|
La migración nos desnuda
Abelardo Morales G. *
Hemos dicho en varias oportunidades
que Costa Rica ha optado por una política migratoria
equivocada, ahora cada vez más injusta y con
rasgos despóticos. Eso se deriva de la traducción,
hecha por el Gobierno, de un problema social y económico
en un tema de seguridad nacional. Las doctrinas de seguridad
nacional, valga recordar, tuvieron en América
Latina funestas consecuencias, y su aplicación
en los asuntos migratorios ha convertido a la migración
en un delito y a los inmigrantes en delincuentes.
La migración no se ha frenado
sino que, muy por el contrario, se ha convertido en
una aventura cada vez más riesgosa y vulnerable
frente al incremento de las redes de tráfico
que han hecho de ella un negocio lucrativo donde traficantes
y policías se dan la mano.
Por eso preocupan los operativos
policiales como el ejecutado a tempranas horas del 30
de enero en la ciudadela La Carpio, así como
la presencia intimidatoria de la policía de migración
en varios lugares de reunión de los inmigrantes.
El de La Carpio fue un operativo “tipo ratonera”,
ejecutado deliberadamente a la hora en que obligadamente
hombres y mujeres salían de sus casas a trabajar.
Ese tipo de operativos, aunque se dijera que estaban
dirigidos al control de la violencia, infunde más
temor y crea un sentimiento de vulnerabilidad y de desprotección
entre los inmigrantes.
Sin duda que la acción policial
estaba dirigida en contra de los nicaragüenses.
Mientras reprime de esa manera,
el Estado no crea las condiciones para que los indocumentados
cuenten con las posibilidades legales e institucionales
para ponerse a derecho, una medida humanitaria básica
para poner orden realmente sobre la cuestión
migratoria. ¿Pero en verdad, este gobierno estaría
interesado en ordenar la temática migratoria,
con medidas legislativas, laborales y sociales, no solo
policiales?
Si Costa Rica es uno de los países con altos
índices de inmigración, es porque se han
desarrollado condiciones en su mercado laboral que requieren
de trabajadores con las características que tienen
los nicaragüenses. Esa es la nueva fuerza de trabajo
para algunas de las nuevas formas de acumulación
y competitividad exigida a las empresas y a la economía
costarricense en el mercado internacional. Los inmigrantes
no son quienes causan la migración, aunque sean
ellos los que emigren, por lo tanto este es un problema
del desarrollo económico de este país
y no de su seguridad nacional.
Lo que reciben los inmigrantes,
específicamente los nicaragüenses, es un
salario en la escala de los peores que se pagan en este
país. También reciben salud, educación
y otros beneficios, por los que muchos de ellos no cotizan.
Pero los verdaderos beneficiados son empresas agrícolas,
constructoras, establecimientos comerciales y de servicios,
y otros tantos, que no pagan a las instituciones las
cuotas patronales a las que están obligados por
ley. Ese “dumping” social lo pagan los inmigrantes,
los asalariados locales y las demás empresas,
eso es completamente cierto. Y entre los costos que
pagan los inmigrantes están la represión
policial y el creciente rechazo de costarricenses que
los consideran los culpables de todos sus males. Esta
es una modalidad de discriminación que nos recuerda
que la Costa Rica “igualitaria” ya se había
terminado para los costarricenses, y entonces no queda
lugar dentro de ella para los extranjeros. Así
entendido, los salarios y beneficios sociales, como
la salud o el bono escolar que recibe un inmigrante
o sus hijos, son un beneficio que pierde un costarricense.
En consecuencia, lo que dicen algunos
jerarcas de instituciones públicas sobre el costo
financiero de los servicios que requiere esa población,
mucho sin datos confiables, está dirigido a reforzar
entre los costarricense la idea de excluir a los inmigrantes
de la protección social. Ese mismo sentimiento
lo reproducen, en algunos medios de comunicación,
los oficiantes de la xenofobia, un cáncer que
carcome a esta sociedad y que sirve de justificativo
ideológico para la represión policial.
Por eso, la definición hecha por el gobierno
de la migración como un problema de seguridad
nacional es un error. Pero es una definición
congruente con la afirmación ideológica
del lugar que esta fuerza de trabajo desempeña
dentro del nuevo modelo productivo local. El aparato
policial como sistema represivo del Estado ejerce el
monopolio legítimo de la fuerza, de manera discriminatoria,
contra los trabajadores y trabajadoras inmigrantes nicaragüenses.
El objetivo de esa cruzada es “detener y deportar”
a los indocumentados. Aunque el mismo sistema que rige
en materia migratoria, así como la falta de voluntad
política de las autoridades públicas,
son los que propician que el régimen de indocumentación
predomine entre esa población. Ese es un abismo
legal que separa a las personas de sus derechos, principalmente
del derecho a tener derechos.
En consecuencia, el manejo de la
política migratoria bajo un enfoque de seguridad
nacional, como deliberadamente ha sido reconocido, es
un viraje muy peligroso que puede tener un conjunto
de efectos negativos. Entre ellos, el maltrato y la
discriminación creciente contra los nicaragüenses,
y la creación de nuevos conflictos con Nicaragua.
Pero sobre todo, nos llama la atención sobre
la necesidad de sacar el manejo de problemas que tienen
una raíz social, como la migración, la
pobreza o la violencia familiar, del ámbito policial,
para que nos pongamos a pensar los costarricenses acerca
del verdadero rumbo que se le debe dar a las consecuencias
del modelo económico y social que ya se ha implantado
en este país.
|