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SadomasoGibson
Juan Carlos Ampié
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| El evangelio según
Mel Gibson: Jesús (Jim Caviezel) carga la
cruz completa |
Ríos de tinta han corrido por “La Pasión
de Cristo”, el filme dirigido por Mel Gibson.
Ya es leyenda en Hollywood cómo el actor luchó
contra viento y marea para filmarla, cómo decidió
unir sus creencias a su trabajo para salir de una crisis
personal, cómo saco dinero de su propio bolsillo
cuando ningún estudio quiso financiarla. Una
vez en cines, las acusaciones de antisemitismo cedieron
espacio en los titulares a los reportes de taquilla.
La película es un éxito inusitado, hasta
el punto que augura una avalancha de producciones bíblicas.
El filme se ha convertido en un verdadero acontecimiento
cultural. En estas circunstancias, la película
misma queda más allá de calificativos.
Ya no viene al caso si es buena, mala, o regular. Simplemente
es un fenómeno que todo el mundo debe ver.
La Pasión se presenta cómo
una versión realista de los acontecimientos ocurridos
en las doce horas que condujeron a la crucifixión.
Sin más preámbulo que una cita bíblica,
Gibson nos planta en el centro del jardín Getsemaní,
donde Jesús (Jim Caviezel) interpela a Dios sobre
sus designios. El demonio trata de quebrantar su fé.
Judas denuncia su localización ante soldados
romanos, y así comienza el calvario. El reparto
esta poblado de desconocidos, excepto por Caviezel -
actor norteamericano que ya pintara una figura beatífica
en The Thin Red Line (Terrence Mallick, 1998) - y la
actriz italiana Monica Belluci, como María Magdalena.
Ambos hacen un trabajo encomiable, igual que el virtuoso
director de fotografía Caleb Deschanel. El director,
por otro lado, es un poco problemático
No soy la persona adecuada para denunciar las inexactitudes
históricas que plagan la película. Sin
embargo, el vago recuerdo de mis clases de catecismo
en una escuela secundaria jesuita me bastan para asegurar
que Cristo no cargo la cruz completa, sino sólo
el travesaño horizontal. Los clavos no se clavaron
en sus palmas, sino bajo las muñecas... en fín,
es evidente que la agenda de Gibson no es retratar con
realismo el martirio de Jesús, sino invocar la
visión que informa el común denominador
del imaginario cristiano.
Así se justifica el demonio
andrógino con su bebé infernal, la maldad
irredenta de los soldados romanos, la caricaturesca
villanía de Caifás y los sacerdotes judíos.
El director predica a los convertidos,
en un curioso ritual de evangelización por shock.
La película es implacable a la hora de retratar
las torturas que sufre Cristo — y en tiempo real.
Para darle un respiro a la audiencia, interrumpe periódicamente
con flashbacks que funcionan como un repaso de grandes
éxitos de Cristo, demasiado breves y superficiales
como para proveer contexto necesario, o suplir la filosofía
del amor inherente al mensaje de la religión.
El uso de violencia gráfica
en el cine ha sido ampliamente vilipendiado en el pasado,
pero ahora se acepta y celebra, porque está al
servicio de crear una experiencia religiosa popular,
congruente con el dogma de la iglesia.
El director puede presentar sin
remilgos los salvajes castigos infringidos en Cristo.
También puede seguir la línea ideológica
fundamentalista que desee. Es parte de su visión
como artista. Tiene derecho a retratarla. Es encomiable
que se presente sin censura —si tan sólo
la misma tolerancia se hubiera prodigado a la malentendida
The Last Temptation of Christ (Martin Scorsese, 1988).
Mis reparos están en que Gibson explota la violencia
de las imágenes para suplir drama a un guión
simplista, y crear una cortina de dolor que oculte la
esterilidad de su puesta en escena.
Gibson es un director eficiente
pero desinspirado. Retoma la remota idealización
de las películas bíblicas de antaño,
mezclándola con el tremendismo del cine de acción
contemporáneo. Note cómo usa estridentes
efectos de sonido para puntualizar los movimientos de
los personajes - cada vez que alguien voltea la cabeza,
una orquesta entera despierta-. Abusa de la cámara
lenta, pero con especial fascinación en la secuencia
de la flagelación. El proverbial sentimiento
de culpa que se le achaca a los católicos se
pone en evidencia.
Gibson ya se ha delatado en el
pasado cómo junkie del dolor. La Pasión
es hermana gemela de su celebrada Braveheart (1995),
otro drama de acción con pretensiones históricas,
que culminaba con el director-actor martirizándose
a sí mismo. Ahora ha creado una judea de pueblo
con actores profesionales y un buen presupuesto. Los
espectadores de buena fé aportan la complejidad
emocional. Gente que tiene años de no ver una
película en los cines está volviendo a
las salas, en masa. Mel ha creado un milagro, pero de
orden monetario.
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