SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 351• DEL 10 AL 16 DE AGOSTO DE 2003
EN PANTALLA

Ciudad de Dios
"Goodfellas en la favela"

Juan Carlos Ampié

Buscapies (Alexandre Rodrigues) apunta y
dispara en "Ciudad de Dios"

 

Haga oídos sordos a todas esas críticas bien intencionadas que alaban “Ciudad de Dios” por ser un lacerante documento de denuncia sobre la vida de violencia y pobreza en las favelas brasileras. Esta simplificación políticamente correcta hace que la maravillosa película de Fernando Mireilles suene como el epítome del cine-medicina: un turgido documento depresivo, que es bueno para el espíritu burgués porque le hará sentirse socialmente responsable con sólo mirarlo, dándole la oportunidad de cabecear apesarado ante la miseria humana. La verdad es que “Ciudad de Dios” es la explosión de gracia cinemática mas audaz y entretenida desde que Keanu Reeves dijo “Wow” en la primera entrega de “Matrix”

Sí. “Matrix”. La referencia no es gratuita. La pirotécnia visual de los hermanos Wachowski informa la visión de Meirelles, quien también ha estudiado con detenimiento los trabajos de Quentin Tarantino, Oliver Stone y, más significativamente, Martin Scorsese. No en balde la película se deja ver como “Goodfellas” en las favelas.

La película relata la vida de un grupo de amigos que crecen en las favelas y llegan a ser protagonistas del incipiente mercado de la droga. El grupo incluye a Buscapiés (Alexandre Rodrigues), Zé Pequenho (Leandro Firmino da Hora) y Bené (Phellipe Haagensen). La acción se desarrolla en los sesentas y los setentas, pero la miseria del entorno es intemporal. La cámara de Meirelles sigue a los personajes desde la infancia hasta su prematura madurez, en la que Ze Pequenho se convierte en el narcotraficante más fuerte del territorio – que a pesar de ser el hombre más poderoso, no puede sacar a una muchacha a bailar -; Béne es su mano derecha, y Buscapiés es el inocente que sólo quiere convertirse en fotógrafo.

La película tiene dimensiones épicas, y cae en las debilidades innatas a ejercicios narrativos expansivos. Personajes con potencial desaparecen entre las grietas – el ladronzuelo que decide convertirse en cura tras un encuentro cercano con la corrupta justicia-. Caracteres marginales son imbuidos con significación y peso injustificado: cuando un personaje es baleado en el tercio final de la película, su muerte está supuesta a ser una suerte de hito. El difunto es lamentado por ser “lo único bueno de este mundo maldito”, pero nada de lo que vemos antes hace que se sienta como tal. Y como muchos buenos directores de hoy, Meirelles también peca de complaciente extendiendo el metraje de la película. El acto final de la película se alarga en tiempo y sangre mas allá de lo necesario. Una mano más firme en el cuarto de edición habría perdido algo de duración y ganado en contundencia.

Sin embargo, estas quejas menores no empañan el triunfo real del director, al alcanzar un tono humanista perfecto, similar al que consigue el bosnio Danis Tanovic en su oscarizada “No Man’s Land” (2001). Ambos filmes observan a sus personajes con compasión, pero sin buscar justificaciones ni hacer apologías. Entre la violencia gráfica, la droga y la pobreza, los pobladores de la favela simplemente viven sus vidas, tomando los decisiones que los hacen y deshacen dentro del universo específico que habitan. Y aún en las situaciones mas extremas, hay resquicios de humor y belleza. Note el breve episodio en que Buscapiés trata infructuosamente de cometer un robo, pero recapacita por que cada víctima parece ser mejor persona que la anterior. O la historia del apartamento que en una sola toma, pasa de mano en mano entre los traficantes del vecindario. Mas que la “Ciudad de Dios”, Meirelles y su co-directora, Katia Lund, han fabricado el Ojo de Dios y se lo ha dado al espectador para que espíe como testigo silencioso a un grupo de hombres viviendo – y muriendo – a plenitud, en el mundo en el que les ha tocado vivir. Es una de las mejores películas del año.

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