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Democracia sin demócratas
El filósofo Karl Popper
tenía buenas razones para proponer una definición
precisa del concepto “democracia”. La democracia,
decía, es un modo de sacar a quienes están
en el poder sin derramamiento de sangre. El método
preferido de Popper era, por supuesto, depositar los
votos en las urnas.
La definición de Popper
evita disputas teológicas acerca del “gobierno
del pueblo” y si una cosa así puede existir
realmente. También permite ahorrarnos el intento
de pegar en la definición de toda clase de objetivos
deseables, como la igualdad en términos sociales
y técnicos, una teoría general del proceso
efectivo de la “democratización”,
o incluso un conjunto de virtudes cívicas relacionadas
con la participación.
Pero la definición que Popper
da de la democracia no es útil cuando se plantea
una pregunta que se ha convertido en tema recurrente
en varias partes del mundo: ¿qué pasa
si quienes salen del poder creen en la democracia, mientras
que quienes los reemplazan no? En otras palabras, ¿qué
pasa si la gente “errada” resulta electa?
No faltan ejemplos. En Europa,
partidos de dudosos antecedentes democráticos
han tenido buenos resultados en los últimos años:
Jörg Haider en Austria, Christoph Blocar en Suiza,
Umberto Bossi en Italia, Jean-Marie LePen en Francia...
la lista es larga. En el mejor de los casos, las victorias
electorales de estos grupos hacen difícil la
formación de gobiernos responsables; en el peor
de los casos, son el preludio de movimientos activamente
antidemocráticos capaces de obtener una mayoría
en las elecciones.
Esto es lo que está ocurriendo
en varias partes del mundo. Hay dos ejemplos recientes
que destaca. Uno se encuentra en los países poscomunistas
de Europa del este y del sudeste, de los cuales una
sorprendente cantidad ha elegido a miembros de la vieja
nomenklatura bajo una nueva apariencia.
En caso más extremo es Serbia,
donde una gran parte del electorado dio sus votos a
hombres con juicios pendientes en La Haya por crímenes
de guerra. El otro ejemplo es Irak. ¿Qué
pasa si el sueño americano de llevar la democracia
a ese país termina en una situación en
que los ciudadanos eligen que los gobierne un movimiento
fundamentalista?
Pensar en ejemplos como estos nos
lleva a la clara conclusión de que la democracia
no se trata meramente de elecciones. Hoy ya no damos
por hecho la existencia de tales virtudes. Probablemente
eran ejercidas por una minoría, incluso en la
época en que John Stuart Mill escribió
acerca del gobierno representativo.
Hoy la democracia tiene que significar
“democracia más algo”, pero ¿qué
es ese algo?. Hay algunas medidas técnicas que
se pueden tomar, como prohibir a los partidos y candidatos
que hacen campaña contra la democracia, o cuyos
antecedentes democráticos sean insuficientes.
Esto funcionó en la Alemania
de posguerra, pero en ese caso fue con la ayuda de los
traumáticos recuerdos del nazismo y la relativa
debilidad de los movimientos antidemocráticos.
Un ejemplo más relevante bien puede ser Turquía,
en donde los movimientos islamistas fueron disueltos
por las Cortes y, cuando reaparecieron con otro disfraz,
tuvieron que pasar por severas pruebas.
Sin embargo, es fácil ver
los problemas: ¿quién juzga la idoneidad
de los candidatos y cómo se hacen cumplir tales
juicios? ¿Qué ocurre si la base de apoyo
de un movimiento antidemocrático es tan fuerte
que la supresión de su organización genera
violencia?
En cierto sentido, sería
mejor dejar que tales movimientos lleguen al gobierno
y esperar que fracasen, como ha ocurrido con la mayoría
de los actuales grupos europeos de raigambre antidemocrática.
Pero eso es demasiado riesgoso. Cuando Hitler llegó
al poder en enero de 1933, muchos (si no todos) los
demócratas alemanes pensaron: “!Dejémosle
hacer! Pronto el tiempo es relativo: “pronto”
llegó a significar doce años que incluyeron
una guerra salvaje y el Holocausto.
Por tanto, los ciudadanos activos
que defienden el orden liberal deben ser su salvaguarda.
Pero hay otro y más importante elemento que proteger,
el imperio de la ley.
Imperio de la ley no es lo mismo
que democracia, ni son elementos que necesariamente
se garanticen mutuamente. El imperio de la ley es la
aceptación de que las leyes dictadas no por alguna
autoridad suprema, si no por la ciudadanía, rigen
para todos: quienes están en el poder, los que
están en la oposición y quienes están
fuera del juego del poder.
Es algo que se debe defender; las
así llamadas “leyes de excepción”
que suspenden el imperio de la ley son la primera arma
de los dictadores. Pero es más difícil
usar el imperio de la ley para socavar la ley que usar
las elecciones populares contra la democracia.
“Elecciones más algo”
significa, por lo tanto, democracia más imperio
de la ley. A riesgo de ofender a varios amigos que son
demócratas convencidos, he llegado a la conclusión
de que el imperio de la ley viene primero cuando un
país anteriormente regido por una dictadura se
dota de una constitución y la obedece, y después
viene la democracia. Los jueces independientes e incorruptos
son aún más influyentes que los políticos
elegidos con grandes mayorías. ¡Afortunados
los países que poseen ambas autoridades, y que
las estimulan y protegen!
Ex Rector
de la Escuela de Economía de Londres y ex Director
del Colegio de St. Anthony, Oxford. Copyright: Project
Syndicate
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