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Placer
Culposo
Juan Carlos Ampié
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Romijn-Stamos y
Banderas: dandole buen
nombre a la euro-basura en "Femme Fatale" |
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La lapidaría crítica
de cine Pauline Kael, que se consagrara por sus trabajos
en la páginas de la revista New Yorker, solía
ser conocida por su devoción incondicional hacia
algunos cineastas. Brian de Palma, recién puesto
en el mapa por su trabajo en Carrie(1979), era uno de
sus favoritos. Kael también era reconocida por
exaltar el valor de lo que ella llamaba “buena
basura”: películas comerciales que temperaban
su falta de sustancia con estilo, explotando los recursos
del cine con inspiración, pero sin pretensiones.
En el más allá, Kael está disfrutando
la tóxica Femme Fatale.
La película arranca con
Laure(Rebeca Romijn-Stamos), la titular mujer fatal,
mirando la televisión semi-desnuda. En la pantalla
se ven escenas de Barbara Stanwick y Fred McMurray en
Double Indemnity(Billy Wilder, 1944), subtitulada en
francés. No es una casualidad. De Palma nos anuncia
que estamos viendo un homenaje moderno al film noir
en un Paris contemporáneo, que le debe más
al metamundo del cine que a la realidad. Afuera de la
habitación, arranca la ceremonia de apertura
del Festival de Cine de Cannes 2001, donde Laure y una
pandilla de rudos ladrones protagonizará un espectacular
robo de joyas.
De Palma siempre ha sido un imitador-admirador
de Alfred Hitchcock, y no tarda en emular sus convenciones.
Después de un giro sorpresa, introduce al proverbial
inocente que termina hasta el cuello en complicaciones.
Se trata de Nicolas Bardo (Antonio Banderas), un paparazzi
inútil que por casualidad toma una foto de Laure,
huyendo con el botín de sus secuaces... o talvez
se trata de Lilly, una mujer que ha perdido a su familia
en un accidente y que se parace demasiado a la bella
ladrona.
El sucio encanto de Femme Fatale
reside en seguir los improbables vericuetos de su trama,
suavizados por la fluida cámara del director
y la lustrosa partitura musical de Riuychi Sakamoto.
A pesar que la película se mueve progresivamente
de lo sublime a lo ridículo, los cineastas siguen
tratando el material con devoción romántica.
Banderas está un poco viejo
para este tipo de papeles. Su caracterización
aquí esta más cerca de las caricaturas
que le asignan en Hollywood que de su trabajo en el
cine español. Sin embargo, es lo que la película
necesita: una estrella que puede sobrevivir a una mala
actuación. Las escenas de interacción
entre la pareja son de hilarante ineptitud. La bella
Romijn-Stamos (mejor conocida por ser la amenaza azul
de X-Men), brilla cuando trabaja silenciosamente bajo
presión, cómo una reina de hielo. No tiene
la vida interna de las rubias de De Palma —vease
a Angie Dickinson en Dressed to Kill, 1980—, que
en sus mejores momentos emulan a las rubias de Hitchock.
No importa. Banderas y Romijn no
están aquí para presentarse cómo
seres humanos de carne y hueso. Son atractivos prototipos,
atrapados en un rompecabezas cinéfilo, donde
el estilo es la sustancia.
Después de su malograda
aventura espacial, Mission to Mars (2000), el ex patriado
De Palma se refugia en Europa para volver a sus raices.
El resultado es un placer culposo. Como una hamburguesa
con queso y demasiado bacon, un cigarro de más,
o muchas copas de vino barato. No es bueno para nosotros.
No es lo más saludable o respetable, pero en
el momento menos pensado, es justo lo que necesitamos.
Al menos, Femme Fatale es el mejor antídoto para
la rimbombante pretensión de La Pasión
de Cristo…y mucho más entretenida.
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