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Allende en la memoria
Los aniversarios son ocasiones
para exorcizar aquellos fantasmas del pasado que nos
persiguen, impidiéndonos hilvanar el futuro en
paz.
Algo de esto ha tenido la
conmemoración de los 30 años del golpe
militar. Esta vez, los chilenos hemos estado dominados,
como nunca, por el deseo de comprender antes que de
condenar. El drama humano se ha impuesto sobre el discurso
ideológico; la reflexión acerca de las
propias responsabilidades, sobre el prorrateo de las
culpas.
Con todo, hay un fantasma que aún no logra ser
integrado a nuestra memoria común: me refiero
a la figura del Presidente Allende. Por esto mismo,
su estampa no debe dejarse a un lado, como hay quienes
vanamente lo pretenden. Al contrario, hay que volver
una y otra vez sobre ella, hasta descubrir sus huellas
en la nación que somos.
Permítanme algo personal.
Tenía 22 años para el 11. Militaba activamente
en la Unidad Popular, pero no era un allendista. Su
estilo de vida me resultaba burgués, pomposo,
frívolo, inconsecuente con su discurso revolucionario.
No me gustaba su manera de gobernar, basada en su legendaria
“muñeca” política. A los ojos
de un joven de izquierda impulsado por el catolicismo
progresista de la época —ése era
mi caso— , Allende no era un líder a seguir,
sino una figura más del sistema con el que había
que terminar. Representaba a la democracia chilena de
mediados del siglo 20, de fuerte inspiración
progresista, pero más volcada a la retórica
que a la acción, al acomodo que al cambio.
Toda la carrera de Allende
tuvo este signo. De ahí que, ya como Presidente,
siempre imaginó que podría evitar el desenlace
trágico que ya se avizoraba, en un Chile transformado
en campo de batalla de la Guerra Fría, apelando
a su oratoria y a su astucia. A ese Allende, reitero,
nunca le tuve simpatía.
Pero ése no es el
Allende que emerge el 11 de septiembre ni el que quedará
en la memoria larga de Chile, sino aquel que resiste
a la fuerza en defensa de sus principios —y, de
paso, de la Constitución—; que no cede
a las amenazas ni acepta transacciones; que termina
quitándose la vida en La Moneda bombardeada.
Fueron unas horas, un lapso ínfimo en el curso
de una vida, pero que bastaron para convertir a Allende
en un personaje gigantesco. Su gesto clausuró
un ciclo en la historia de Chile, y su presencia ha
sido clave en la evolución posterior del país.
Si Allende no hubiese muerto
en La Moneda —me lo he planteado muchas veces—
, mi vida, como la de muchos otros como yo, habría
sido otra. Probablemente nos hubiésemos resignado
al fracaso de la Unidad Popular y reencauzado hacia
otros fines una existencia que estaba recién
comenzando.
Pero no pudimos desentendernos
de su inmolación, lo que nos llevó a destinar
los siguientes años de nuestras vidas —de
una manera o de otra— a pagar una deuda contraída
ese 11. Personalmente, recién me sentí
emancipado la noche del 5 de octubre de 1988, cuando
triunfó el No. Sólo entonces me sentí
en paz, con Allende y conmigo mismo.
Si ese martes 11 Allende
hubiese actuado como era dable presumir —esto
es, tratando de buscar una salida negociada—,
el régimen que lo sustituyó habría
sido otro. No habría actuado con la crueldad
que lo hizo ni tampoco habría realizado la radical
revolución que emprendió —con los
beneficios que a la larga ello trajo para el país—.
Pero había que limpiar la sangre de Allende;
había que apagar las llamas de La Moneda.
Estoy seguro de que éste
fue el impulso vital de los nuevos gobernantes, que
ese día 11 se encontraron con un Allende que
no conocían, y ante un desafío que nunca
habían imaginado.
La historia registra personajes
no por mérito de su trayectoria, sino por su
reacción en determinado momento crítico
de su vida: un gesto noble puede hacer gigantesca a
una figura enteramente corriente, mientras una mueca
de cobardía puede empañar para siempre
un recorrido de grandes logros. El
11 puso a Allende en la primera categoría, marcando
para siempre —y para mejor— la memoria de
Chile.
Analista politico chileno. Publicado
en el diario El Mercurio
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