SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 8• EDICION No. 356• DEL 14 AL 20 DE SEPTIEMBRE DE 2003
11 DE SEPTIEMBRE - CHILE 30 AÑOS

Allende en la memoria

Eugenio Tironi*

 

Los aniversarios son ocasiones para exorcizar aquellos fantasmas del pasado que nos persiguen, impidiéndonos hilvanar el futuro en paz.

Algo de esto ha tenido la conmemoración de los 30 años del golpe militar. Esta vez, los chilenos hemos estado dominados, como nunca, por el deseo de comprender antes que de condenar. El drama humano se ha impuesto sobre el discurso ideológico; la reflexión acerca de las propias responsabilidades, sobre el prorrateo de las culpas.
Con todo, hay un fantasma que aún no logra ser integrado a nuestra memoria común: me refiero a la figura del Presidente Allende. Por esto mismo, su estampa no debe dejarse a un lado, como hay quienes vanamente lo pretenden. Al contrario, hay que volver una y otra vez sobre ella, hasta descubrir sus huellas en la nación que somos.

Permítanme algo personal. Tenía 22 años para el 11. Militaba activamente en la Unidad Popular, pero no era un allendista. Su estilo de vida me resultaba burgués, pomposo, frívolo, inconsecuente con su discurso revolucionario. No me gustaba su manera de gobernar, basada en su legendaria “muñeca” política. A los ojos de un joven de izquierda impulsado por el catolicismo progresista de la época —ése era mi caso— , Allende no era un líder a seguir, sino una figura más del sistema con el que había que terminar. Representaba a la democracia chilena de mediados del siglo 20, de fuerte inspiración progresista, pero más volcada a la retórica que a la acción, al acomodo que al cambio.

Toda la carrera de Allende tuvo este signo. De ahí que, ya como Presidente, siempre imaginó que podría evitar el desenlace trágico que ya se avizoraba, en un Chile transformado en campo de batalla de la Guerra Fría, apelando a su oratoria y a su astucia. A ese Allende, reitero, nunca le tuve simpatía.

Pero ése no es el Allende que emerge el 11 de septiembre ni el que quedará en la memoria larga de Chile, sino aquel que resiste a la fuerza en defensa de sus principios —y, de paso, de la Constitución—; que no cede a las amenazas ni acepta transacciones; que termina quitándose la vida en La Moneda bombardeada. Fueron unas horas, un lapso ínfimo en el curso de una vida, pero que bastaron para convertir a Allende en un personaje gigantesco. Su gesto clausuró un ciclo en la historia de Chile, y su presencia ha sido clave en la evolución posterior del país.

Salvador Allende

 

Si Allende no hubiese muerto en La Moneda —me lo he planteado muchas veces— , mi vida, como la de muchos otros como yo, habría sido otra. Probablemente nos hubiésemos resignado al fracaso de la Unidad Popular y reencauzado hacia otros fines una existencia que estaba recién comenzando.

Pero no pudimos desentendernos de su inmolación, lo que nos llevó a destinar los siguientes años de nuestras vidas —de una manera o de otra— a pagar una deuda contraída ese 11. Personalmente, recién me sentí emancipado la noche del 5 de octubre de 1988, cuando triunfó el No. Sólo entonces me sentí en paz, con Allende y conmigo mismo.

Si ese martes 11 Allende hubiese actuado como era dable presumir —esto es, tratando de buscar una salida negociada—, el régimen que lo sustituyó habría sido otro. No habría actuado con la crueldad que lo hizo ni tampoco habría realizado la radical revolución que emprendió —con los beneficios que a la larga ello trajo para el país—. Pero había que limpiar la sangre de Allende; había que apagar las llamas de La Moneda.

Estoy seguro de que éste fue el impulso vital de los nuevos gobernantes, que ese día 11 se encontraron con un Allende que no conocían, y ante un desafío que nunca habían imaginado.

La historia registra personajes no por mérito de su trayectoria, sino por su reacción en determinado momento crítico de su vida: un gesto noble puede hacer gigantesca a una figura enteramente corriente, mientras una mueca de cobardía puede empañar para siempre un recorrido de grandes logros. El 11 puso a Allende en la primera categoría, marcando para siempre —y para mejor— la memoria de Chile.

Analista politico chileno. Publicado en el diario El Mercurio

Eugenio Tironi

Joseph S. Nye, Jr.