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Diez
tesis sobre el TLC
• Se ha abierto otro camino
hacia el desarrollo
La etapa más fácil
ha pasado. Fue de negociación técnica
y política entre especialistas convencidos de
la importancia de que Centroamérica y Estados
Unidos suscribieran un tratado de libre comercio (TLC).
Su gran misión fue sacar lo mejor posible para
la parte que representaban.
Ahora viene lo más difícil.
En primer lugar, convencer a los diputados, y al país
en general, de la conveniencia de ratificar el tratado.
En segundo, ponerlo en marcha y aprovecharlo al máximo.
Para emprender ambas tareas, conviene
repasar los propósitos, características
e implicaciones del TLC. Tal es el propósito
de los siguientes diez puntos o “tesis”,
que parten de un sesgo personal sustentado por la evidencia
histórica: el comercio internacional produce
desarrollo.
El TLC promoverá relaciones
más igualitarias. Contrario a la Iniciativa de
la Cuenca del Caribe (ICC), que fue una concesión
unilateral de Estados Unidos, el TLC es un acuerdo entre
partes iguales. Al consolidarse jurídicamente,
dará enorme estabilidad a las nuevas reglas de
intercambio. Esto, en sí mismo, atraerá
más inversiones, mientras el crecimiento del
mercado promoverá la producción.
Las negociaciones tuvieron considerable
transparencia. Se distribuyeron múltiples documentos,
la prensa siguió de cerca el proceso, los sectores
interesados asistieron a sus rondas y los funcionarios
de Comercio Exterior, empezando por el ministro, han
respondido a centenares de inquietudes.
Quienes alegan lo contrario, padecen
alguno de estos problemas: no “hicieron la tarea”
de informarse, no entienden que en una negociación
hay cartas que se deben guardar hasta el final, o, simplemente,
quieren desprestigiar el proceso.
El TLC es un instrumento de cambio
económico. De nada valdría firmarlo para
que todo siga igual. Deberá reorientar la inversión
y la producción –tanto de bienes como de
servicios– hacia las actividades en que el país,
con más acceso a un mayor mercado, pueda aprovechar
mejor sus ventajas comparativas y competitivas. También
incidirá en la composición del empleo,
que tenderá a crecer en las áreas de mayor
valor agregado y, por ende, más alta remuneración.
El TLC producirá perdedores.
En un proceso de cambio, no todos pueden ganar de inmediato;
algunos perderán, especialmente quienes no sean
capaces de adaptarse a la mayor competencia. Lo importante
es minimizar el número de perjudicados y la profundidad
de su perjuicio, y maximizar el número y condiciones
de los beneficiados. Ya mucho se avanzó gracias
al buen desempeño del equipo negociador. Ahora
siguen las medidas de carácter local. Es el tema
de la siguiente tesis.
El TLC no garantiza el desarrollo.
Lo que hará es mejorar las condiciones para alcanzarlo,
sobre todo mediante la promoción del comercio
y las inversiones. Para potenciar esta oportunidad,
el país no solo deberá adoptar medidas
que reduzcan los efectos negativos sobre los perdedores
inmediatos; también deberá alentar a los
posibles ganadores y crear condiciones para que los
beneficios se distribuyan bien. Esto tiene que ver,
entre otras cosas, con educación, infraestructura,
finanzas, política tributaria, estabilidad macroeconómica
y capacitación laboral. Es decir, buen gobierno.
La apertura de monopolios no es
una concesión a Estados Unidos. Al contrario,
es una medida indispensable –y muy postergada–
para tener mejores servicios de seguros y telecomunicaciones.
A partir de ahora, lo importante no es “fortalecer”
al ICE o el INS, sino hacerlos más eficientes,
transparentes, modernos y competitivos; es decir, convertirlos
en empresas estatales de primer orden, que no respondan
a los intereses creados de sus gremios y burocracias,
sino al de sus dueños (todos los costarricenses)
y usuarios (todos, también).
El TLC no es solo un asunto de
productores. También lo es de consumidores. Por
esto, un TLC verdaderamente equilibrado es el que logra
dos tipos de balances: por un lado, entre los intereses
de quienes producen –y deben afrontar la competencia
de los bienes importados– y de quienes consumen
–y quieren productos buenos y baratos, sin importar
su origen–; por otro, entre estos dos sectores
y los intereses generales del país. El texto
acordado tiene un equilibrio razonable, aunque más
cargado a favor de los productores que de los consumidores.
El TLC va más allá
de Estados Unidos. Su dimensión centroamericana
también es esencial porque influirá en
la creación de un espacio económico más
abierto, moderno, integrado, estable y complementario
en el istmo. Esa misma dimensión nos obligará
a coordinar mejor nuestras políticas con el resto
de Centroamérica y a competir más intensamente,
en los cinco países, con productos estadounidenses
más baratos. Es un riesgo inmediato, pero con
grandes posibilidades de beneficios futuros.
Costa Rica es el país que
más podrá beneficiarse. Tenemos la más
amplia oferta exportadora del istmo y ya representamos
un tercio del comercio total entre Centroamérica
y Estados Unidos. Pero, más allá de esta
excelente base, de los monopolios que se abrirán
y del buen trabajo negociador, tenemos muchas otras
ventajas: mayor estabilidad política, mayor seguridad
jurídica, recursos humanos más capacitados
e iniciativas de reforma fiscal, laboral y financiera.
Las condiciones del comercio
no son estáticas. Al contrario, están
entre las más dinámicas de la economía
internacional. Su impulso no solo proviene de los tratados
de libre comercio, sino también de los cambios
políticos, tecnológicos, financieros,
demográficos y sociales, y de las negociaciones
globales que se realizan bajo el alero de la Organización
Mundial de Comercio (OMC). Esas negociaciones inevitablemente
incidirán, a mediano plazo, en una reducción
de los subsidios y del proteccionismo agrícola
por parte de los países más ricos. Esto
será de gran ayuda para nuestros agricultores;
también para nuestros consumidores.
* Ex director de La Nación de Costa Rica.
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