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Método
en el Caos
Juan Carlos Ampié
El ser humano vive hambriento de
estructura: medimos el paso del tiempo; hacemos historias
de nuestra vida para encontrar sentido, causa y efecto,
razones y justificaciones. Por eso, los clichés
son tan efectivos y prevalecientes. En un mundo impredecible,
lo predecible se siente como una bendición. Algunos
artistas, en afán de ser más honestos
con la realidad, tratan de arrancar esa alfombra debajo
de nuestros pies para hacernos perder el balance y enfrentarnos
con el caos.
Eso es lo que intenta el director
mejicano Alejandro González Iñarritu,
en 21 Grams, donde un trágico accidente de tráfico
conecta las vidas de tres personajes: Paul Rivers (Sean
Penn), un matemático en lista de espera para
un transplante de corazón; Cristina Peck (Naomi
Watts), una ex drogadicta redimida por el amor de su
esposo e hijas; y Jack Jordan (Benicio del Toro), un
ex convicto ferozmente convertido al cristianismo. Es
una buena medida de la efectividad de la película
el hecho que espectadores y críticos protegen
por igual los detalles de la trama. Hay un acuerdo tácito
de que la experiencia debe vivirse de primera mano.
Subvertir el orden lineal de una
historia, saltando en el tiempo y el espacio, se ha
vuelto un recurso común —The Hours (Stephen
Daldry, 2002) y Kill Bill, Vol. 1 (Quentin Tarantino,
2003) son dos ejemplos recientes—. El mismo González
lo utilizó en Amores Perros (2000). Todas esas
películas cambiaban el orden de virtuales capítulos
enteros, que permitían reconstruir la narrativa
con relativa facilidad. 21 gramos se divide a un nivel
más micro, barajando unidades de tiempo más
breves. Aisladas del contexto narrativo lineal, las
escenas adquieren una suerte de sobrecarga de significado
y emoción. Los momentos mundanos asumen un tono
de elegía, los episodios violentos potencian
su fuerza por la literalidad. Con el tiempo entrará
en sintonía con el ritmo y sentido de la película,
pero el resultado es una experiencia intensa y agotadora
a la vez.
Visualmente, el film adopta un
tono pseudo-documental —cámara a mano,
fotografía saturada— . El resultado añade
intimidad y un barniz de realismo a las excelentes actuaciones
del reparto. Sean Penn ha sido reconocido como el mejor
actor de su generación, ahora puede ver porqué.
La australiana Naomi Watts (Mulholland Drive) y el puertoriqueño-americano
Benicio del Toro (Traffic) justifican con creces las
sendas nominaciones al Oscar que se han acreditado.
En papeles breves, Melissa Leo y Charlotte Gainsbourg
trabajan al mismo calibre que los protagonistas.
Mas allá del motivo recurrente
del accidente de tráfico, la narrativa fragmentada
y el tratamiento visual, esta producción supone
una progresión natural para Iñarritu y
su guionista, Guillermo Arriaga. El dúo mejicano
se las ha arreglado para trabajar en Hollywood, preservando
intacta su integridad. Más que figuras taquilleras,
sus estrellas son excelentes actores. El idioma inglés
es, para bien o para mal, el Esperanto del siglo XXI.
Escenificada en una ciudad anónima del suroeste
de los Estados Unidos, la película carece de
la especificidad antropológica de Amores Perros,
pero gana en universalidad, que va más a tono
con sus preocupaciones existencialistas.
Cuando 21 Grams concluye, y todos
los puntos de esta suerte de película impresionista
se han conectado, el resultado puede sentirse menor
que la suma de sus partes. Esta historia de vida, muerte
y redención es más tradicional de lo que
aparenta mientras se refracta durante su metraje. En
ella puede leer tanto o tan poco como desee, en clave
de fatalismo o reconfortante aceptación. Lo que
no puede negarse es que es una de las mejores películas
del año. No se la pierda.
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