|
¿Permiso para delinquir?
Extrañamente, los mismos
medios de comunicación que hace algunos meses
llenaban sus páginas con las denuncias de los
múltiples actos de corrupción y lavado
de dinero, cometidos por el ex presidente Arnoldo Alemán
y funcionarios de su gobierno, lo presentan a éste
ahora como una especie de víctima de una justicia
que para ser exactos lo tiene “retenido”
en su hacienda, con toda comodidad, y que le brinda
múltiples privilegios y prerrogativas, dándole
más bien un trato de líder político
restricto que de delincuente de Estado.
Pareciera que algunos medios han
emprendido una suerte de campaña de “limpieza
de imagen” acelerada del reo, quizás para
rebajar el costo político de su eventual liberación,
y para que la Corte Suprema de Justicia, y dentro de
ella los representantes del PLC y del FSLN puedan atrincherarse
cómodamente en caso de que decidan acatar una
resolución a favor de Alemán de la Corte
Centroamericana.
Pero si acaso éste es liberado,
nadie se engañará respecto de quién
tiene las responsabilidades. Con su excarcelación,
el PLC y el FSLN consagrarían la legitimidad
del delito de Estado. Dicho de otra forma, todos entenderíamos
el mensaje que ambos partidos transmiten: que se puede
robar, disfrutar de lo robado y encima seguir liderando
la política, siempre que se haga desde el poder
y gracias la inmunidad que desde allí se les
ofrece a las cúpulas partidarias.
El asunto no es político
como se ha querido presentar, ni tampoco de rivalidades
personales, sino ético y jurídico. Es
un asunto que trasciende a las figuras de la política
y que atañe a la moral pública, a los
valores de la justicia y al deber de rendir cuenta por
parte de los gobernantes. Y por encima de todo es asunto
de evitar que los pobres sigan pudriéndose en
las cárceles por delitos menores, mientras los
grandes y graves delitos que sumen a las naciones en
la pobreza siguen siendo premiados.
Si nos basamos en las mentalidades
del caudillismo nadie debería atreverse a cuestionar
las acciones ilegales de los poderosos, a riesgo de
parecer su enemigo y pagar caro su audacia. La gente
oscila así entre el temor a la figura que manda,
la sumisión incondicional o el silencio amedrentado.
Y cuando el poderoso tambalea, todos se le apartan asustados.
Por ello, los caudillos se encargan
de invertir cuantiosas sumas en propaganda personal
y la compra de lealtades. Pero esto no pasaría
de ser un asunto folklórico, una prueba más
del autoritarismo criollo, si no fuera porque le está
impidiendo a las agónicas instituciones públicas,
su fortalecimiento y a la nación, los consensos
necesarios para enfrentar la pobreza y los desastres
sociales.
No se trata entonces de la persona
de Alemán, de si él nos cae bien o mal
o de sentir compasión y solidaridad hacia sus
desgracias personales. Se trata de deslindar a la persona
de sus acciones y responsabilidades públicas
y de impedir que la justicia siga siendo sierva de los
intereses particulares.
Si el FSLN a través de sus
representantes en la Corte Suprema de Justicia traiciona
los principios del derecho mediante argucias y maniobras
jurídicas, pagará sin duda el costo político
más alto. Pues aún no queda claro si la
jueza Juana Méndez encarceló a Alemán
porque al Frente Sandinista no le quedaba más
remedio ante una opinión pública que masivamente
lo demandaba, o si lo hizo en respeto a la digna tradición
de una justicia independiente inaugurada por la jueza
Getrudis Arias.
La decisión del Frente nos
aclarará si el pacto sigue vigente y con ello
la traición a los millares de sandinistas que
murieron creyendo en los valores de la justicia, o si
el Frente Sandinista optará por un compromiso
con la dignidad nacional, la búsqueda de consensos
para enfrentar la pobreza y el desafío urgente
de fortalecer al Estado.
Algo semejante ocurrirá
con las decisiones del PLC, y la voluntad de los jueces
que se han declarado como sus representantes. Sabremos
si el PLC aprovecha o no su histórica oportunidad
de trascender al caudillismo y convertirse en un partido
de cara a la nación, que convoque un respaldo
convencido del pueblo, o si sigue en la línea
de promover las adhesiones interesadas.
Pero más allá del
comportamiento de los políticos en los poderes
públicos, está la cuestión ineludible
de devolverle a nuestra patria la esperanza. La salida
de Alemán sería interpretada por una mayoría
de nicaragüenses como una afrenta, y hundiría
a nuestro ya cuestionado sistema judicial en una crisis
difícilmente superable.
Un conductor al que le pregunté
cómo se sentiría si recibe la noticia
de la liberación de Alemán, resumió
lo anterior en una frase: “Me sentiría
igual que si dejan libre al hombre que me asaltó
en plena calle”.
|