SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 8• EDICION No. 378• DEL 29 DE FEBRERO AL 06 DE MARZO 2004
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Tragedia Americana

Juan Carlos Ampié

Robbins, Penn y Gay Harden: tres merecidas nominaciones
al Oscar en "Mystic River"

 

Tres niños juegan en la calle de un vecindario proletario de la ciudad de Boston. Dos abusadores, pretendiendo ser policías, secuestran a uno de ellos y lo someten a una espeluznante jornada de abuso sexual. Este terrible incidente – sugerido, no mostrado – marca el curso de Mystic River, película que consagra a Clint Eastwood como uno de los mejores directores norteamericanos del momento.

Los niños son hombres cuando volvemos a encontrarlos. Siguen siendo vecinos, pero la vida —y el recuerdo de ese día aciago— los ha separado por caminos diferentes: Jimmy Marcus (Sean Penn) es un ex convicto reformado, dedicado a administrar el mini super del barrio y cuidar de su familia. Sean Devine (Kevin Bacon) es un inspector de policía, recién abandonado por su esposa embarazada. Dave Boyle (Tim Robbins) es un padre devoto, pero el trauma sufrido pesa cada vez más, bajo la mirada alarmada de su nerviosa esposa (Marcia Gay Harden). Un repentino asesinato le quita la vida a uno de sus hijos, y los vuelve a unir con consecuencias desastrosas.

El guión de Brian Helgeland, basado en una novela de Denis Lehane, adopta la estructura del melodrama policíaco. Hay pistas desperdigadas en el camino para que los espectadores más perceptivos conecten las piezas del misterioso rompecabezas. Sin embargo, lo que hace trascender a Mystic River está en su preocupación por iluminar la naturaleza de sus personajes, y los efectos que la violencia —sufrida o infringida— tiene sobre ellos.

Las decisiones que toman bajo equívocos circunstanciales surgen orgánicas de sus experiencias y valores. Así, la trama se aparta de las expectativas del género y adopta la textura de la vida misma. Puede intuir el desenlace, pero igual éste llega con la contundencia y resonancia de una tragedia griega. La fuerza no esta en la sorpresa, sino en la realización de que no hay otro desenlace posible. Cada personaje recibe lo que instintivamente busca, mientras escriben para sí mismos la única historia que pueden vivir.

Eastwood es el director ideal para este material. Su estilo, austero y directo, conecta con el ambiente proletario de sus personajes. Sin llamar la atención sobre sí misma, su cámara observa impasible, cómo el ojo de un Dios compasivo pero impotente. En este medio, el impecable reparto brilla. Las actuaciones proyectan una intensa sensación de intimidad, hasta el punto que a ratos, se experimenta la incomodidad del testigo involuntario de los momentos mas privados de un desconocido.

Sean Penn logra lo imposible y supera su triunfo de 21 Grams. Tim Robbins, en una escalofriante transformación física, se mueve como un niño destrozado, atrapado en el cuerpo de un adulto. Marcia Gay Harden destila temblorosa inseguridad, mientras Laura Linney cierra con broche de oro, en una escena que haría sonrojar a Lady Macbeth.

La conexión con 21 Grams va mas allá de la incandescente presencia de Penn. Ambas películas se dedican a preocupaciones existencialistas, la influencia del azar en la vida, la violencia y la familia, y la descendencia como tabla de salvación y medio para heredar demonios personales. Esta obra maestra de Clint Eastwood tiene la ventaja de ser más accesible que el kaleidoscópico drama de Alejandro González Iñarritu. En lo que se está perfilando cómo un año de buen cine, Mystic River se impone como una de las mejores. No se la pierda.

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