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El viento de la historia
Javier Pradera
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Rodríguez
Zapatero (derecha), celebra
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La jornada
de ayer se celebró bajo la presión emocional
del atentado del 11-M, el desconcierto en torno a la
identidad de sus autores y la ominosa sospecha de que
el Gobierno había manipulado con objetivos electoralistas
la información policial disponible. Tras sostener
durante 12 horas que ETA era responsable de la matanza
(una conjetura en si misma razonable transformada innecesariamente
en dogma de fe por el presidente Aznar) y calificar
moralmente de “miserables” a quienes osaran
poner siquiera en duda esa predicción (en favor
de cualquier otra hipótesis de trabajo también
plausible), el hallazgo por las Fuerzas de Seguridad
de las primeras pruebas materiales del crimen obligó
al Gobierno a rectificar a regañadientes y de
manera oscura ese empecinamiento: aunque el Ministerio
del Interior reconoció que ese material indiciario
orientaba la investigación hacia una pista islámica,
los portavoces políticos y mediáticos
del PP no renunciaron a seguir acusando de compañeros
de viaje del terrorismo a quienes considerasen gravemente
debilitada la hipótesis etarra.
En cualquier
caso, los resultados de las urnas arrojaron una significativa
desviación respecto a la intención de
voto registrada por la mayoría de los sondeos
con anterioridad al atentado terrorista: la pregonada
mayoría absoluta —o suficiente— del
PP fue barrida por una clara victoria del PSOE, que
ha sacado a los populares cinco puntos porcentuales
en término de sufragios (alrededor de un millón
doscientos mil votos) y 16 escaños. Aunque sólo
las encuestas poselectorales podrán explicar
empíricamente las causas de ese brusco viraje,
parece razonable suponer que la pésima respuesta
dada a la dramática crisis del 11-M por el Gobierno
y el recuerdo de los crispados debates sobre la participación
española en la guerra de Irak han desempeñado
un decisivo papel en el cambio de la marea. Además
de constituir una emocionada y conmovedora manera de
manifestar tanto su solidaridad con las víctimas
como su confianza en las instituciones democráticas
para hacer justicia, el notable incremento de la participación
en las urnas (casi diez puntos en relación con
el año 2000) seguramente puede ser interpretada
en esa dirección.
La tendencia
de las sociedades amenazadas por un grave peligro externo
a evitar rupturas de continuidad en el ejercicio del
poder y a ratificar los mandatos de los políticos
electos encargados de administrar el mopolio de la violencia
legítima y garantizar la seguridad colectiva
no ha logrado superar la desconfianza de los ciudadanos
respecto a unos gobernantes que habían venido
abusando de la maquinaria propagandística del
Estado durante la pasada legislatura. Tras la huelga
general de junio de 2002, la catástrofe del Prestige
y los debates en torno a la guerra de Irak, el cartero
de James Cain llamó de nuevo a la puerta cuando
la mayoría de los votantes llegó a la
conclusión de que el Gobierno había tratado
de sacar un sucio rendimiento electoral a los trenes
de la muerte del 11-M. Aznar se había jactado
hace un año de haber sacado a España del
rincón de la historia con su aventurera decisión
de retratarse en las Azores con el presidente Bush;
los vientos de la geopolítica mundial se han
vuelto contra su arrogancia.
Por lo
demás, las alternativas plausibles y los escenarios
contrafactuales de historia virtual construidos para
imaginar lo que hubiese podido suceder en las urnas
de no producirse el atentado tal vez consuelen retrospectivamente
al derrotado con una victoria compensatoria en esos
fantasmales comicios nunca celebrados; sin embargo,
tales simulaciones en ningún caso deberían
ser esgrimidos por demócratas dignos de tal nombre
para restar legitimidad a los resultados del 14-M.
En este
sentido, la comparecencia pública de Rajoy reconociendo
su derrota y felicitando a Zapatero no es únicamente
merecedora de reconocimiento sino también un
ejemplo para los portavoces mediáticos del PP
que comenzaron a preparar desde el mismo día
del atentado una alevosa campaña desestabilizadora
de las instituciones democráticas para el supuesto
de una victoria socialista. Y cabe esperar también
que la acritud, prepotencia y juego sucio del mandato
de Aznar dejen paso en esta legislatura al espíritu
de consenso constitucional. (Publicado
en El País / España)
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