SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 8• EDICION No. 379• DEL 07 AL 13 DE MARZO 2004
COLUMNISTA INVITADO

La erosión de la democracia

Andrés
Oppenheimer
 

Estos son días sombríos para la causa de la democracia en América Latina: la renuncia del ex presidente haitiano Jean-Bertrand Arististide ante el avance de tropas rebeldes, las artimañas del gobierno venezolano para impedir un referéndum pedido por 3.4 millones de opositores y otros hechos recientes dan la pauta de una continua erosión del principio de la defensa colectiva de la democracia y los derechos humanos en la región.

En Haití, el gobierno de Francia - con el guiño de Washington - exigió la renuncia del presidente Jean-Bertrand Aristide, que a pesar de su desastrosa gestión tiene la característica de haber sido electo. La exigencia francesa, según me dicen altos funcionarios europeos, estuvo motivada en parte por el deseo de hacer un gesto dramático para congraciarse con Estados Unidos y dejar atrás los rencores de la guerra de Irak.

Pero el hecho que un grupo de rebeldes armados de ultra-derecha en Haití pudieron lograr un pedido internacional de que renuncie un presidente democráticamente electo debería hacer sonar voces de alarma en el hemisferio. Ocurre en momentos en que la violencia política se está expandiendo en varios países latinoamericanos con presidentes débiles, y en que algunos gobiernos están mostrando una peligrosa tolerancia con las dictaduras.

La rebelión contra Aristide ocurrió apenas a cinco meses de la sangrienta rebelión de grupos radicales de izquierda que derrocó al presidente constitucional de Bolivia, y tras los hechos de violencia que precipitaron la caída de un presidente argentino en el 2001, y uno en Ecuador en el 2000.

Muchos funcionarios de Washington y América Latina temen que Haití, Bolivia y las otras protestas violentas sean sólo el principio de una oleada insurreccional en la región, por la proliferación de grupos violentos como los cocaleros bolivianos, algunos grupos piqueteros en Argentina, los Sin Tierra en Brasil, y varios grupos indigenistas en Ecuador y Perú, que podrían envalentonarse con los últimos acontecimientos.

“Se está dando un nuevo fenómeno, que es la combinación de movimientos insurreccionales con electorales”, dice Alberto Garrido, un analista político venezolano y autor de varios libros. “Hay una superficie que va con la legalidad del sistema, y una metodología insurreccional”.

Según Garrido, durante el Congreso Bolivariano de los Pueblos que se realizó en Caracas en diciembre, “abiertamente anunciaron sus intenciones de trabajar en conjunto”.

En Venezuela, la democracia sufrió un nuevo golpe la semana pasada cuando un tribunal electoral controlado por el presidente Hugo Chávez de hecho descalificó más de 1 millón de firmas de las 3.4 millones que recolectó la oposición para pedir un referéndum sobre su mandato. Los veedores de la Organización de los Estados Americanos y el Centro Carter ofrecieron una solución técnica para verificacar la validez de las firmas, pero el gobierno de Chávez no parece muy inclinado a aceptar la oferta.
¿Pedirán Washington y los gobiernos de América Latina la aplicación de la carta democrática de la OEA, que sanciona los “golpes constitucionales”, contra Venezuela?

Lo dudo mucho. Lo más probable es que Washington y los gobiernos de América Latina se hagan los distraídos. El gobierno del presidente Bush, que ya tiene bastantes problemas en Irak, no quiere abrirse un nuevo frente que pueda amenazar los suministros de petróleo de Venezuela a Estados Unidos. Y los países del Caribe y América Central dependen demasiado de los suministros de petróleo subsidiado de Venezuela.

“Ya no se ve una voluntad de hacerle frente a estos problemas (de atentados contra la democracia) como antes”, dice Michael Schifter, un analista del Diálogo Inter-Americano en Washington D.C. “El compromiso de Estados Unidos con la democracia es muy fuerte, hasta que choca con otros intereses, como el petróleo”. Otro hecho lamentable fue que, en Argentina, el gobierno del Presidente Néstor Kirchner anunció oficialmente durante una visita del canciller cubano Felipe Pérez Roque que Argentina se abstendrá de condenar a Cuba en la próxima reunión de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

El anuncio del gobierno argentino - paradójicamente encabezado por funcionarios que padecieron una dictadura - se produjo apenas días después de que la representante de la Comision de Derechos Humanos de la ONU para Cuba, la magistrado francesa Christine Chanet, denunció una “ola de represión sin precedentes” en la isla, y poco después de que Amnistía Internacional declarara a Cuba el país con más prisioneros políticos en América Latina.

Aunque Kirchner se reivindico en parte encontrándose con la oposición venezolana durante un viaje a Caracas el sábado, lo cierto es que en diferentes países, de diferentes maneras, se está produciendo una gradual erosión del principio que ha venido rigiendo las relaciones inter-americanas desde la caída de las dictaduras militares en la década de 1980: la idea que la democracia debe ser defendida colectivamente por todos los países, y que no hay tal cosa como “dictaduras buenas”.

Estamos viendo un relajamiento de ese principio, que algunos de los presidentes democráticos de hoy podrian lamentar en el futuro.

Publicado en El Nuevo Herald