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Tragedia
Americana
Juan Carlos Ampié
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Robbins, Penn y
Gay Harden: tres merecidas nominaciones
al Oscar en "Mystic River" |
Tres niños juegan en la
calle de un vecindario proletario de la ciudad de Boston.
Dos abusadores, pretendiendo ser policías, secuestran
a uno de ellos y lo someten a una espeluznante jornada
de abuso sexual. Este terrible incidente – sugerido,
no mostrado – marca el curso de Mystic River,
película que consagra a Clint Eastwood como uno
de los mejores directores norteamericanos del momento.
Los niños son hombres cuando
volvemos a encontrarlos. Siguen siendo vecinos, pero
la vida —y el recuerdo de ese día aciago—
los ha separado por caminos diferentes: Jimmy Marcus
(Sean Penn) es un ex convicto reformado, dedicado a
administrar el mini super del barrio y cuidar de su
familia. Sean Devine (Kevin Bacon) es un inspector de
policía, recién abandonado por su esposa
embarazada. Dave Boyle (Tim Robbins) es un padre devoto,
pero el trauma sufrido pesa cada vez más, bajo
la mirada alarmada de su nerviosa esposa (Marcia Gay
Harden). Un repentino asesinato le quita la vida a uno
de sus hijos, y los vuelve a unir con consecuencias
desastrosas.
El guión de Brian Helgeland,
basado en una novela de Denis Lehane, adopta la estructura
del melodrama policíaco. Hay pistas desperdigadas
en el camino para que los espectadores más perceptivos
conecten las piezas del misterioso rompecabezas. Sin
embargo, lo que hace trascender a Mystic River
está en su preocupación por iluminar la
naturaleza de sus personajes, y los efectos que la violencia
—sufrida o infringida— tiene sobre ellos.
Las decisiones que toman bajo equívocos
circunstanciales surgen orgánicas de sus experiencias
y valores. Así, la trama se aparta de las expectativas
del género y adopta la textura de la vida misma.
Puede intuir el desenlace, pero igual éste llega
con la contundencia y resonancia de una tragedia griega.
La fuerza no esta en la sorpresa, sino en la realización
de que no hay otro desenlace posible. Cada personaje
recibe lo que instintivamente busca, mientras escriben
para sí mismos la única historia que pueden
vivir.
Eastwood es el director ideal
para este material. Su estilo, austero y directo, conecta
con el ambiente proletario de sus personajes. Sin llamar
la atención sobre sí misma, su cámara
observa impasible, cómo el ojo de un Dios compasivo
pero impotente. En este medio, el impecable reparto
brilla. Las actuaciones proyectan una intensa sensación
de intimidad, hasta el punto que a ratos, se experimenta
la incomodidad del testigo involuntario de los momentos
mas privados de un desconocido.
Sean Penn logra lo imposible y
supera su triunfo de 21 Grams. Tim Robbins,
en una escalofriante transformación física,
se mueve como un niño destrozado, atrapado en
el cuerpo de un adulto. Marcia Gay Harden destila temblorosa
inseguridad, mientras Laura Linney cierra con broche
de oro, en una escena que haría sonrojar a Lady
Macbeth.
La conexión con 21 Grams
va mas allá de la incandescente presencia de
Penn. Ambas películas se dedican a preocupaciones
existencialistas, la influencia del azar en la vida,
la violencia y la familia, y la descendencia como tabla
de salvación y medio para heredar demonios personales.
Esta obra maestra de Clint Eastwood tiene la ventaja
de ser más accesible que el kaleidoscópico
drama de Alejandro González Iñarritu.
En lo que se está perfilando cómo un año
de buen cine, Mystic River se impone como una
de las mejores. No se la pierda.
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