SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 8• EDICION No. 378• DEL 29 DE FEBRERO AL 06 DE MARZO 2004
COLUMNISTA INVITADO

Sobre el poder y
el ejercicio del poder

Leonardo Boff

Las discusiones sobre el poder son interminables. El poder coincide con el ser, pero ambos son indefinibles, porque necesitamos primero ser y poder, para poder después definir el ser y el poder. No obstante este límite intríseco, después de treinta años de estudio y meditación que culminaron en mi libro prohibido “Iglesia: carisma y poder, veo tres puntos axiales”.

1. El poder no es una cosa sino una relación. Poder no es en primer lugar el Estado ni la policía ni el sistema económico. Es una relación entre las personas y las cosas. Todos somos portadores de poder en la medida en que todos nos encontramos envueltos en relaciones, que se influencian mutuamente. Poder es entonces sinónimo de participación. Como tal, se encuentra difuso en el cuerpo social y en las instituciones. La sociedad, entendida como el conjunto de las relaciones, es la portadora originaria del poder. Éste no está sobre ella ni fuera de ella, está siempre dentro de la sociedad, y existe en razón de ella.

2. El poder es una instancia de dirección. En la sociedad hay muchos poderes, que se articulan, se oponen o hacen alianzas entre sí. Es el juego de los intereses y de los poderes. Para asegurar una unidad mínima de la sociedad de cara a propósitos comunes, se necesita una instancia de coor! dinación y de dirección. El poder difuso se concretiza aquí en un foco determinado llamado gobierno o grupo directivo. Cada grupo, a medida que se institucionaliza y adquiere cohesión interna, necesita un polo de animación y coordinación. El poder adquiere así visibilidad. No deja de ser una relación, pero es una relación formalizada y estabilizada.

3. El poder histórico está habitado por un demonio. Aunque haya surgido como función de coordinación de la sociedad, el poder posee un irrefrenable dinamismo de expansión y de autoaseguración. El poder quiere siempre más poder. De lo contrario, pierde poder hasta dejar de ser poder. Debido a esta lógica, el poder tiende a aliarse a otros poderes o a absorberlos. Se distancia así de su fuente, la sociedad, superponiéndose a ella. Hobbes, teórico del poder del Estado, constató en su famoso Leviatán: “Como tendencia general de todos los hombres, destaco un perpetuo e impaciente deseo de poder y de más poder, que solamente cesa con la muerte. Y esto no se debe al mayor placer que se espera sino al hecho de que el poder no puede garantizarse sino buscando aún más poder.”

Recordemos que Adler rompió con Freud por considerar el poder, y no el placer, la pulsión central de la psique. Como el poder es ante todo una práctica, es importante analizarla con detalle. El poder no se define, se ejerce. Podemos distinguir tres formas de ejercicio del poder.

1. El poder del puño. Es el poder autoritario, concentrado en una sola mano, cerrada, y por eso mismo, no participativo y excluyente. Pone bajo censura las opiniones divergentes, castiga las contestaciones, desconfía de los ciudadanos, gobierna infundiendo miedo. La única relación que admite es la adhesión acrítica y el servilismo. Los regímenes dictatoriales y los empresarios-coroneles corporifican el poder del puño.

2. El poder de manos abiertas. Es el poder paternalista. Quien posee el poder lo delega a otros con la condición de mantener el control y la hegemonía. La mano abierta es para dar palmaditas! en la espalda facilitando así la adhesión. Las organizaciones populares y los sindicatos son hasta incentivados con tal que no tengan proyecto propio y acepten engancharse al proyecto de los grupos dominantes o del estado centralizador.

3. El poder de manos entrelazadas. Es el poder participativo y solidario, representado por las manos que se entrelazan para reforzarse entre sí y asumir juntas la corresponsabilidad social. El proyecto, su implementación y sus resultados son asumidos por todos. Las organizaciones son autónomas, pero se relacionan libremente con otras, en red, para alcanzar objetivos comunes. Es un poder que sirve a la sociedad en lugar de servirse de la sociedad para otros fines. Es el poder pretendido por la democracia. Solamente este poder posee tenor ético, y sólo a él puede llamársele autoridad. El poder se usa para potenciar el poder de todos. Es el poder-servicio, instrumento de las transformaciones necesarias.

Para imponer límites al demonio que habita el poder (que siempre quiere más poder) se hacen imprescindibles algunas medidas sanadoras. Destaco las principales.

Todo poder debe estar sujeto a un control, normalmente regido por el ordenamiento jurídico, con vistas al bien común. Debe venir por delegación, es decir, debe pasar por procedimientos de elección de los dirigentes que representan a la sociedad. Debe haber división de poderes, para que uno limite al otro. Debe haber rotación en los puestos de poder para evitar el nepotismo y el mandarinismo. El poder debe aceptar la crítica externa, someterse a un rendimiento de cuentas y a la evaluación del desempeño de quienes lo ejercen. El poder vigente debe reconocer y convivir con un contrapoder que le obliga a ser transparente o a verse sustituido por él. El poder verdadero es el que refuerza el poder de la sociedad y así propicia la participación de todos. Los portadores de poder nunca deben olvidar el carácter simbólico de su cargo. Los ciudadanos depositan en él sus ideales de justicia, equidad e integridad ética. Por eso deben vivir privada y públicamente los valores que representan para todos. Cuando no existe esa coherencia, la sociedad se siente traicionada y engañada.

Quien ambiciona excesivamente el poder es el menos indicado para ejercerlo. Bien decía san Gregorio Magno, papa y alcalde de Roma: «Usa sabiamente el poder quien sabe gestionarlo y al mismo tiempo sabe resistírsele».