SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 9 • EDICION No. 400 • DEL 08 AL 14 DE AGOSTO 2004
EN PANTALLA

Mecánica implacable

iSospechoso: Smith ronda en busca del robot Sonny en “Yo, Robot”.

Juan Carlos Ampié

Las fantasías futuristas tienen un encanto particular. No importa cuan descabelladas, aterradoras y baratas sean. Son como pequeñas rebanadas de inmortalidad, servidas en pantalla grande. Las más resonantes visualizan el mañana para comentar sobre el hoy. “I, Robot” también lo hace, pero de manera accidental y terminalmente insatisfactoria. Mas que sobre la condición humana, habla sobre la demanda de la máquina taquillera.

Es el año 2035, en Chicago. Del Spooner (Will Smith) es policía y virulento ludita. Por razones que serán eventualmente reveladas, detesta a los robots antropomorfos que pululan por la ciudad haciendo trabajos manuales. Estas máquinas son la versión futura de los inmigrantes, mano de obra barata que no rompe leyes migratorias. Tampoco rompen las tres leyes programadas en sus sistemas, tres preceptos que excluyen la posibilidad de que un robot dañe a un ser humano.

Los robots son creados por una monolítica compañía. No, no es Microsoft, sino la ficticia USR, comandada por el siniestro Lawrence Robertson (Bruce Greenwood). Una “falla humana” convoca a Spooner al vestíbulo de sus imponentes oficinas: el cuerpo del Dr. Alfred Lanning (James Cromwell) yace sobre el piso de mármol, después de su aparente suicidio. El creador del milagro robótico ha dejado como única explicación un críptico mensaje en video para Spooner en persona. Sospechosamente, la tragedia ocurre en la víspera del lanzamiento de un nuevo modelo de robot. Spooner apuesta a que el prototipo Sonny tiene algo que ver en la muerte del inventor.

Las tres reglas que aseguran la coexistencia entre humanos y robots aparecen instructivamente en los créditos iniciales. Son tomadas de un libro homónimo de Isaac Asimov. Pero hasta ahí llegan las similitudes ­—y las preocupaciones intelectuales— de esta atractiva, pero vacía película.

El guión acreditado a Jeff Vintar y Akiva Goldsman (inexplicable ganador del Oscar por A Beautiful Mind) se dedica a imponer la fórmula de la película policíaca con expectativas comerciales. Es un mecanismo implacable que se ensambla ante nuestros ojos, sembrando pistas que después conecta en parlamentos descriptivos y eficientes, ideados como simples engranajes que mantienen a la máquina avanzando hacia su climax. Cuando Robertson aparece por primera vez, Smith declama informativamente: “El hombre más rico del mundo!”. Con la misma falta de inspiración, se van recapitulando los giros de la trama hasta deshilvanar el misterio central. Es como si estuvieran preocupados de que el espectador no entienda lo que pasa.

El problema no está en que la película sea superficial, desperdiciando las posibilidades de explorar las ideas de humanidad e identidad en una era de áreas grises tecnológicas. A la película también le falta el soplo vital. Usualmente eso lo suplen los actores, pero en este caso, Will Smith se dedica a interpretar la variación de Will Smith que proyecta con persistencia desde Independence Day hasta Bad Boys. Desde Arnold Schwarzenneger hasta Bruce Willis…es hora de retirar al héroe sarcástico que siempre tiene una frase lapidaria para cada ocasión peligrosa. Como programadores de robots, los grandes estudios ya definieron el perfil mental del espectador y tratan de amoldar el film para proveer “lo que quiere”: acción sin consecuencia, chistes de una línea, efectos especiales y un desenlace feliz.

Sonny —voz de Alan Tudyck y movimientos de Paul Mercurio— es una fascinante creación digital. Parece salido de los laboratorios de Apple. Es una iPersona. La visión del futuro de Alex Proyas (Dark City, 1998) es plausible, y en general los efectos especiales no muestran sus costuras digitales. Merecen una película mejor. I, Robot se arrastra hacia su desenlace, entretiene ligeramente sin dejar marca alguna. Hay ecos de la icónica Blade Runner (Ridley Scott, 1982), AI (Steven Spielberg, 2001) y Minority Report (Spielberg, 2002), todas ellas ejercicios de ciencia ficción que mezclan la acción y la reflexión con cierto virtuosismo. Si algo queda claro, es que la inteligencia artificial también puede ser lobotomizada.

Otras películas comentadas