SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 8• EDICION No. 398• DEL 25 AL 31 DE JULIO 2004
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Renacimiento Zombi:
"El amanecer de los muertos"

Juan Carlos Ampié

Carrera contra los muertos: Polley y Rhames luchan
por sobrevivir en Dawn of the dead
 

En la industria del cine todo lo viejo es nuevo otra vez. Basta ver el caso de los monstruos de antaño, reempaquetados para una nueva generación indispuesta a las películas en blanco y negro, donde la acción se mueve a un ritmo menor del video-clip promedio. Stephen Sommers hizo su agosto con La Momia en dos esperpentos taquilleros y quemó a Drácula, Frankenstein y el Dr. Jekyll en el resonante fracaso de Van Helsing. Ahora, los zombies vuelven a rondar la tierra en Dawn of the Dead, un re-make del film original de George Romero. Olvídese de los clásicos de los años 40. En esta era veloz, los lentos muertos vivientes de antaño corren como gacelas, y una película de finales de los setentas es carne fresca para la reinvención.

Sin explicación alguna, los muertos se levantan y empiezan a rondar en los suburbios de Milwakee. Hambrientos de carne humana, muerden a los vivos y les transmiten su condición. Después de escapar de su esposo contagiado, la joven enfermera Ana (Sarah Polley) se une a un grupo de sobrevivientes que encuentra refugio en un centro comercial. Los náufragos del horror incluyen a Kenneth, un policía estoico (Ving Rhames); Andre y Luda, una pareja a punto de dar a luz (Mekhi Phifer y Inna Korobkina); y Michael (Jake Webber), un hombre curiosamente controlado.

En las películas mejor logradas del género, los monstruos funcionan cómo catalizadores de una situación extraordinaria, que permite explorar la condición humana. Solo en Night of the Living Dead (George Romero, 1968) puede encontrar ecos de la paranoia de la guerra fría, la lucha del movimiento de derechos civiles y la tensión entre la contra-cultura hippie y el status quo. En su secuela, la versión original de Dawn of the Dead (1978), Romero apuntó sus cañones a la cultura de consumo y la ambición desmedida. En la superficie, estas películas cumplen los requisitos sensacionalistas del gore, pero en sus vísceras —por así decirlo— llevan algo mas que violencia gráfica, sensacionalismo y galones de sangre falsa.

Ese es el caso de la reciente 28 Days Later (Danny Boyle, 2002), pero no el del actualizado Amanecer de los Muertos. La película coquetea con explotar la xenofobia, pero rápidamente abandona esa línea para concentrarse en las minucias de las violentas mecánicas de ataque, y en crear circunstancias que permitan poner a los inocentes en peligro. Peor aún, sobrepuebla el grupo de sobrevivientes para tener mas víctimas potenciales. Así, se pueden dar el lujo de partir a una rubia oxigenada con una sierra eléctrica, pero pierden valioso tiempo en cámara para los personajes fuertes que podrían anclar emocionalmente a la película. Si, una rubia oxigenada es partida con una sierra eléctrica, ese tipo de cosas viene con el territorio. No hay misogínia implícita. A los hombres les va igual de mal, o peor.

A pesar de todo, no se puede desestimar completamente a este orgulloso sub-producto. Cualquier film que incluye en su reparto a la actriz canadiense Sarah Polley (The Sweet Hereafter) está haciendo algo bien. A ratos, se percibe que el director Zack Snyder —veterano de comerciales de TV— está genuinamente enamorado de las posiblidades del medio. Apoyado en la fotografía saturada de Matthew F. Leonetti, crea una palpable sensación de pesadumbre que eleva a la narrativa sobre sus limitaciones. Lo mejor de todo es la brillante secuencia de créditos iniciales. El montaje de imágenes de cobertura noticiosa degradandose en histeria, bajo los acordes de “The Man Comes Around” de Johnny Cash, merece un premio. En otra decisión interesante, los realizadores insertan las escenas finales entre los créditos de cierre. No solo adoran el gore y sus convenciones, sino también el acto de consumir una película de principio a fín. Si abandona la sala tan pronto aparecen “las letras”, o si los cines locales imponen su odiosa costumbre de encender las luces y cortar los créditos lo más pronto posible, se perderá el final. Olvídese de una invasión de zombies, el verdadero horror está en ir a un cine en Nicaragua.

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