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Vergüenza nacional
Si hay algo que una gran mayoría
de nicaragüenses quisiera exclamarle a las cúpulas
del PLC y el FSLN en estos momentos es ¡Basta
ya!. Basta de imponerle a toda una nación la
agenda de sus mezquinos intereses, de obligarnos a digerir
declaraciones irresponsables y malintencionadas con
las que pretenden justificar lo injustificable, de imponernos
una falsa polarización que luego desmienten con
arreglos bajo la mesa, de pisotear la justicia y burlarse
de la pobreza y la dignidad de un pueblo.
Como muy bien lo reflejan las encuestas,
la gran mayoría de nicaragüenses se siente
avergonzada por la última exhibición de
machismo trasnochado de estos supuestos representantes
de la ciudadanía, arrepentida de darles su voto
y preocupada por las consecuencias de las interminables
crisis que desvían la atención de los
problemas verdaderamente acuciantes.
Pero este circo político
sólo va a terminar cuando la ciudadanía
se movilice y deje de actuar como espectadora pasiva
de tantas barbaridades. Porque si algo bueno ofrece
este extendido sentimiento de vergüenza, es la
oportunidad de unirnos más allá de las
agendas políticas, de rechazar el juego de los
alineamientos que sólo benefician a las cúpulas
de los partidos y de impedir una polarización
que nos lleve a nuevas confrontaciones insensatas.
A lo largo de nuestra historia,
la intervención externa y la mezquindad de los
políticos se han conjugado una y otra vez para
impedir el desarrollo del país. Pero ahora se
puede evitar que este ciclo nefasto se repita, si coinciden
la movilización social y el rechazo a estas maniobras
con la voluntad del gobierno de apartarse de los intereses
partidistas y concertar firmemente una salida para la
nación.
Para ello es importante la propuesta
hecha por el Presidente de impulsar una agenda de negociación,
pero sin condicionarla a la aprobación de una
ley de carrera judicial que está resultando ser
la manzana de la discordia y que aleja las posibilidades
de llegar a consensos a corto plazo. Este es un error
táctico si se quiere conseguir la estabilidad
necesaria para emprender el conjunto de reformas a la
constitución y conseguir un amplio apoyo al Plan
Nacional de Desarrollo entre otros temas prioritarios.
Sin duda se deben impulsar reformas
que eviten la partidización y corrupción
del poder judicial, pero la manera abrupta, inconsulta
y politizada con que se quiere aprobar esta Ley, añade
leña al fuego de las disputas, en vez de allanar
la salida pacífica que debe buscarse.
No hay peor escenario que continuar con el estilo de
negociar al borde del abismo, o forzar soluciones pírricas
que conducen a nuevos ciclos de conflicto y medición
de fuerzas entre las cúpulas partidarias.
En vez de seguir así, el
Gobierno debería promover acuerdos estratégicos
y perdurables, mientras la ciudadanía lucha por
la democratización de los partidos, tanto en
el interior de los mismos como a través de la
movilización y la presión ciudadana.
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