Mecánica implacable
  |
| iSospechoso: Smith ronda en busca
del robot Sonny en “Yo, Robot”. |
Juan Carlos Ampié
Las fantasías futuristas tienen un encanto
particular. No importa cuan descabelladas, aterradoras y baratas sean.
Son como pequeñas rebanadas de inmortalidad, servidas en pantalla
grande. Las más resonantes visualizan el mañana para comentar
sobre el hoy. “I, Robot” también lo hace, pero de
manera accidental y terminalmente insatisfactoria. Mas que sobre la
condición humana, habla sobre la demanda de la máquina
taquillera.
Es el año 2035, en Chicago. Del Spooner
(Will Smith) es policía
y virulento ludita. Por razones que serán eventualmente reveladas,
detesta a los robots antropomorfos que pululan por
la ciudad haciendo trabajos manuales. Estas máquinas son la
versión futura
de los inmigrantes, mano de obra barata que no rompe
leyes migratorias. Tampoco rompen las tres leyes programadas en sus
sistemas, tres preceptos que excluyen la posibilidad de que un robot
dañe a un ser humano.
Los robots son creados por una monolítica
compañía.
No, no es Microsoft, sino la ficticia USR, comandada
por el siniestro Lawrence Robertson (Bruce Greenwood). Una “falla
humana” convoca
a Spooner al vestíbulo de sus imponentes oficinas: el cuerpo
del Dr. Alfred Lanning (James Cromwell) yace sobre
el piso de mármol,
después de su aparente suicidio. El creador del milagro robótico
ha dejado como única explicación un críptico
mensaje en video para Spooner en persona. Sospechosamente, la tragedia
ocurre en la víspera del lanzamiento de un nuevo modelo de
robot. Spooner apuesta a que el prototipo Sonny tiene algo que ver
en la muerte del inventor.
Las tres reglas que aseguran la coexistencia entre
humanos y robots aparecen instructivamente en los
créditos iniciales.
Son tomadas de un libro homónimo de Isaac Asimov. Pero
hasta ahí llegan las similitudes —y las preocupaciones
intelectuales— de
esta atractiva, pero vacía película.
El guión acreditado a Jeff Vintar y Akiva
Goldsman (inexplicable ganador del Oscar por A Beautiful Mind) se dedica
a imponer la fórmula
de la película policíaca con expectativas comerciales.
Es un mecanismo implacable que se ensambla ante
nuestros ojos, sembrando pistas que después conecta en
parlamentos descriptivos y eficientes, ideados como simples
engranajes que mantienen a la máquina avanzando
hacia su climax. Cuando Robertson aparece por
primera vez, Smith declama informativamente: “El hombre
más rico del mundo!”.
Con la misma falta de inspiración, se van recapitulando
los giros de la trama hasta deshilvanar el misterio central.
Es como si estuvieran preocupados de que el espectador no entienda
lo que pasa.
El problema no está en que la película
sea superficial, desperdiciando las posibilidades de explorar las ideas
de humanidad e identidad en una era de áreas grises tecnológicas.
A la película también le falta el soplo vital. Usualmente
eso lo suplen los actores, pero en este caso,
Will Smith se dedica a interpretar la variación de Will Smith
que proyecta con persistencia desde Independence Day hasta Bad Boys.
Desde Arnold Schwarzenneger hasta Bruce Willis…es hora de retirar
al héroe sarcástico
que siempre tiene una frase lapidaria para cada
ocasión peligrosa.
Como programadores de robots, los grandes estudios
ya definieron el perfil mental del espectador y tratan de amoldar el
film para proveer “lo
que quiere”: acción sin consecuencia, chistes de
una línea,
efectos especiales y un desenlace feliz.
Sonny —voz de Alan Tudyck y movimientos de
Paul Mercurio— es
una fascinante creación digital. Parece salido de los
laboratorios de Apple. Es una iPersona. La visión del
futuro de Alex Proyas (Dark City, 1998) es plausible, y en
general los efectos especiales no muestran sus costuras digitales.
Merecen una película mejor.
I, Robot se arrastra hacia su desenlace, entretiene
ligeramente sin dejar marca alguna. Hay ecos de la icónica
Blade Runner (Ridley Scott, 1982), AI (Steven Spielberg, 2001)
y Minority Report (Spielberg, 2002), todas ellas ejercicios
de ciencia ficción que mezclan
la acción y la reflexión con cierto virtuosismo.
Si algo queda claro, es que la inteligencia artificial también
puede ser lobotomizada. |