hombres
asesinados murieron a manos de sus esposas o compañeras.
Hoy que se contabilizan más
de trescientas mujeres asesinadas por hombres durante
lo que va del año
en Guatemala, y que en Nicaragua pudimos leer en tan
sólo una semana del mes pasado, las noticias
de seis asesinatos contra mujeres, reportados por los
periódicos en forma poco destacada, y todos
ellos perpetrados por sus parejas.
Que la violencia se asocia a la
desviación del
concepto de masculinidad causado por la cultura machista,
es algo requetesabido y confirmado. Dice el psiquiatra
español Luis Rojas que el hombre violento no
nace, se hace. Y ¿cómo se hace? Según
mi experiencia con varones que actúan violentamente,
se hace principalmente a través de los patrones
de crianza que fomentan el desarrollo de identidades
masculinas asociadas con comportamientos agresivos
e intransigentes, y con el hecho de identificar el
diálogo o la negociación pacífica
de los conflictos como signo de debilidad.
El Vaticano pareciera justificar
la violencia anterior atribuyéndola a un feminismo
que ha despertado “la
rebeldía” de las mujeres, aunque los abrumadores
hechos y cifras demuestren lo contrario. Sin duda que
los avances en igualar los derechos de hombres y mujeres,
como parte de los derechos humanos universales, como
también el impacto del desempleo y la globablización
están generando “rebeldía”,
pero la rebeldía de los hombres contra el cambio
en la histórica sumisión de las mujeres,
y una rebeldía virulenta.
Confrontados a las profundas modificaciones
en la vida cotidiana que supone la incorporación
masiva de las mujeres al trabajo necesario para preservar
la sobrevivencia familiar, los hombres parecen estar
librando una guerra contra lo que consideran como amenaza
a su poder tradicional, sin reparar que con ello también
se están destruyendo a sí mismos, a sus
hijos e hijas y a su vida familiar.
En su amplia mayoría, los
hombres, desempleados o no, se niegan a participar
más activamente
en la vida doméstica y a cumplir cualquier función
en la familia que los identifique con la mujer, porque
tradicionalmente la han menospreciado y ridiculizado.
Lo peor que se le puede decir a un hombre es “mujercita” o “afeminado”,
en tanto la condición femenina, vinculada al
mundo de lo afectivo y no a la racionalidad, aparece
como algo débil y despreciable.
Estas concepciones de la cultura
patriarcal han alejado al hombre de sus propias posibilidades
afectivas, del rol de padres amorosos y responsables
y de su responsabilidad en la misión de construir
relaciones familiares estables. Estas concepciones
lo llevan a depender del alcohol y las drogas para
establecer una comunicación
sentimental, y a desahogarse de forma violenta cuando
la carga emocional acumulada se vuelve insoportable.
Son las mismas ideas que empujan la homosexualidad
que tanto rechaza el Vaticano, al privar a los hijos
del vínculo afectivo con el padre, y que promueven
las perversiones de todo tipo en la misma Iglesia,
como lo comprueban los cotidianos casos de sacerdotes
pederastas en todo el mundo, o las 40 mil fotos de
sacerdotes realizando actos sexuales y homosexuales,
descubiertas el mes pasado en un seminario católico,
en Viena, Austria.
Es la cultura machista lo que
está destruyendo
al hombre, a la mujer y a la familia, lo cual se aprecia
claramente en el hecho de que el 40 por ciento de los
hogares en Nicaragua son sostenidos por madres solas,
abandonadas por hombres que practican de acuerdo a
los roles tradicionales, una frecuente promiscuidad
sexual.
|