SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 8• EDICION No. 376• DEL 15 AL 21 DE FEBRERO 2004
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Cárcel de Dios

Juan Carlos Ampié

Luis Carlos Vasconcelos: Doctor Compasión sin pasión  

Brasil. Un extenso grupo de personajes vive entre el crimen, la droga y la pobreza, en una película basada en una novela testimonial. Suena como Ciudad de Dios, pero en realidad se trata de Carandirú, que para bien y para mal, tiene su sino conectado al galvanizante drama criminal de Fernando Meirelles y Katia Lund. Las comparaciones son ingratas, pero las similitudes de procedencia y temática —y la cercanía en el tiempo— hacen imposible ignorarlas. Y en la comparación, la nueva película de Hector Babenco sale perdiendo.

No por falta de experiencia. Babenco conoce bien el bajo mundo. Pixote (1981), su retrato de un menor transgresor, lo puso en el radar de Hollywood. Kiss of the Spider Woman (1985), sobre la relación de un prisionero político y su compañero de celda homosexual, le hace acreedor de una nominación al Oscar.

Carandirú nos encierra en la rutina de la prisión más grande de latinoamerica, asentada en los suburbios de Sao Paulo. La cárcel está diseñada para alojar 4,000 personas, pero concentra a 7,000 criminales.

Un anónimo Doctor (Luis Carlos Vasconcelos), que llega como parte de un programa de prevención de SIDA, sirve de interlocutor de la audiencia a la hora de conocer a algunos de sus habitantes: Majestad (Ailton Graca), carismático narcotraficante que reparte sus días de visita entre sus dos mujeres; Lady Di (Rodrigo Santoro), transexual con el dudoso record de haber tenido 2,000 relaciones en prisión; Zico (Wagner Moura) y Deusdete (Caio Blat), dos amigos de infancia con una tensa relación por un problema de adicción.

Hay aún más presos con algo que contar, y todos los hacen en flashbacks que explican cómo fueron a dar con sus huesos a Carandirú. Algunas historias son genuinamente efectivas, sin embargo, la película se apropia de una estructura episódica que pudo haber funcionado en la novela original, pero que en pantalla se siente demasiado esquemática. La constricción aumenta por el estilo visual de Babenco, austero y conservador. Es un contraste marcado con la cámara hiperkinética de Ciudad de Dios.

Rodrigo Santoro: de galán de telenovela a novia de prisión  

Al menos, Babenco beneficia a sus actores. Ailton Graça parece una versión carioca de Denzel Washington, con el carisma del mismo calibre. Santoro trabaja dignamente un papel truculento, irreconocible en comparación a su personaje en la reciente Love Actually —como Kurt, el inalcanzable objeto del deseo de Laura Linney—. El único fallo del reparto es endémico al guión: el personaje del Doctor es menos que un representante del espectador, anulado en su mansedumbre. Es más prometedor Pires (Antonio Grassi), el director de la prisión, desperdiciado en breves apariciones.

Esa neutralidad malograda separa a Carandirú de la superior Ciudad de Dios. En busca de un ideal de compasión, la película pierde la pasión, el pulso vital. Carandirú queda inerte, abriendo y cerrando capítulos, con eficiencia sin consecuencia. Peor aún, el tono humanista de su discurso cae en el didacticismo —especialmente cuando discursea sobre la transmisión del SIDA. Esos momentos serán muy útiles cuando se presente en prisiones alrededor del mundo, pero en las salas de cine pobladas por ciudadanos libres bien informados, se leen cómo un panfleto regañón. Para cuando llega el desenlace —un apocalíptico motín— , la impresionante tragedia se presenta como otro capítulo mundano en una larga y triste historia.

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