SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 8• EDICION No. 375• DEL 8 AL 14 DE FEBRERO 2004
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Método en el Caos

Juan Carlos Ampié

   

El ser humano vive hambriento de estructura: medimos el paso del tiempo; hacemos historias de nuestra vida para encontrar sentido, causa y efecto, razones y justificaciones. Por eso, los clichés son tan efectivos y prevalecientes. En un mundo impredecible, lo predecible se siente como una bendición. Algunos artistas, en afán de ser más honestos con la realidad, tratan de arrancar esa alfombra debajo de nuestros pies para hacernos perder el balance y enfrentarnos con el caos.

Eso es lo que intenta el director mejicano Alejandro González Iñarritu, en 21 Grams, donde un trágico accidente de tráfico conecta las vidas de tres personajes: Paul Rivers (Sean Penn), un matemático en lista de espera para un transplante de corazón; Cristina Peck (Naomi Watts), una ex drogadicta redimida por el amor de su esposo e hijas; y Jack Jordan (Benicio del Toro), un ex convicto ferozmente convertido al cristianismo. Es una buena medida de la efectividad de la película el hecho que espectadores y críticos protegen por igual los detalles de la trama. Hay un acuerdo tácito de que la experiencia debe vivirse de primera mano.

Subvertir el orden lineal de una historia, saltando en el tiempo y el espacio, se ha vuelto un recurso común —The Hours (Stephen Daldry, 2002) y Kill Bill, Vol. 1 (Quentin Tarantino, 2003) son dos ejemplos recientes—. El mismo González lo utilizó en Amores Perros (2000). Todas esas películas cambiaban el orden de virtuales capítulos enteros, que permitían reconstruir la narrativa con relativa facilidad. 21 gramos se divide a un nivel más micro, barajando unidades de tiempo más breves. Aisladas del contexto narrativo lineal, las escenas adquieren una suerte de sobrecarga de significado y emoción. Los momentos mundanos asumen un tono de elegía, los episodios violentos potencian su fuerza por la literalidad. Con el tiempo entrará en sintonía con el ritmo y sentido de la película, pero el resultado es una experiencia intensa y agotadora a la vez.

Visualmente, el film adopta un tono pseudo-documental —cámara a mano, fotografía saturada— . El resultado añade intimidad y un barniz de realismo a las excelentes actuaciones del reparto. Sean Penn ha sido reconocido como el mejor actor de su generación, ahora puede ver porqué. La australiana Naomi Watts (Mulholland Drive) y el puertoriqueño-americano Benicio del Toro (Traffic) justifican con creces las sendas nominaciones al Oscar que se han acreditado. En papeles breves, Melissa Leo y Charlotte Gainsbourg trabajan al mismo calibre que los protagonistas.

Mas allá del motivo recurrente del accidente de tráfico, la narrativa fragmentada y el tratamiento visual, esta producción supone una progresión natural para Iñarritu y su guionista, Guillermo Arriaga. El dúo mejicano se las ha arreglado para trabajar en Hollywood, preservando intacta su integridad. Más que figuras taquilleras, sus estrellas son excelentes actores. El idioma inglés es, para bien o para mal, el Esperanto del siglo XXI. Escenificada en una ciudad anónima del suroeste de los Estados Unidos, la película carece de la especificidad antropológica de Amores Perros, pero gana en universalidad, que va más a tono con sus preocupaciones existencialistas.

Cuando 21 Grams concluye, y todos los puntos de esta suerte de película impresionista se han conectado, el resultado puede sentirse menor que la suma de sus partes. Esta historia de vida, muerte y redención es más tradicional de lo que aparenta mientras se refracta durante su metraje. En ella puede leer tanto o tan poco como desee, en clave de fatalismo o reconfortante aceptación. Lo que no puede negarse es que es una de las mejores películas del año. No se la pierda.

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