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Sobre el poder y
el ejercicio del poder
Leonardo Boff
Las discusiones sobre el poder
son interminables. El poder coincide con el ser, pero
ambos son indefinibles, porque necesitamos primero ser
y poder, para poder después definir el ser y
el poder. No obstante este límite intríseco,
después de treinta años de estudio y meditación
que culminaron en mi libro prohibido “Iglesia:
carisma y poder, veo tres puntos axiales”.
1. El poder no es una cosa sino
una relación. Poder no es en primer lugar el
Estado ni la policía ni el sistema económico.
Es una relación entre las personas y las cosas.
Todos somos portadores de poder en la medida en que
todos nos encontramos envueltos en relaciones, que se
influencian mutuamente. Poder es entonces sinónimo
de participación. Como tal, se encuentra difuso
en el cuerpo social y en las instituciones. La sociedad,
entendida como el conjunto de las relaciones, es la
portadora originaria del poder. Éste no está
sobre ella ni fuera de ella, está siempre dentro
de la sociedad, y existe en razón de ella.
2. El poder es una instancia de
dirección. En la sociedad hay muchos poderes,
que se articulan, se oponen o hacen alianzas entre sí.
Es el juego de los intereses y de los poderes. Para
asegurar una unidad mínima de la sociedad de
cara a propósitos comunes, se necesita una instancia
de coor! dinación y de dirección. El poder
difuso se concretiza aquí en un foco determinado
llamado gobierno o grupo directivo. Cada grupo, a medida
que se institucionaliza y adquiere cohesión interna,
necesita un polo de animación y coordinación.
El poder adquiere así visibilidad. No deja de
ser una relación, pero es una relación
formalizada y estabilizada.
3. El poder histórico está
habitado por un demonio. Aunque haya surgido como función
de coordinación de la sociedad, el poder posee
un irrefrenable dinamismo de expansión y de autoaseguración.
El poder quiere siempre más poder. De lo contrario,
pierde poder hasta dejar de ser poder. Debido a esta
lógica, el poder tiende a aliarse a otros poderes
o a absorberlos. Se distancia así de su fuente,
la sociedad, superponiéndose a ella. Hobbes,
teórico del poder del Estado, constató
en su famoso Leviatán: “Como tendencia
general de todos los hombres, destaco un perpetuo e
impaciente deseo de poder y de más poder, que
solamente cesa con la muerte. Y esto no se debe al mayor
placer que se espera sino al hecho de que el poder no
puede garantizarse sino buscando aún más
poder.”
Recordemos que Adler rompió
con Freud por considerar el poder, y no el placer, la
pulsión central de la psique. Como el poder es
ante todo una práctica, es importante analizarla
con detalle. El poder no se define, se ejerce. Podemos
distinguir tres formas de ejercicio del poder.
1. El poder del puño. Es
el poder autoritario, concentrado en una sola mano,
cerrada, y por eso mismo, no participativo y excluyente.
Pone bajo censura las opiniones divergentes, castiga
las contestaciones, desconfía de los ciudadanos,
gobierna infundiendo miedo. La única relación
que admite es la adhesión acrítica y el
servilismo. Los regímenes dictatoriales y los
empresarios-coroneles corporifican el poder del puño.
2. El poder de manos abiertas.
Es el poder paternalista. Quien posee el poder lo delega
a otros con la condición de mantener el control
y la hegemonía. La mano abierta es para dar palmaditas!
en la espalda facilitando así la adhesión.
Las organizaciones populares y los sindicatos son hasta
incentivados con tal que no tengan proyecto propio y
acepten engancharse al proyecto de los grupos dominantes
o del estado centralizador.
3. El poder de manos entrelazadas.
Es el poder participativo y solidario, representado
por las manos que se entrelazan para reforzarse entre
sí y asumir juntas la corresponsabilidad social.
El proyecto, su implementación y sus resultados
son asumidos por todos. Las organizaciones son autónomas,
pero se relacionan libremente con otras, en red, para
alcanzar objetivos comunes. Es un poder que sirve a
la sociedad en lugar de servirse de la sociedad para
otros fines. Es el poder pretendido por la democracia.
Solamente este poder posee tenor ético, y sólo
a él puede llamársele autoridad. El poder
se usa para potenciar el poder de todos. Es el poder-servicio,
instrumento de las transformaciones necesarias.
Para imponer límites
al demonio que habita el poder (que siempre quiere más
poder) se hacen imprescindibles algunas medidas sanadoras.
Destaco las principales.
Todo poder debe estar sujeto
a un control, normalmente regido por el ordenamiento
jurídico, con vistas al bien común. Debe
venir por delegación, es decir, debe pasar por
procedimientos de elección de los dirigentes
que representan a la sociedad. Debe haber división
de poderes, para que uno limite al otro. Debe haber
rotación en los puestos de poder para evitar
el nepotismo y el mandarinismo. El poder debe aceptar
la crítica externa, someterse a un rendimiento
de cuentas y a la evaluación del desempeño
de quienes lo ejercen. El poder vigente debe reconocer
y convivir con un contrapoder que le obliga a ser transparente
o a verse sustituido por él. El poder verdadero
es el que refuerza el poder de la sociedad y así
propicia la participación de todos. Los portadores
de poder nunca deben olvidar el carácter simbólico
de su cargo. Los ciudadanos depositan en él sus
ideales de justicia, equidad e integridad ética.
Por eso deben vivir privada y públicamente los
valores que representan para todos. Cuando no existe
esa coherencia, la sociedad se siente traicionada y
engañada.
Quien ambiciona excesivamente
el poder es el menos indicado para ejercerlo. Bien decía
san Gregorio Magno, papa y alcalde de Roma: «Usa
sabiamente el poder quien sabe gestionarlo y al mismo
tiempo sabe resistírsele».
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