| Tentación
resistible
Juan Carlos Ampié
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Romijn-Stamos y
Banderas: dandole buen
nombre a la euro-basura en "Femme Fatale" |
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Ganar un Oscar jamás habia
sido tan dañino para un actor como lo fue para
Cuba Gooding Jr. Su triunfo como Mejor Actor de Reparto
por Jerry Maguire (Cameron Crowe, 1996) parece haberlo
precipitado a un infierno de mediocridad. Sus detractores
más despiadados lo acusan de ser una suerte
de Tìo Tom del celuloide – vea la salvaje
parodia que Spike Lee hace de su sobre-exitado agradecimiento
por la estatuilla en Bamboozled (2000).
He hecho uso de mi privilegio ejecutivo como crítico
de cine que no necesita ver todas las películas
que dan en los cines, para evadir las ampliamente vilificadas
Snow Dogs (2002) y Boat Trip (2002). Ahora llega The
Fighting Temptations. Suena como que merece el beneficio
de la duda. Está dirigida por Jonathan Lynn
(My Cousin Vinnie, 1992). Tiene números musicales
y un reparto ideal para hacerlos funcionar: Beyoncé Knowles,
la diva pop del momento; Angie Stone, una de las màs
celebradas voces del nuevo soul; el clásico
trio The O´jayz; la rapera Faith Evans.
Darrin (Goodin) es un ambicioso
ejecutivo menor en una agencia de publicidad de Nueva
York, obligado a regresar a su pueblo natal en Georgia,
para el funeral de su Tía Sally. La difunta
le deja una oportuna cantidad de dinero. Una cláusula
ineludible condiciona su entrega a que conduzca al
coro de la parroquia al triunfo en una en una competencia
regional. Esto lo enfrenta con un extenso grupo de
excéntricos
sureños, incluyendo a Terri (Knowles), la bella
madre soltera con apariencia de estrella y voz de solista.
Es difícil definir en que momento las caricaturas
que pasan por personajes dejan de ser cariñosas
para volverse ofensivas. Lo que las hace más
ofensivas es su superficialidad, como suplantan a un
interés genuino por la humanidad de los personajes.
Puede alegarse que el verdadero plato fuerte del filme
está en los números musicales, pero incluso
ahí hay problemas. Knowles entra en pantalla
con un desastroso cover de Fever, de Cole Porter. La
cantante parece atrapada en un mal video de karaoke.
El resto de los números músicales funciona
mejor, si tiene un mínimo interés por
el gospel, la energética música inspiracional
negra.
La película es un musical, pero está filmada
como un video corporativo. Jonathan Lynn, que orquestara
tan bien la colisión entre la excéntricidad
sureña y las caricatura de los italo-americanos
del noreste en My Cousin Vinnie, trabaja como director
por encargo. Su visión es plana y desinspirada.
No se preocupa por darle forma a las actuaciones del
reparto —merece cárcel por ignorar virtualmente
a Rue McClanahan, de la serie de TV Golden Girls— .
Gooding hace de las suyas. El
actor sigue atrapado en su momento de gloria ante la
Academia, desesperado y ansioso por complacer. En el
fondo, todos los actores buscan el favor del público, pero él
lo proyecta a extremos patológicos. Abusa con
la mueca y la gesticulación, con la convicción
del comediante que se divierte tanto a sí mismo,
que no oculta su narcisista satisfacción. En
algún lugar del mundo, Billy Cristal, Robin
Williams y Roberto Benigni sonríen complacidos.
Si logra llegar al predecible climax de la competencia,
se convencerá de que la mayor parte del reparto
y la música que conjuran merecía un mejor
vehículo. La música puede sobrevivir
aún en una mala película. Que alguien
diga Amèn, por favor. |