OJO DE MUJER

Lo que esconde la
polémica sobre los SAM 7

Elvira Cuadra Lira  

La visita a Nicaragua del Secretario de Estado, Colin Powell, vino a poner sobre el tapete nuevamente el tema de los cohetes Sam 7 y las contradicciones que han surgido entre el Ejecutivo y los militares respecto a este tema. Pero lo más importante es que otras aristas de la política nacional y los intereses norteamericanos en el país han quedado al descubierto con este hecho. Veamos algunas de ellas.

La primera espina tiene que ver con la supuesta subordinación de los militares al poder civil. Las posiciones de los diferentes actores: partidos políticos, ejecutivo y ejército, indican que no existe un acuerdo al respecto; más bien la situación se ha tornado tensa, especialmente para el ejecutivo y los militares, quienes se encuentran enfrascados en una fuerte contradicción de posiciones. Eso nos hace pensar que los pasos avanzados en términos de control civil sobre el aparato militar no fueron realmente consistentes y que efectivamente, el Ejército posee un nivel importante de autonomía y peso dentro del sistema político nicaragüense.

Las transacciones políticas en los primeros años de la transición le permitieron al ejército un acuerdo político con el ejecutivo y los partidos políticos. Este acuerdo tenía como objetivo entre otras cosas, resguardar la institución, su autonomía institucional y política, y operar los cambios internos necesarios a fin de prepararse para los nuevos tiempos. Estos cambios se operaron bajo la forma de un proceso de profesionalización y modernización, que no ha sido otra cosa que la materialización del acuerdo político y ha servido para fortalecer al ejército jurídica e institucionalmente, además de dotarlo de una nueva legitimidad social y política. Eso explicaría cómo, poco a poco, ha disminuido su protagonismo en los asuntos políticos.

El acuerdo se mantuvo muy convenientemente durante el gobierno pasado, pero las cosas comenzaron a cambiar más rápidamente con la llegada a la presidencia del ingeniero Bolaños. En este cambio, Estados Unidos está jugando un papel de primer orden.

Estos dejaron correr el acuerdo político y los cambios en el ejército durante los primeros años pero, sin tragárselos, y esperaron atentos la mejor oportunidad. Mientras ésta llegaba, se dieron a la tarea de fortalecer poco a poco al Ministerio de Defensa y promovieron la preparación de cierto número de civiles en los aspectos técnicos e institucionales para el control de los aparatos de defensa y seguridad.

La oportunidad les llegó más temprano que tarde. Con el escándalo del supuesto desvío de armas de Nicaragua a Colombia y el involucramiento del ejército en la operación, el gobierno echó a andar una iniciativa de desarme regional que ha tenido como centro la destrucción de los cohetes Sam-7 que posee el Ejército de Nicaragua. Esto ha servido para reanudar el tema de la subordinación de los militares a los civiles y ha reavivado el interés por un marco jurídico que algunos califican como incompleto para este propósito.

Ahora bien, no es difícil imaginar que detrás de la iniciativa Bolaños se esconden los intereses de Estados Unidos, más que los intereses nacionales. Ciertamente, en el país nunca se ha desarrollado un verdadero debate en torno a los temas de la defensa y la seguridad. Pero además, llama la atención la urgencia y prioridad que el gobierno le asigna ahora al tema y la firmeza con que defienden sus argumentos. El ejército está consciente de todo esto, por eso se han opuesto con beligerancia a la iniciativa del gobierno.

¿Cómo se resolverá esto? Aparentemente el gobierno no tiene intenciones de contradecir al gran vecino, por lo tanto la iniciativa seguirá su curso. Es decir, Nicaragua va a destruir los cohetes, gradualmente, pero lo hará. El ejército podrá oponerse, pero no le queda de otra que aceptar en aras de preservar su existencia y a la institución. Los partidos políticos, liberales y FSLN, podrán declarar que es un asunto de soberanía e intereses nacionales, pero difícilmente se opondrán también a los intereses de Estados Unidos.

No hay muchas alternativas para resolver este incidente, pero sus consecuencias van más allá del tema de los cohetes. En realidad, van a obligar a los partidos, el gobierno y los militares a buscar un nuevo arreglo político para los próximos tiempos, y ahí es donde se intentará resolver de una vez el tema de la subordinación militar al poder civil y la disminución del peso político del ejército.

Estados Unidos difícilmente se quedará al margen del arreglo, pues, por supuesto, en este juego de ajedrez, el ejército solamente es una pieza menor. La pieza mayor se llama: FSLN. Es decir, los norteamericanos suponen que el apartidismo del Ejército no ha significado, en el fondo, deshacer los nudos de la institución con el Frente Sandinista; por ello, están apostando a ganarle el instrumento de poder que “amenaza a la democracia”. Lo malo en el cálculo de los Estados Unidos es que sus hijastros de la derecha no han sido capaces de armar un grupo consistente que le haga un verdadero contrapeso interno a la amenaza.