|
"Gosford Park"
Lucha de clases en
la escena del crimen
Juan Carlos Ampié
Es una noche tormentosa, dentro
y fuera de la lujosa casa de campo de Sir William McCordle
(Michael Gambon). Después de una escandalosa
revelación a la hora de la cena, Sir William
se ha recluido en su estudio, donde limpia amorosamente
un revólver. Sus invitados a un fin de semana
de cacería juegan al bridge. Algunos sirvientes
terminan sus labores del día, mientras otros
disfrutan furtivamente un concierto impromptu de Ivor
Novello (Jeremy Northam). De repente, un grito de horror
rompe la relativa calma. Un cadáver es descubierto.
Patricios y plebeyos, todos son sospechosos del crimen.
Robert Altman es uno de los directores
norteamericanos mas apreciados de la generación
del 60, que ha sabido labrar un estilo distintivo e
inimitable. Sus películas reducen la sociedad
a un microcosmos específico pero sobrepoblado
de personajes. Siempre existe una trama o un personaje
central, pero el director promueve la improvisación
entre sus actores, motivándolos a buscar sus
mejores momentos en lo inesperado, haciendo un arte
del irse por la tangente. Cuando el experimento funciona,
los resultados son gloriosos documentos sociales (Nashville,
1975), comedias ligeras con ideas mortalmente serias
(M*A*S*H, 1970); o conmovedoras exploraciones de la
naturaleza humana (Shortcuts, 1993). Cuando la magia
falla, quedan aburridos desfiles de banalidades (Pret-a-Porter,
1995).
Después de la tibia recepción
a sus últimas dos películas, - las estimables
“Cookie’s Fortune” (1999) y “Dr.
T and the Women” (2001) - , “Gosford Park”
representa un innegable regreso de Altman a su mejor
forma.
La película encapsula el
espíritu británico en la cultura popular
mundial: los mejores actores del cine y teatro inglés
juegan a actuar en la adaptación cinematográfica
de la novela que Agatha Christie nunca escribió,
mezclada con el lacerante comentario social de los cineastas
comprometidos de los 60s. Que todo sea terriblemente
entretenido es virtud del guión original de Julian
Fellows, que además de tener una ingeniosa vena
humorística, sirve para darle una estructura
a Altman y erradicar el tiempo muerto de improvisaciones
desafortunadas y las disgresiones estériles que
plagan sus trabajos menores.
La película funciona como
un fascinante estudio de una sociedad de clases. La
servidumbre vive en los sótanos, mientras los
señores conviven en lujosos salones sobre la
superficie. Bajo tierra, los sirvientes de los visitantes
son identificados por el apellido de sus señores.
En la mesa de la cocina, también se atiende rigurosamente
el protocolo de rango a la hora de decidir el orden
de sentado.
La superficie de la película
es rica en detalle y significado. Su fondo también
es de primera: a pesar de su sensibilidad social, la
película nunca peca de demagógica. Cada
bando es tratado de igual forma, con iguales medidas
de compasión y cinismo. Amos y sirvientes; ricos
y pobres; los que tienen alcurnia sin plata y los que
tienen plata sin alcurnia…todo se confunden bajo
la superficie, entre relaciones licenciosas, engaños,
odios y amores. Los rituales se mantienen con perezosa
inercia, mientras las costumbres se relajan bajo el
peso de la conveniencia. Altman documenta con viveza
el ocaso de un orden social en el fin de su cuerda.
Pero no debemos olvidar que aquí
se ha cometido un crimen. Tendrá que descubir
por si mismo quien muere, cómo y porqué.
La tarea es un placer cuando los sospechosos incluyen
a viejas glorias como Alan Bates, Derek Jacobi; soberbias
actrices como Hellen Mirren y Maggie Smith; nuevas estrellas
de peso como Emily Watson y Clive Owen. Hay tanto que
ver y gozar en “Gosford Park” que una sola
visita no puede bastar.
|