SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 8• EDICION No. 381• DEL 21 AL 27 DE MARZO 2004

Descargue en PDF Documento del Movimiento de Mujeres Trabajadoras y Desempleadas "María Elena Cuadra"

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SadomasoGibson

Juan Carlos Ampié

El evangelio según Mel Gibson: Jesús (Jim Caviezel) carga la cruz completa


Ríos de tinta han corrido por “La Pasión de Cristo”, el filme dirigido por Mel Gibson. Ya es leyenda en Hollywood cómo el actor luchó contra viento y marea para filmarla, cómo decidió unir sus creencias a su trabajo para salir de una crisis personal, cómo saco dinero de su propio bolsillo cuando ningún estudio quiso financiarla. Una vez en cines, las acusaciones de antisemitismo cedieron espacio en los titulares a los reportes de taquilla. La película es un éxito inusitado, hasta el punto que augura una avalancha de producciones bíblicas. El filme se ha convertido en un verdadero acontecimiento cultural. En estas circunstancias, la película misma queda más allá de calificativos. Ya no viene al caso si es buena, mala, o regular. Simplemente es un fenómeno que todo el mundo debe ver.

La Pasión se presenta cómo una versión realista de los acontecimientos ocurridos en las doce horas que condujeron a la crucifixión. Sin más preámbulo que una cita bíblica, Gibson nos planta en el centro del jardín Getsemaní, donde Jesús (Jim Caviezel) interpela a Dios sobre sus designios. El demonio trata de quebrantar su fé. Judas denuncia su localización ante soldados romanos, y así comienza el calvario. El reparto esta poblado de desconocidos, excepto por Caviezel - actor norteamericano que ya pintara una figura beatífica en The Thin Red Line (Terrence Mallick, 1998) - y la actriz italiana Monica Belluci, como María Magdalena. Ambos hacen un trabajo encomiable, igual que el virtuoso director de fotografía Caleb Deschanel. El director, por otro lado, es un poco problemático
No soy la persona adecuada para denunciar las inexactitudes históricas que plagan la película. Sin embargo, el vago recuerdo de mis clases de catecismo en una escuela secundaria jesuita me bastan para asegurar que Cristo no cargo la cruz completa, sino sólo el travesaño horizontal. Los clavos no se clavaron en sus palmas, sino bajo las muñecas... en fín, es evidente que la agenda de Gibson no es retratar con realismo el martirio de Jesús, sino invocar la visión que informa el común denominador del imaginario cristiano.

Así se justifica el demonio andrógino con su bebé infernal, la maldad irredenta de los soldados romanos, la caricaturesca villanía de Caifás y los sacerdotes judíos.

El director predica a los convertidos, en un curioso ritual de evangelización por shock. La película es implacable a la hora de retratar las torturas que sufre Cristo — y en tiempo real. Para darle un respiro a la audiencia, interrumpe periódicamente con flashbacks que funcionan como un repaso de grandes éxitos de Cristo, demasiado breves y superficiales como para proveer contexto necesario, o suplir la filosofía del amor inherente al mensaje de la religión.

El uso de violencia gráfica en el cine ha sido ampliamente vilipendiado en el pasado, pero ahora se acepta y celebra, porque está al servicio de crear una experiencia religiosa popular, congruente con el dogma de la iglesia.

El director puede presentar sin remilgos los salvajes castigos infringidos en Cristo. También puede seguir la línea ideológica fundamentalista que desee. Es parte de su visión como artista. Tiene derecho a retratarla. Es encomiable que se presente sin censura —si tan sólo la misma tolerancia se hubiera prodigado a la malentendida The Last Temptation of Christ (Martin Scorsese, 1988). Mis reparos están en que Gibson explota la violencia de las imágenes para suplir drama a un guión simplista, y crear una cortina de dolor que oculte la esterilidad de su puesta en escena.

Gibson es un director eficiente pero desinspirado. Retoma la remota idealización de las películas bíblicas de antaño, mezclándola con el tremendismo del cine de acción contemporáneo. Note cómo usa estridentes efectos de sonido para puntualizar los movimientos de los personajes - cada vez que alguien voltea la cabeza, una orquesta entera despierta-. Abusa de la cámara lenta, pero con especial fascinación en la secuencia de la flagelación. El proverbial sentimiento de culpa que se le achaca a los católicos se pone en evidencia.

Gibson ya se ha delatado en el pasado cómo junkie del dolor. La Pasión es hermana gemela de su celebrada Braveheart (1995), otro drama de acción con pretensiones históricas, que culminaba con el director-actor martirizándose a sí mismo. Ahora ha creado una judea de pueblo con actores profesionales y un buen presupuesto. Los espectadores de buena fé aportan la complejidad emocional. Gente que tiene años de no ver una película en los cines está volviendo a las salas, en masa. Mel ha creado un milagro, pero de orden monetario.

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