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El próximo shock para Iraq
La aventura iraquí del Presidente
Bush ha estado caracterizada por fracasos repetidos,
con una excepción: la “victoria”
militar propiamente dicha, que cada vez parece más
pírrica. Se han encontrado escasos rastros de
armas de destrucción en gran escala y, según
David Kay, jefe de los inspectores de armas de los Estados
Unidos, o no existieron los arsenales o fueron destruidos
hace años. Así, pues, Bush se limitó
a pasar por alto los datos, recogidos por los inspectores
de las Naciones Unidas, dirigidos por Hans Blix, y parece
que las pruebas en que basó su argumentación
en pro de la guerra fueron en gran medida inventadas.
Peor aún: ahora está
claro que Bush nunca tuvo un plan para la posguerra.
En lugar de paz y democracia, la situación en
el Iraq sigue siendo tan peligrosa, que Paul Bremer,
el dirigente de la ocupación americana, está
aduciendo la inestabilidad como argumento para no celebrar
elecciones democráticas en este año.
Ahora todo el mundo conviene en
que la tarea más importante –además
de la creación de un Estado democrático
y del restablecimiento de la seguridad- es la reconstrucción
de la economía. Sin embargo, el gobierno de Bush,
cegado por su ideología, parece decidido a continuar
con su ejecutoria de fracasos funestos haciendo caso
omiso de la experiencia pasada.
Cuando cayó el muro de Berlín,
los países de la Europa oriental y la antigua
Unión Soviética iniciaron transiciones
a la economía de mercado, con acalorados debates
sobre cómo se debía hacerlas. Una opción
era la terapia de choque –rápida privatización
de los activos de propiedad estatal y liberalización
abrupta del comercio, los precios y las corrientes de
capitales-, mientras que la otra era la liberalización
gradual del mercado para permitir al mismo tiempo el
establecimiento del Estado de derecho.
Hoy existe un amplio consenso en
cuanto a que la terapia de choque, al menos en el nivel
de las reformas microeconómicas fracasó
y los países que adoptaron el planteamiento gradual
de la privatización y la reconstrucción
de la infraestructura institucional (Hungría,
Polonia y Eslovenia) lograron transiciones mucho mejores
que los que intentaron saltar a una economía
de laissez-faire. En los países en los que se
aplicó la terapia de choque los ingresos se desplomaron
y la pobreza aumentó. Los indicadores sociales,
como, por ejemplo, la esperanza de vida, reflejaron
las deprimentes cifras del PIB.
Más de un decenio después
del comienzo de la transición, muchos países
poscomunistas ni siquiera han recuperado los niveles
de ingresos anteriores a la transición. Peor
aún: el pronóstico sobre el establecimiento
de una democracia estable y el Estado de derecho en
la mayoría de los países que aplicaron
la terapia de choque parece sombrío.
Esos antecedentes indican que,
antes de volver a aplicar la terapia de choque, hay
que pensárselo dos veces, pero el gobierno de
Bush, apoyado por unos pocos iraquíes elegidos
a dedo, está impulsando al Iraq hacia una forma
aún más radical de terapia de choque que
la aplicada en el antiguo mundo soviético. De
hecho, los partidarios de la terapia de choque sostienen
que sus fracasos no se debieron a una excesiva rapidez
–demasiado choque y no suficiente terapia-, sino
a un choque insuficiente, conque ya pueden prepararse
los iraquíes para una dosis aún más
brutal.
Naturalmente, hay semejanzas y
diferencias entre los antiguos países comunistas
e Iraq. En los dos casos, las economías estaban
totalmente debilitadas antes de desplomarse, pero la
guerra del Golfo y las sanciones debilitaron la economía
del Iraq mucho más que el comunismo a la URSS.
Además, si bien Rusia e
Iraq dependen en gran medida de los recursos naturales,
al menos Rusia tenía capacidades demostradas
en algunos otros sectores. Rusia tenía una fuerza
laboral muy instruida, con capacidades tecnológicas
avanzadas; Iraq es un país en desarrollo.
Pero la situación geográfica
de Iraq lo coloca en clara desventaja en comparación
con Rusia y muchos Estados poscomunistas: ninguno de
los vecinos de Iraq tiene una situación económica
particularmente boyante, mientras que muchos países
poscomunistas eran los vecinos inmediatos de la Unión
Europea durante el auge del decenio de 1990. Lo más
importante es que la inestabilidad permanente en el
Oriente Medio disuadirá a la inversión
extranjera (exceptuado el sector petrolero).
Esos factores, junto con la ocupación
actual, hacen que la privatización rápida
resulte particularmente problemática. Los bajos
precios que probablemente alcanzarán los activos
privatizados darán una sensación de liquidación
ilegítima impuesta al país por los ocupantes
y sus colaboradores.
Sin legitimidad, cualquier comprador
estará preocupado por la seguridad de sus derechos
de propiedad, lo que contribuirá a que los precios
resulten aún más bajos. Además,
quienes compren activos privatizados pueden mostrarse
reacios a invertir en ellos; puede que sus actividades
vayan más encaminadas a desprenderse de los activos
que a la creación de riqueza.
Si las perspectivas de Iraq son
tan sombrías como indica mi análisis,
es probable que cualquier contribución al esfuerzo
de reconstrucción impulsado por Estados Unidos
equivalga a poco más que dinero tirado por el
sumidero. Eso no significa que el mundo deba abandonar
a Iraq. Pero la comunidad internacional debe dedicar
su dinero a causas humanitarias, como, por ejemplo,
hospitales y escuelas, y no a respaldar los propósitos
americanos.
El sueño de los invasores
americanos en Iraq era crear un Oriente Medio estable,
próspero y democrático, pero el programa
económico de los Estados Unidos para la reconstrucción
de Iraq está poniendo los cimientos para la pobreza
y el caos.
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