SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 8• EDICION No. 377• DEL 22 AL 28 DE FEBRERO 2004
ANALISIS

Raíces de la violencia
en la frontera agrícola

René Mendoza V*

   

Muerte, casas y bosque quemados, desalojo, clamor, hechos que son noticia de tiempo en tiempo. ¿Qué ocasiona todo esto? “El avance de la frontera agrícola”. ¿Qué lo determina? Se dice que los campesinos, la pobreza, los madereros, el factor hamburger connection, políticos apostando a ser el granero de Centroamérica, no demarcación de territorios indígenas, agricultura extensiva. Esta lista se desprende del concepto Frontera Agrícola. Sus supuestos.

Se asume que desarrollo es la naturaleza domesticada por la humanidad, que el bosque es un producto natural y la agricultura un resultado humano, bosque que “no vale” pero cultivado “vale”. Esa agri-cultura revela a la civilización, la mestiza, por lo tanto es agricultura mestiza con sus propios símbolos (una área delimitada con cerco o mojones, empastada o con milpa, con casa y familia en ella) y tipo de propiedad: tierra “con dueño”.

Nótese, el bosque y las musáceas entre árboles con tecnología distinta a la mestiza no es visto como resultado humano, no es agricultura, es “tierra de nadie” que para el bien del país – se dice – debe ser incorporada al desarrollo sobre la base de quien llega primero se sirve primero. Ese que llega primero debe ser Nicaragüense (mestizo = Nicaragua = mestizo) revelado en El Mito de la Nicaragua Mestiza (J. Gould) o el Estado declarando Área de Reserva.

El problema está en que mestizos e indígenas se miran en el espejo de ese concepto de frontera agrícola, coinciden en la misma imagen y se ven como “enemigos”. De ese concepto se desprenden también las políticas y proyectos. Notemos la siguiente discusión. Un mestizo: “ustedes los indígenas no pueden decir que esta tierra es suya si solo vienen a ella a buscar guardatinajas”; un indígena: “estas tierras son nuestras porque aquí vivieron nuestros ancestros”, “nosotros protegemos al bosque”, “Nicaragua debe ayudarnos”.

Aquí los indígenas no ven al bosque como su producto, ni su agricultura con símbolos propios, agarran el discurso ambientalista y no se sienten de Nicaragua. Es un concepto profundamente institucionalizado en el país y en las organizaciones internacionales con presencia en el país, con gravísimos efectos agregados: violencia sistemática, miseria, deforestación e imposición ya no de la humanidad sobre la naturaleza sino de una cultura sobre otras.

¿Cómo reconstruir este concepto racista y parcial por una que revele la experiencia de la región? Primero, entenderla desde la economía política. Los recursos naturales son los recursos fundamentales de la región, a cuyo alrededor giran los actores, empresas e instituciones. Unos lo ven como madera, secuestro de carbono, fríjol y pasto, insumo de la industria farmacéutica, casa y alimento, oro, laboratorio científico ó paisaje turístico. Quien accede a esos recursos, y no quien es más eficiente, tiene renta económico. Pero, dada esa constelación de intereses contrapuestos, ese acceso está mediado por procesos violentos (expulsiones de familias y comunidades, negación de los poderes locales, concesiones mineras y madereras desde el gobierno central, declaración de Áreas de Reserva, y surgimiento de municipios por encima de territorios indígenas) constituyendo el primer eslabón de la cadena de propiedad y economía capitalista.

Segundo, acceso al mercado que requiere una cultura del comercio, negociación, capital de trabajo y conectes en el poder central. Claramente, en la frontera agrícola del país los productos campesino-mestizos y los productos indígenas tienen bajísimo valor, teniendo ambos grupos una inserción débil en las cadenas del comercio. En Prinzapolka una comunidad indígena vende en $6/m3 de caoba cuyo precio FOB está encima de $900/m3; en el Hormiguero-Siuna el fríjol está a $4/qq mientras en Managua en $30. Esta separación institucionalizada del comercio y la producción significa: más bajo es el valor de su producto, más presión sienten de tumbar bosque.

Tercero, la cadena de propiedad y de economía campesina-finquera-ganadera se mueve por el valor de la tierra que se encarece con la edad de la frontera agrícola y su accesibilidad. Un campesino de Yaoya-Siuna vende su tierra con la esperanza de conseguir más área y convertirse en finquero. Un pequeño ganadero de Mulukukú se mueve a Yaoya por más tierra para ampliar su ganado. Un mediano/grande ganadero consigue otra finca para alimentar su ganado en otras épocas. La política económica de los 90s (ESAF) y la política de pacificación (“armas por tierra”) recrudecieron este “efecto dominó”.

Finalmente, la frontera agrícola significa choque de culturas entre Miskitos, Mayangnas, Creóles, Garífonas, Ramas, Mestizos, Chinos... Es necesario entender estas culturas, ilustremos la Miskita-Mayangna. Su filosofía y organización gira alrededor del bosque. Forest-cultura. Sus ingresos (por madera, hule y chicle), su alimento (caza y pesca) y sus casas-bote provienen del bosque. Ellos son hijos del Wabul (comida hecho a base de plátano y/o pejibaye), mientras los mestizos son hijos del Maíz. Ese bosque por su constante intervención (población, movilidad de sus asentamientos, extracción, uso del fuego) es un producto fundamentalmente indígena. Son territorios “con dueños”, demarcados con símbolos naturales (ríos, cerros, lagunas), de régimen comunal y dentro de ella tienen parcelas individuales. Cuando el poder del pacífico amenaza su bosque (vía concesiones, Reservas o ESAF) mina el fundamento de su vida y la base de la Nicaragua multicultural.

* Investigador Nitlapan-UCA