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La otra revolución
La mayor enseñanza que
dejó la Revolución Popular Sandinista,
es que las grandes transformaciones políticas
no pueden afirmarse en una sociedad sino se acompañan
de grandes transformaciones culturales.
La Revolución Sandinista no se propuso transformar
la cultura autoritaria, sino derribar a la dictadura
somocista y hacer un relevo en la administración
del poder a favor del pueblo, a la vez que implantaba
una serie de medidas de corte autoritario.
Animada por las teorías
vindicativas que promovían
la dictadura de campesinos y proletarios, enseñó a
leer, dio tierras a los pobres y transmitió a
los desposeídos un sentido de importancia
y protagonismo, pero a la vez, verticalizó la
sociedad al someterla a una enorme, variada y rígida
gama de estructuras jerárquicas.
Este camino fue alentado por
la intervención
militar de los Estados Unidos, que profundizó la
tendencia hegemónica de la conducción
sandinista y contaminó la función de
un gobierno que operó a la defensiva, opuesto
a la crítica y a la libre expresión,
cumpliendo sus funciones como una estructura militarizada.
La aceptación de la derrota electoral y el
respeto a la decisión de las mayorías,
fue una inmensa e histórica contribución
del sandinismo a la democracia representativa, pero
el cambio favorable en las reglas y procedimientos
de la participación electoral, no abarcó la
posibilidad de una transformación que guiara
la vida de los partidos y en general de las instituciones,
que hoy siguen estando sometidos a las prácticas
y estratagemas autoritarias.
Sin duda, el mayor logro de
la revolución
que tantos y tantas nicaragüenses construimos,
es justamente ese sentido de dignidad e importancia
histórica que tuvieron por primera vez en
Nicaragua los pobres y excluidos. Un sentimiento
que ni la pobreza, ni la exclusión social,
ni las desigualdades de hoy han podido disipar y
que trasciende a las afinidades o identificaciones
partidarias. Un sentimiento que está alimentando
el anhelo de otro tipo de revolución, la construcción
de una verdadera cultura democrática.
No podremos enfrentar los desafíos
de la pobreza en un mundo que agranda brechas aceleradamente
sin una revolución cultural, que promueva
el sentido de valía de hombres y mujeres,
el reconocimiento a su libre expresión, el
valor del pensamiento individual y de la amplia participación
social, no sólo en las instituciones partidarias,
sino en toda la vida institucional.
Pero esto no puede ocurrir por
decreto de las grandes naciones, las exigencias de
los organismos financieros o por el traslado arbitrario
a sociedades atrasadas de las reglas democráticas que al mundo desarrollado
le tomó siglos construir.
Esta transformación sólo puede darse
si se construyen desde la base de una sociedad y
a través de los medios de comunicación,
relaciones humanas democráticas y liderazgos
alternativos, que irán dejando en el descrédito
al de los déspotas, o peor, al de los politiqueros
demagogos, que golpean la espalda del pobre mientras
piensan en sacarle provecho.
Se necesitan liderazgos de hombres
y mujeres, adultos y jóvenes, cuyas cualidades
y valores actúan
como fuerza centrífuga, en tanto fomentan
los consensos y la cohesión grupal, el sentido
de compromiso y un verdadero respeto a las diferencias.
Liderazgos así se basan en el desarrollo de
un pensamiento nuevo, que cuestiona desde su raíz
la cultura autoritaria. Por eso no creo que este
tipo de pensamiento pueda establecerse en las estructuras
políticas o en las instituciones públicas
actuales, si no se alimentan desde las familias,
las escuelas y los medios de comunicación
que es donde surgen, se transmiten y afianzan las
mentalidades.
El informe titulado “La
Democracia en América
Latina” presentado recientemente por el Programa
de Naciones Unidas, afirma que los partidos y la
democracia en el continente atraviesan una severa
crisis, a la vez que recomienda reformas para fortalecer
la institucionalidad, una sociedad civil activa y
un debate sobre el Estado, la economía y la
globalización, mediante un hilo que robustezca
la participación ciudadana “porque sólo ésta
podrá hacer eficiente y legítima tales
reformas.”
Pero, ¿cómo estimular esa participación
con una fábrica de comportamientos amedrentados,
tanto en las familias como en las escuelas? ¿Cómo
hacerlo si perviven allí relaciones de tipo
jerárquico que alimentan las desigualdades
sociales y la discriminación en todas sus
formas?
Por ejemplo, los estereotipos
que promueven la confrontación
entre hombres y mujeres, la crianza abusiva y la
paternidad irresponsable, y que se reproducen y retroalimentan
de generación en generación, constituyen
la base de las creencias que luego se reflejan en
todos los procedimientos institucionales autoritarios.
No es nada exagerado relacionar
con la vida política
el tipo de estructuras familiares, donde la comunicación
opera desde quienes tienen mayor poder hacia quienes
tienen menos, y se aplica el mando del terror para
imponer la voluntad sobre otros, con menosprecio
de la libertad de pensamiento y palabra, de la diversidad
de opiniones y de los derechos a la participación
en la toma de decisiones.
En este modelo de familia no
existe igualdad de oportunidades para sus integrantes,
ni las libertades democráticas
establecidas como derechos ciudadanos en los convenios
internacionalmente aceptados. Más bien constituye
un ámbito que está sirviendo para legitimar
toda clase de atropellos y crímenes, pues
al ser de carácter privado limita la posibilidad
de que se apliquen en su interior las leyes que sí se
acatan en el ámbito público.
Una revolución así tendría sin
duda beneficioso impacto en los antiguos conflictos étnicos,
religiosos e incluso políticos no resueltos,
cuyo impacto ha sido siempre más devastador
para las mujeres que los varones, para la población
rural o semiurbana que para la población urbana,
para las personas de raza indígena o mestiza
que las de raza blanca, y para las poblaciones de
asentamientos urbanos que viven en la miseria.
Esta es la revolución
que tenemos pendiente, quizás la más
compleja, pero la única
que podrá generar desde todos los espacios
sociales el entusiasmo, las convicciones y fuerza
necesarias para lograr, no sólo la participación
social y el dinamismo económico, sino especialmente
el espíritu de solidaridad humana y de justicia
social que requieren la lucha contra la pobreza y
las desigualdades. |