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Ciudad de Dios
"Goodfellas en la favela"
Juan Carlos Ampié
Haga oídos sordos a todas
esas críticas bien intencionadas que alaban “Ciudad
de Dios” por ser un lacerante documento de denuncia
sobre la vida de violencia y pobreza en las favelas
brasileras. Esta simplificación políticamente
correcta hace que la maravillosa película de
Fernando Mireilles suene como el epítome del
cine-medicina: un turgido documento depresivo, que es
bueno para el espíritu burgués porque
le hará sentirse socialmente responsable con
sólo mirarlo, dándole la oportunidad de
cabecear apesarado ante la miseria humana. La verdad
es que “Ciudad de Dios” es la explosión
de gracia cinemática mas audaz y entretenida
desde que Keanu Reeves dijo “Wow” en la
primera entrega de “Matrix”
Sí. “Matrix”.
La referencia no es gratuita. La pirotécnia visual
de los hermanos Wachowski informa la visión de
Meirelles, quien también ha estudiado con detenimiento
los trabajos de Quentin Tarantino, Oliver Stone y, más
significativamente, Martin Scorsese. No en balde la
película se deja ver como “Goodfellas”
en las favelas.
La película relata la vida
de un grupo de amigos que crecen en las favelas y llegan
a ser protagonistas del incipiente mercado de la droga.
El grupo incluye a Buscapiés (Alexandre Rodrigues),
Zé Pequenho (Leandro Firmino da Hora) y Bené
(Phellipe Haagensen). La acción se desarrolla
en los sesentas y los setentas, pero la miseria del
entorno es intemporal. La cámara de Meirelles
sigue a los personajes desde la infancia hasta su prematura
madurez, en la que Ze Pequenho se convierte en el narcotraficante
más fuerte del territorio – que a pesar
de ser el hombre más poderoso, no puede sacar
a una muchacha a bailar -; Béne es su mano derecha,
y Buscapiés es el inocente que sólo quiere
convertirse en fotógrafo.
La película tiene dimensiones
épicas, y cae en las debilidades innatas a ejercicios
narrativos expansivos. Personajes con potencial desaparecen
entre las grietas – el ladronzuelo que decide
convertirse en cura tras un encuentro cercano con la
corrupta justicia-. Caracteres marginales son imbuidos
con significación y peso injustificado: cuando
un personaje es baleado en el tercio final de la película,
su muerte está supuesta a ser una suerte de hito.
El difunto es lamentado por ser “lo único
bueno de este mundo maldito”, pero nada de lo
que vemos antes hace que se sienta como tal. Y como
muchos buenos directores de hoy, Meirelles también
peca de complaciente extendiendo el metraje de la película.
El acto final de la película se alarga en tiempo
y sangre mas allá de lo necesario. Una mano más
firme en el cuarto de edición habría perdido
algo de duración y ganado en contundencia.
Sin embargo, estas quejas menores
no empañan el triunfo real del director, al alcanzar
un tono humanista perfecto, similar al que consigue
el bosnio Danis Tanovic en su oscarizada “No Man’s
Land” (2001). Ambos filmes observan a sus personajes
con compasión, pero sin buscar justificaciones
ni hacer apologías. Entre la violencia gráfica,
la droga y la pobreza, los pobladores de la favela simplemente
viven sus vidas, tomando los decisiones que los hacen
y deshacen dentro del universo específico que
habitan. Y aún en las situaciones mas extremas,
hay resquicios de humor y belleza. Note el breve episodio
en que Buscapiés trata infructuosamente de cometer
un robo, pero recapacita por que cada víctima
parece ser mejor persona que la anterior. O la historia
del apartamento que en una sola toma, pasa de mano en
mano entre los traficantes del vecindario. Mas que la
“Ciudad de Dios”, Meirelles y su co-directora,
Katia Lund, han fabricado el Ojo de Dios y se lo ha
dado al espectador para que espíe como testigo
silencioso a un grupo de hombres viviendo – y
muriendo – a plenitud, en el mundo en el que les
ha tocado vivir. Es una de las mejores películas
del año.
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