Renacimiento Zombi:
"El amanecer de los muertos"
Juan Carlos Ampié
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Carrera contra los
muertos: Polley y Rhames luchan
por sobrevivir en
Dawn of the dead |
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En la industria del cine todo lo viejo es nuevo
otra vez. Basta ver el caso de los monstruos de antaño, reempaquetados
para una nueva generación indispuesta a las películas
en blanco y negro, donde la acción se mueve a un ritmo menor
del video-clip promedio. Stephen Sommers hizo su agosto con La Momia
en dos esperpentos taquilleros y quemó a Drácula, Frankenstein
y el Dr. Jekyll en el resonante fracaso de Van Helsing. Ahora, los zombies
vuelven a rondar la tierra en Dawn of the Dead, un re-make del film
original de George Romero. Olvídese de los clásicos de
los años 40. En esta era veloz, los lentos muertos vivientes
de antaño corren como gacelas, y una película de finales
de los setentas es carne fresca para la reinvención.
Sin explicación alguna, los muertos se levantan
y empiezan a rondar en los suburbios de Milwakee. Hambrientos de carne
humana, muerden a los vivos y les transmiten su condición. Después
de escapar de su esposo contagiado, la joven enfermera Ana (Sarah Polley)
se une a un grupo de sobrevivientes que encuentra refugio
en un centro comercial. Los náufragos del horror incluyen a Kenneth,
un policía
estoico (Ving Rhames); Andre y Luda, una pareja a punto
de dar a luz (Mekhi Phifer y Inna Korobkina); y Michael (Jake Webber),
un hombre curiosamente controlado.
En las películas mejor logradas del género, los monstruos
funcionan cómo catalizadores de una situación extraordinaria,
que permite explorar la condición humana. Solo en Night of the
Living Dead (George Romero, 1968) puede encontrar ecos de la paranoia
de la guerra fría, la lucha del movimiento de derechos civiles
y la tensión entre la contra-cultura hippie y el status quo.
En su secuela, la versión original de Dawn of the Dead (1978),
Romero apuntó sus cañones a la cultura de consumo y la
ambición desmedida. En la superficie, estas películas
cumplen los requisitos sensacionalistas del gore, pero en sus vísceras —por
así decirlo— llevan algo mas que violencia gráfica,
sensacionalismo y galones de sangre falsa.
Ese es el caso de la reciente 28 Days Later (Danny
Boyle, 2002), pero no el del actualizado Amanecer
de los Muertos. La película
coquetea con explotar la xenofobia, pero rápidamente abandona
esa línea para concentrarse en las minucias de las violentas
mecánicas de ataque, y en crear circunstancias que permitan
poner a los inocentes en peligro. Peor aún, sobrepuebla el
grupo de sobrevivientes para tener mas víctimas potenciales.
Así,
se pueden dar el lujo de partir a una rubia oxigenada
con una sierra eléctrica, pero pierden valioso tiempo en
cámara para
los personajes fuertes que podrían anclar emocionalmente
a la película. Si, una rubia oxigenada es partida con una
sierra eléctrica,
ese tipo de cosas viene con el territorio. No hay
misogínia implícita.
A los hombres les va igual de mal, o peor.
A pesar de todo, no se puede desestimar completamente
a este orgulloso sub-producto. Cualquier film que
incluye en su reparto a la actriz canadiense Sarah
Polley (The Sweet Hereafter) está haciendo
algo bien. A ratos, se percibe que el director Zack Snyder —veterano
de comerciales de TV— está genuinamente enamorado de las
posiblidades del medio. Apoyado en la fotografía saturada de
Matthew F. Leonetti, crea una palpable sensación de pesadumbre
que eleva a la narrativa sobre sus limitaciones. Lo mejor de todo es
la brillante secuencia de créditos iniciales. El montaje de imágenes
de cobertura noticiosa degradandose en histeria, bajo los acordes de “The
Man Comes Around” de Johnny Cash, merece un premio. En otra decisión
interesante, los realizadores insertan las escenas finales entre los
créditos de cierre. No solo adoran el gore y sus convenciones,
sino también el acto de consumir una película de principio
a fín. Si abandona la sala tan pronto aparecen “las letras”,
o si los cines locales imponen su odiosa costumbre de encender las luces
y cortar los créditos lo más pronto posible, se perderá el
final. Olvídese de una invasión de zombies, el verdadero
horror está en ir a un cine en Nicaragua. |