OJO DE MUJER

La otra revolución

Mónica
Zalaquette
 

La mayor enseñanza que dejó la Revolución Popular Sandinista, es que las grandes transformaciones políticas no pueden afirmarse en una sociedad sino se acompañan de grandes transformaciones culturales.
La Revolución Sandinista no se propuso transformar la cultura autoritaria, sino derribar a la dictadura somocista y hacer un relevo en la administración del poder a favor del pueblo, a la vez que implantaba una serie de medidas de corte autoritario.

Animada por las teorías vindicativas que promovían la dictadura de campesinos y proletarios, enseñó a leer, dio tierras a los pobres y transmitió a los desposeídos un sentido de importancia y protagonismo, pero a la vez, verticalizó la sociedad al someterla a una enorme, variada y rígida gama de estructuras jerárquicas.

Este camino fue alentado por la intervención militar de los Estados Unidos, que profundizó la tendencia hegemónica de la conducción sandinista y contaminó la función de un gobierno que operó a la defensiva, opuesto a la crítica y a la libre expresión, cumpliendo sus funciones como una estructura militarizada.

La aceptación de la derrota electoral y el respeto a la decisión de las mayorías, fue una inmensa e histórica contribución del sandinismo a la democracia representativa, pero el cambio favorable en las reglas y procedimientos de la participación electoral, no abarcó la posibilidad de una transformación que guiara la vida de los partidos y en general de las instituciones, que hoy siguen estando sometidos a las prácticas y estratagemas autoritarias.

Sin duda, el mayor logro de la revolución que tantos y tantas nicaragüenses construimos, es justamente ese sentido de dignidad e importancia histórica que tuvieron por primera vez en Nicaragua los pobres y excluidos. Un sentimiento que ni la pobreza, ni la exclusión social, ni las desigualdades de hoy han podido disipar y que trasciende a las afinidades o identificaciones partidarias. Un sentimiento que está alimentando el anhelo de otro tipo de revolución, la construcción de una verdadera cultura democrática.

No podremos enfrentar los desafíos de la pobreza en un mundo que agranda brechas aceleradamente sin una revolución cultural, que promueva el sentido de valía de hombres y mujeres, el reconocimiento a su libre expresión, el valor del pensamiento individual y de la amplia participación social, no sólo en las instituciones partidarias, sino en toda la vida institucional.

Pero esto no puede ocurrir por decreto de las grandes naciones, las exigencias de los organismos financieros o por el traslado arbitrario a sociedades atrasadas de las reglas democráticas que al mundo desarrollado le tomó siglos construir.

Esta transformación sólo puede darse si se construyen desde la base de una sociedad y a través de los medios de comunicación, relaciones humanas democráticas y liderazgos alternativos, que irán dejando en el descrédito al de los déspotas, o peor, al de los politiqueros demagogos, que golpean la espalda del pobre mientras piensan en sacarle provecho.

Se necesitan liderazgos de hombres y mujeres, adultos y jóvenes, cuyas cualidades y valores actúan como fuerza centrífuga, en tanto fomentan los consensos y la cohesión grupal, el sentido de compromiso y un verdadero respeto a las diferencias.

Liderazgos así se basan en el desarrollo de un pensamiento nuevo, que cuestiona desde su raíz la cultura autoritaria. Por eso no creo que este tipo de pensamiento pueda establecerse en las estructuras políticas o en las instituciones públicas actuales, si no se alimentan desde las familias, las escuelas y los medios de comunicación que es donde surgen, se transmiten y afianzan las mentalidades.

El informe titulado “La Democracia en América Latina” presentado recientemente por el Programa de Naciones Unidas, afirma que los partidos y la democracia en el continente atraviesan una severa crisis, a la vez que recomienda reformas para fortalecer la institucionalidad, una sociedad civil activa y un debate sobre el Estado, la economía y la globalización, mediante un hilo que robustezca la participación ciudadana “porque sólo ésta podrá hacer eficiente y legítima tales reformas.”

Pero, ¿cómo estimular esa participación con una fábrica de comportamientos amedrentados, tanto en las familias como en las escuelas? ¿Cómo hacerlo si perviven allí relaciones de tipo jerárquico que alimentan las desigualdades sociales y la discriminación en todas sus formas?

Por ejemplo, los estereotipos que promueven la confrontación entre hombres y mujeres, la crianza abusiva y la paternidad irresponsable, y que se reproducen y retroalimentan de generación en generación, constituyen la base de las creencias que luego se reflejan en todos los procedimientos institucionales autoritarios.

No es nada exagerado relacionar con la vida política el tipo de estructuras familiares, donde la comunicación opera desde quienes tienen mayor poder hacia quienes tienen menos, y se aplica el mando del terror para imponer la voluntad sobre otros, con menosprecio de la libertad de pensamiento y palabra, de la diversidad de opiniones y de los derechos a la participación en la toma de decisiones.

En este modelo de familia no existe igualdad de oportunidades para sus integrantes, ni las libertades democráticas establecidas como derechos ciudadanos en los convenios internacionalmente aceptados. Más bien constituye un ámbito que está sirviendo para legitimar toda clase de atropellos y crímenes, pues al ser de carácter privado limita la posibilidad de que se apliquen en su interior las leyes que sí se acatan en el ámbito público.

Una revolución así tendría sin duda beneficioso impacto en los antiguos conflictos étnicos, religiosos e incluso políticos no resueltos, cuyo impacto ha sido siempre más devastador para las mujeres que los varones, para la población rural o semiurbana que para la población urbana, para las personas de raza indígena o mestiza que las de raza blanca, y para las poblaciones de asentamientos urbanos que viven en la miseria.

Esta es la revolución que tenemos pendiente, quizás la más compleja, pero la única que podrá generar desde todos los espacios sociales el entusiasmo, las convicciones y fuerza necesarias para lograr, no sólo la participación social y el dinamismo económico, sino especialmente el espíritu de solidaridad humana y de justicia social que requieren la lucha contra la pobreza y las desigualdades.