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Cárcel
de Dios
Juan Carlos Ampié
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| Luis Carlos Vasconcelos:
Doctor Compasión sin pasión |
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Brasil. Un extenso grupo de personajes
vive entre el crimen, la droga y la pobreza, en una
película basada en una novela testimonial. Suena
como Ciudad de Dios, pero en realidad se trata de Carandirú,
que para bien y para mal, tiene su sino conectado al
galvanizante drama criminal de Fernando Meirelles y
Katia Lund. Las comparaciones son ingratas, pero las
similitudes de procedencia y temática —y
la cercanía en el tiempo— hacen imposible
ignorarlas. Y en la comparación, la nueva película
de Hector Babenco sale perdiendo.
No por falta de experiencia. Babenco
conoce bien el bajo mundo. Pixote (1981), su retrato
de un menor transgresor, lo puso en el radar de Hollywood.
Kiss of the Spider Woman (1985), sobre la relación
de un prisionero político y su compañero
de celda homosexual, le hace acreedor de una nominación
al Oscar.
Carandirú nos encierra en
la rutina de la prisión más grande de
latinoamerica, asentada en los suburbios de Sao Paulo.
La cárcel está diseñada para alojar
4,000 personas, pero concentra a 7,000 criminales.
Un anónimo Doctor (Luis
Carlos Vasconcelos), que llega como parte de un programa
de prevención de SIDA, sirve de interlocutor
de la audiencia a la hora de conocer a algunos de sus
habitantes: Majestad (Ailton Graca), carismático
narcotraficante que reparte sus días de visita
entre sus dos mujeres; Lady Di (Rodrigo Santoro), transexual
con el dudoso record de haber tenido 2,000 relaciones
en prisión; Zico (Wagner Moura) y Deusdete (Caio
Blat), dos amigos de infancia con una tensa relación
por un problema de adicción.
Hay aún más presos
con algo que contar, y todos los hacen en flashbacks
que explican cómo fueron a dar con sus huesos
a Carandirú. Algunas historias son genuinamente
efectivas, sin embargo, la película se apropia
de una estructura episódica que pudo haber funcionado
en la novela original, pero que en pantalla se siente
demasiado esquemática. La constricción
aumenta por el estilo visual de Babenco, austero y conservador.
Es un contraste marcado con la cámara hiperkinética
de Ciudad de Dios.
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| Rodrigo Santoro:
de galán de telenovela a novia de prisión |
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Al menos, Babenco beneficia a sus
actores. Ailton Graça parece una versión
carioca de Denzel Washington, con el carisma del mismo
calibre. Santoro trabaja dignamente un papel truculento,
irreconocible en comparación a su personaje en
la reciente Love Actually —como Kurt, el inalcanzable
objeto del deseo de Laura Linney—. El único
fallo del reparto es endémico al guión:
el personaje del Doctor es menos que un representante
del espectador, anulado en su mansedumbre. Es más
prometedor Pires (Antonio Grassi), el director de la
prisión, desperdiciado en breves apariciones.
Esa neutralidad malograda separa
a Carandirú de la superior Ciudad de Dios. En
busca de un ideal de compasión, la película
pierde la pasión, el pulso vital. Carandirú
queda inerte, abriendo y cerrando capítulos,
con eficiencia sin consecuencia. Peor aún, el
tono humanista de su discurso cae en el didacticismo
—especialmente cuando discursea sobre la transmisión
del SIDA. Esos momentos serán muy útiles
cuando se presente en prisiones alrededor del mundo,
pero en las salas de cine pobladas por ciudadanos libres
bien informados, se leen cómo un panfleto regañón.
Para cuando llega el desenlace —un apocalíptico
motín— , la impresionante tragedia se presenta
como otro capítulo mundano en una larga y triste
historia.
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