SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 351• DEL 10 AL 16 DE AGOSTO DE 2003
ANALISIS

Lo que dice la prensa internacional
del caso de corrupción de Arnoldo Alemán
Debacle en Nicaragua

Stephen Kinzer  

Cuando Arnoldo Alemán tomó posesión como Presidente de Nicaragua en 1997, parecía estar listo para hacer historia. Había derrotado a Daniel Ortega, líder histórico del Frente Sandinista, y prometió llevar a su sufrido país hacia la democracia y la prosperidad. Ahora es probable que se le recuerde por algo muy distinto, dado que podría convertirse en el primer expresidente latinoamericano sentenciado a prisión por corrupción durante el ejercicio de su cargo.

La historia del ascenso de Alemán al poder sigue un patrón muy frecuente en América Latina, que consiste en maniobrar el ingreso a la política mediante habilidosos manejos encubiertos. Su vivaz estilo de campaña le ayudó a alcanzar la Presidencia y tan pronto se instaló en el poder empezó a saquear la hacienda pública. Sin embargo, lo que le ha pasado desde que dejó el cargo no sólo es poco común, sino inaudito. Su sucesor, el presidente Enrique Bolaños, lo denunció como ladrón. Los periódicos han publicado evidencia condenatoria en su contra, un juez lo puso bajo arresto domiciliario y los fiscales están pidiendo que se le condene a veinticinco años de cárcel.

Hay una variedad de razones por las cuales la pobreza reina en América Latina, pero la corrupción es una de las más constantes e insidiosas. Está tan profundamente arraigada en la cultura política que muchas personas la consideran como una fuerza de la naturaleza, igual que el mal tiempo. En varios países, los ministros del gabinete y otras figuras de segundo nivel han sido enjuiciados y hasta encarcelados una vez que han dejado sus cargos públicos, pero nunca había sucedido con un expresidente. La inmunidad de los expresidentes es una ley profundamente arraigada en la política latinoamericana. En los últimos años se han hecho serias acusaciones de corrupción en contra de presidentes en México, Guatemala, Venezuela, Colombia, Paraguay, Brasil, y Argentina, pero ninguno de esos países se ha atrevido a ponerlos en la cárcel. Si Nicaragua lo hace, enviaría un mensaje a todo el continente que podría transformar la política latinoamericana y preservar para los pobres incontables millones de dólares que de otra manera hubieran sido robados.

Las razones de Bolaños

Bolaños sostiene que durante sus años como vicepresidente bajo la administración de Alemán nunca se dio cuenta de cuánto dinero público robaba el mandatario. A los nicaragüenses les resulta difícil creerlo. Bolaños puede haber cerrado los ojos para preservar su propia posibilidad de llegar a la Presidencia. No obstante, merece un reconocimiento por la firmeza con que persigue a quien antes fue su amigo.

¿Por qué lo hace? Pocos dudan de que Bolaños comparte la indignación popular ante los crímenes de Alemán, pero también tiene otras razones. Unos pocos días después de que Bolaños asumiera la Presidencia, Alemán se las arregló para que lo eligieran presidente de la Asamblea Nacional, y desde esa posición, intentó manejar el país, quitándole a Bolaños el poder por el que había esperado con tanta paciencia. Esto fue demasiado para el nuevo presidente. Todas las personas que entrevisté en Nicaragua me afirmaron que si Alemán hubiese dejado el poder con discreción y se hubiera apartado de la luz pública con sus millones, Bolaños no habría actuado en su contra.

Yo quería preguntarle al propio presidente Bolaños qué tan cierto era eso.

Enrique Bolaños y Arnoldo Alemán  

Sus décadas de trabajo en la agricultura dieron al mandatario el hábito de levantarse con el sol, y su secretaria de prensa me previno que si quería entrevistarme con él, estuviera preparado para que me citaran a su casa a una hora tan temprana como las 5:30 de la mañana. Sucedió que Bolaños tenía otra reunión a esa hora y me dijeron que llegara a las 7:30. Bolaños, de setenta y cuatro años de edad, vive en una casa cómoda pero no ostentosa al sur de Managua. Me pareció tan enérgico y mordaz como en los años ochenta cuando fue un crítico abierto del régimen sandinista. Se refirió con frialdad a Alemán: “Pienso que es absolutamente culpable y si los tribunales así lo creen, él debería pagar por sus pecados para que sirva de ejemplo. Mientras se siga tolerando el robo del erario público, este país nunca va a poder salir de la pobreza. Tenemos que dejar bien claro que cualquier persona que cometa este tipo de delitos será severamente castigada.”

Le dije que ese era un sentimiento muy noble, pero ¿qué me podía decir de la hipótesis de que, al menos en parte, Bolaños había actuado impulsado por la ira cuando su predecesor se rehusó a retirarse en silencio? Me sorprendió que no lo negara. “Dicen que cuando una mariposa bate sus alas en la China, puede causar una gran reacción en otro lugar muy lejano,” me respondió. “Especialmente en la política, hay que estar consciente de que toda acción tiene sus consecuencias.”

Una alianza insólita

Durante dos décadas Bolaños ha despreciado al líder sandinista, Daniel Ortega, y hace un par de años dijo en una entrevista que la sola idea de hablar con Ortega le provocaba deseos de vomitar. Sin embargo, el escándalo de la corrupción los ha unido en la más insólita de las alianzas.

Antes de que Bolaños pudiera proceder en contra de Alemán, necesitaba persuadir a la Asamblea Nacional de que se le revocara la inmunidad parlamentaria a Alemán. La mayoría de los diputados liberales siguen siendo leales a Alemán, de manera que los votos de los diputados sandinistas eran cruciales. Ortega los concedió y Alemán fue prontamente despojado de su inmunidad, se le expulsó de la Asamblea Nacional, se le encausó y sentenció a arresto domiciliario a la espera de un veredicto.

Ortega tiene dos muy buenas razones para apoyar la campaña en contra de Alemán. La primera es que alentar una feroz batalla entre Bolaños y Alemán es una manera segura de dividir al Partido Liberal, el único que se interpone en su camino para lograr su pertinaz deseo de volver a la presidencia. La segunda es que al atacar a Alemán, Ortega puede mostrarse como enemigo de la corrupción y defensor de la moral pública. Él espera que esto ayude a que los votantes olviden el robo que él mismo cometió, cuyo más vivo ejemplo es la mansión en la que vive, confiscada a un prominente banquero en los años ochenta, cuando Ortega gobernaba el país.

El apoyo de Ortega es vital para un exitoso enjuiciamiento de Alemán, porque producto de pactos políticos, el Frente Sandinista controla de hecho el poder judicial. La juez que preside el caso de Alemán, Juana Méndez, estuvo casada con un comandante sandinista, y le debe su puesto a Ortega. El año pasado demostró su lealtad al rechazar las acusaciones de abuso sexual que la hija adoptiva de Ortega había presentado contra él. Cuando la visité en su estrecha oficina, ella parecía dispuesta a llevar adelante con mucho vigor el caso de Alemán, pero sus motivos no son del todo claros. Si por alguna razón Ortega cambiara de parecer y decidiera que se abandonara el caso, es probable que no tenga ningún problema para persuadir a la juez Méndez de que lo haga. El caso en contra de Arnoldo Alemán es pues, tanto político como jurídico.

El tercer socio en esta extraña alianza entre el presidente Bolaños y Daniel Ortega es el Gobierno de los Estados Unidos. En los años transcurridos desde la caída del gobierno sandinista en 1990, los Estados Unidos han dado a Nicaragua $1.2 mil millones en ayuda. Los funcionarios estadounidenses, al igual que sus contrapartes en otros países donantes, ya no están tan dispuestos a que su ayuda se despilfarre o a que se la roben, como sucedía cuando intentaban comprar aliados durante la guerra fría. La Ley Patriótica aprobada tras los ataques terroristas del 11 de septiembre, también otorga a los funcionarios la autoridad para perseguir a extranjeros que laven dinero a través de bancos norteamericanos. Investigadores de varias agencias del gobierno estadounidense han utilizado esa autoridad para trabajar en el caso de Alemán y compartir sus investigaciones con los fiscales nicaragüenses.

La evidencia descubierta por estos investigadores condujo a que Estados Unidos suspendiera las visas de ingreso concedidas a Alemán, a Byron Jerez —director de la oficina de recaudación de impuestos bajo su gobierno, y quien está ahora en la cárcel a la espera de los veredictos sobre varias acusaciones de corrupción—, a su exministro de finanzas, Esteban Duque Estrada, que está prófugo, y a Jorge Solís, otro ministro de la Empresa de Telecomunicaciones, también prófugo. Los funcionarios norteamericanos congelaron los bienes de Alemán en Estados Unidos, que consistían en cuentas bancarias y propiedades en la Florida por un valor total de $4.6 millones. También han brindado información a las autoridades panameñas para que congelen los bienes de Alemán en ese país, con un valor de $10.5 millones.

El impacto en América Latina

El 7 de agosto del 2002 la fiscalía nicaragüense presentó su caso contra Alemán, acusándolo de fraude, conspiración y robo de fondos públicos, entre otros crímenes. Ese mismo día el Presidente dirigió al país un discurso que se transmitió por la televisión nacional y que fue notable no sólo por lo que dijo, sino por su tono altamente emotivo.

El Presidente se dirigió expresamente a Alemán: “Arnoldo, estoy triste, dolido y desilusionado de ver la irrefutable y abrumadora evidencia de que un expresidente de la República haya planeado y cometido semejantes delitos. Les robaste las pensiones a los jubilados. Les robaste el medicamento a las enfermeras. Les robaste los salarios a los maestros. Traicionaste la confianza de nuestro pueblo. La nación exige ahora que yo declare con franqueza, claridad y honestidad que nuestro país no puede progresar si seguimos siendo rehenes de la corrupción y el fraude.”

Ningún gobernante de un país latinoamericano había pronunciado palabras semejantes sobre su predecesor en el cargo. Al proferirlas, Bolaños violó una tradición política tan firmemente arraigada como perniciosa. Desde el Río Grande hasta la Patagonia los políticos están ahora a la espera para ver si Bolaños lleva su campaña hasta su final lógico y encarcela a Alemán.

Ese sería un suceso asombroso. A lo largo de los años, muchos gobernantes latinoamericanos han sido depuestos o asesinados, pero ninguno ha sido encarcelado por robo.

Los primeros efectos de este enjuiciamiento podrían sentirse en Guatemala, donde el presidente Alfonso Portillo, viejo amigo de Alemán, comparte con él su inclinación por el hurto, según dicen. Altos funcionarios mexicanos que se han enriquecido con fondos públicos podrían también verse afectados por el ejemplo de Nicaragua. Igual podría ocurrir con el Gobierno de Paraguay, donde el presidente saliente, Luis González Macchi, a duras penas sobrevivió a la acusación formulada en su contra el año pasado, cuando se descubrió que conducía un vehículo BMW robado y fue acusado de desviar 16 millones de dólares del tesoro del Estado. Aun si ningún otro exmandatario termina en prisión, a partir de ahora aquellos que resulten electos sabrán que ya no están protegidos por la inmunidad que permitió a sus predecesores retirarse enriquecidos y seguros.

Sin embargo, esto solamente puede ocurrir si Alemán termina en la cárcel. El presidente Bolaños espera que así será, y mientras hablábamos hasta especuló sobre cuál prisión estaría mejor equipada para recluirlo en la celda justa. Al igual que la juez Méndez, los fiscales parecen decididos a propugnar por que se le condene a prisión. Sin embargo, nadie se atreve a predecir cuándo podría dictarse el veredicto final y la sentencia. “He estado haciendo esa pregunta desde el año pasado”, me dijo un diplomático extranjero.

“Siempre recibo la misma respuesta: En un par de meses tiene que haber un veredicto.”