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Ante el silencio y el miedo
La lentitud en la investigación
sobre el asesinato de Carlos Guadamuz y las numerosas
conjeturas que provocan en la población las conexiones
del asesino con dirigentes del Frente Sandinista, están
generando una ansiedad creciente en la población,
agravada por las declaraciones de Dionisio Marenco y
Lenín Cerna que se refieren al crimen en forma
tan equívoca y repudiable.
Estas declaraciones coincidieron
en señalar en los medios de comunicación,
que la falta de ética y el estilo del periodista
basado en los ataques personales provocaron en cierta
forma el crimen, como si hubiese algo que pudiera justificarlo.
Incluso Cerna aludió en forma elogiosa a la trayectoria
política del criminal, mientras le endilgaba
epítetos al periodista asesinado.
Considero que estas afirmaciones
son, por decir lo menos, espeluznantes. Me parece extremadamente
peligroso que se sugiera que exista alguna razón
para cometer un crimen, pues esto se percibe inevitablemente
como un atenuante. El ataque desmedido o las injurias
y calumnias de un periodista pueden ser enfrentadas
en diversas formas, a través de una demanda judicial
o en los mismos medios de comunicación, pero
es inconcebible sugerir que ello constituya una razón
para silenciarlo a balazos.
En entrevista al diario La Prensa,
Marenco dijo también que al Frente Sandinista
no le convenía estar detrás de un hecho
que podría afectar su campaña electoral.
Este argumento resulta también sorprendente,
en tanto se destaca más lo oportuno o inoportuno
que puede resultar políticamente un crimen en
lugar de enfatizar lo terrible que resulta en sí
mismo.
Lo peor de todo es que se han publicado
semejantes declaraciones sin que se produzca un verdadero
escándalo. Más bien ha existido algo así
como un silencio anonadado entre la población,
para no decir un silencio amedrentado. Existe evidentemente
temor a tocar el tema, ese tipo de miedo que se extiende
como plaga y acaba por legitimar los delitos y dejar
en la impunidad a los culpables.
Se hace imprescindible por ello,
en aras de preservar la salud moral de nuestra sociedad
y la posibilidad de hacer justicia, vencer el miedo
a romper el silencio y hablar claramente de los peligros
que estas situaciones están generando. No se
trata de acusar a nadie, pues aún no está
claro quién está detrás del asesinato
de Guadamuz o si existen o no motivaciones políticas
para haberlo cometido. Pero sí cabe demandar
tanto de Cerna como de Marenco una declaración
enérgica de condena, de la cual no pueda desprenderse
duda alguna sobre si están o no legitimando el
atentado.
Conozco a Lenín Cerna y
a Nicho Marenco, y a pesar de no compartir sus posiciones
no guardo hacia ellos ninguna animadversidad ni rechazo.
Más bien albergaba la esperanza de encontrar
en sus declaraciones el mismo horror indignado que me
produjo el crimen de Guadamuz, a quien conocí
mucho menos y con quien no tuve nunca la relación
cercana que tuvieron estos dirigentes del Frente Sandinista
con el asesinado.
Pero el haber encontrado en lugar
de condena alabanzas hacia el asesino y referencias
a las “traiciones” de quien les fuera tan
cercano, me parece brutal e impactante. Son estas declaraciones,
más que la lentitud policial, las que están
alimentando entre la población la suposición
ya bastante extendida de que existen motivaciones políticas
tras el crimen, y de que éste podría estar
iniciando la peligrosa tendencia a las vendetas políticas
o al chantaje armado.
Esta posibilidad es suficientemente
grave como para convocar a la ciudadanía a pronunciarse.
Mientras más voces rompan el silencio menos se
podrá conseguir que el miedo las acalle. Debe
quedar absolutamente claro que los nicaragüenses
no podemos permitir que la lucha de ideas sea reemplazada
nuevamente por la brutalidad de las balas.
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