SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 350• DEL 3 AL 9 DE AGOSTO DE 2003
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"Gosford Park"
Lucha de clases en
la escena del crimen

Juan Carlos Ampié

 

 

Es una noche tormentosa, dentro y fuera de la lujosa casa de campo de Sir William McCordle (Michael Gambon). Después de una escandalosa revelación a la hora de la cena, Sir William se ha recluido en su estudio, donde limpia amorosamente un revólver. Sus invitados a un fin de semana de cacería juegan al bridge. Algunos sirvientes terminan sus labores del día, mientras otros disfrutan furtivamente un concierto impromptu de Ivor Novello (Jeremy Northam). De repente, un grito de horror rompe la relativa calma. Un cadáver es descubierto. Patricios y plebeyos, todos son sospechosos del crimen.

Robert Altman es uno de los directores norteamericanos mas apreciados de la generación del 60, que ha sabido labrar un estilo distintivo e inimitable. Sus películas reducen la sociedad a un microcosmos específico pero sobrepoblado de personajes. Siempre existe una trama o un personaje central, pero el director promueve la improvisación entre sus actores, motivándolos a buscar sus mejores momentos en lo inesperado, haciendo un arte del irse por la tangente. Cuando el experimento funciona, los resultados son gloriosos documentos sociales (Nashville, 1975), comedias ligeras con ideas mortalmente serias (M*A*S*H, 1970); o conmovedoras exploraciones de la naturaleza humana (Shortcuts, 1993). Cuando la magia falla, quedan aburridos desfiles de banalidades (Pret-a-Porter, 1995).

Después de la tibia recepción a sus últimas dos películas, - las estimables “Cookie’s Fortune” (1999) y “Dr. T and the Women” (2001) - , “Gosford Park” representa un innegable regreso de Altman a su mejor forma.

La película encapsula el espíritu británico en la cultura popular mundial: los mejores actores del cine y teatro inglés juegan a actuar en la adaptación cinematográfica de la novela que Agatha Christie nunca escribió, mezclada con el lacerante comentario social de los cineastas comprometidos de los 60s. Que todo sea terriblemente entretenido es virtud del guión original de Julian Fellows, que además de tener una ingeniosa vena humorística, sirve para darle una estructura a Altman y erradicar el tiempo muerto de improvisaciones desafortunadas y las disgresiones estériles que plagan sus trabajos menores.

La película funciona como un fascinante estudio de una sociedad de clases. La servidumbre vive en los sótanos, mientras los señores conviven en lujosos salones sobre la superficie. Bajo tierra, los sirvientes de los visitantes son identificados por el apellido de sus señores. En la mesa de la cocina, también se atiende rigurosamente el protocolo de rango a la hora de decidir el orden de sentado.

La superficie de la película es rica en detalle y significado. Su fondo también es de primera: a pesar de su sensibilidad social, la película nunca peca de demagógica. Cada bando es tratado de igual forma, con iguales medidas de compasión y cinismo. Amos y sirvientes; ricos y pobres; los que tienen alcurnia sin plata y los que tienen plata sin alcurnia…todo se confunden bajo la superficie, entre relaciones licenciosas, engaños, odios y amores. Los rituales se mantienen con perezosa inercia, mientras las costumbres se relajan bajo el peso de la conveniencia. Altman documenta con viveza el ocaso de un orden social en el fin de su cuerda.

Pero no debemos olvidar que aquí se ha cometido un crimen. Tendrá que descubir por si mismo quien muere, cómo y porqué. La tarea es un placer cuando los sospechosos incluyen a viejas glorias como Alan Bates, Derek Jacobi; soberbias actrices como Hellen Mirren y Maggie Smith; nuevas estrellas de peso como Emily Watson y Clive Owen. Hay tanto que ver y gozar en “Gosford Park” que una sola visita no puede bastar.

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