SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLITICO • AÑO 8• EDICION No. 374• DEL 1 AL 7 DE FEBRERO 2004
CENTROAMERICA

Diez tesis sobre el TLC

• Se ha abierto otro camino hacia el desarrollo

Eduardo Ulibarri*  

La etapa más fácil ha pasado. Fue de negociación técnica y política entre especialistas convencidos de la importancia de que Centroamérica y Estados Unidos suscribieran un tratado de libre comercio (TLC). Su gran misión fue sacar lo mejor posible para la parte que representaban.

Ahora viene lo más difícil. En primer lugar, convencer a los diputados, y al país en general, de la conveniencia de ratificar el tratado. En segundo, ponerlo en marcha y aprovecharlo al máximo.

Para emprender ambas tareas, conviene repasar los propósitos, características e implicaciones del TLC. Tal es el propósito de los siguientes diez puntos o “tesis”, que parten de un sesgo personal sustentado por la evidencia histórica: el comercio internacional produce desarrollo.

El TLC promoverá relaciones más igualitarias. Contrario a la Iniciativa de la Cuenca del Caribe (ICC), que fue una concesión unilateral de Estados Unidos, el TLC es un acuerdo entre partes iguales. Al consolidarse jurídicamente, dará enorme estabilidad a las nuevas reglas de intercambio. Esto, en sí mismo, atraerá más inversiones, mientras el crecimiento del mercado promoverá la producción.

Las negociaciones tuvieron considerable transparencia. Se distribuyeron múltiples documentos, la prensa siguió de cerca el proceso, los sectores interesados asistieron a sus rondas y los funcionarios de Comercio Exterior, empezando por el ministro, han respondido a centenares de inquietudes.

Quienes alegan lo contrario, padecen alguno de estos problemas: no “hicieron la tarea” de informarse, no entienden que en una negociación hay cartas que se deben guardar hasta el final, o, simplemente, quieren desprestigiar el proceso.

El TLC es un instrumento de cambio económico. De nada valdría firmarlo para que todo siga igual. Deberá reorientar la inversión y la producción –tanto de bienes como de servicios– hacia las actividades en que el país, con más acceso a un mayor mercado, pueda aprovechar mejor sus ventajas comparativas y competitivas. También incidirá en la composición del empleo, que tenderá a crecer en las áreas de mayor valor agregado y, por ende, más alta remuneración.

El TLC producirá perdedores. En un proceso de cambio, no todos pueden ganar de inmediato; algunos perderán, especialmente quienes no sean capaces de adaptarse a la mayor competencia. Lo importante es minimizar el número de perjudicados y la profundidad de su perjuicio, y maximizar el número y condiciones de los beneficiados. Ya mucho se avanzó gracias al buen desempeño del equipo negociador. Ahora siguen las medidas de carácter local. Es el tema de la siguiente tesis.

El TLC no garantiza el desarrollo. Lo que hará es mejorar las condiciones para alcanzarlo, sobre todo mediante la promoción del comercio y las inversiones. Para potenciar esta oportunidad, el país no solo deberá adoptar medidas que reduzcan los efectos negativos sobre los perdedores inmediatos; también deberá alentar a los posibles ganadores y crear condiciones para que los beneficios se distribuyan bien. Esto tiene que ver, entre otras cosas, con educación, infraestructura, finanzas, política tributaria, estabilidad macroeconómica y capacitación laboral. Es decir, buen gobierno.

La apertura de monopolios no es una concesión a Estados Unidos. Al contrario, es una medida indispensable –y muy postergada– para tener mejores servicios de seguros y telecomunicaciones. A partir de ahora, lo importante no es “fortalecer” al ICE o el INS, sino hacerlos más eficientes, transparentes, modernos y competitivos; es decir, convertirlos en empresas estatales de primer orden, que no respondan a los intereses creados de sus gremios y burocracias, sino al de sus dueños (todos los costarricenses) y usuarios (todos, también).

El TLC no es solo un asunto de productores. También lo es de consumidores. Por esto, un TLC verdaderamente equilibrado es el que logra dos tipos de balances: por un lado, entre los intereses de quienes producen –y deben afrontar la competencia de los bienes importados– y de quienes consumen –y quieren productos buenos y baratos, sin importar su origen–; por otro, entre estos dos sectores y los intereses generales del país. El texto acordado tiene un equilibrio razonable, aunque más cargado a favor de los productores que de los consumidores.

El TLC va más allá de Estados Unidos. Su dimensión centroamericana también es esencial porque influirá en la creación de un espacio económico más abierto, moderno, integrado, estable y complementario en el istmo. Esa misma dimensión nos obligará a coordinar mejor nuestras políticas con el resto de Centroamérica y a competir más intensamente, en los cinco países, con productos estadounidenses más baratos. Es un riesgo inmediato, pero con grandes posibilidades de beneficios futuros.

Costa Rica es el país que más podrá beneficiarse. Tenemos la más amplia oferta exportadora del istmo y ya representamos un tercio del comercio total entre Centroamérica y Estados Unidos. Pero, más allá de esta excelente base, de los monopolios que se abrirán y del buen trabajo negociador, tenemos muchas otras ventajas: mayor estabilidad política, mayor seguridad jurídica, recursos humanos más capacitados e iniciativas de reforma fiscal, laboral y financiera.

Las condiciones del comercio no son estáticas. Al contrario, están entre las más dinámicas de la economía internacional. Su impulso no solo proviene de los tratados de libre comercio, sino también de los cambios políticos, tecnológicos, financieros, demográficos y sociales, y de las negociaciones globales que se realizan bajo el alero de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Esas negociaciones inevitablemente incidirán, a mediano plazo, en una reducción de los subsidios y del proteccionismo agrícola por parte de los países más ricos. Esto será de gran ayuda para nuestros agricultores; también para nuestros consumidores.
* Ex director de La Nación de Costa Rica.

Iván Olivares

 

Alberto Cortés R

Eduardo Ulibarri*