SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 343• DEL 15 AL 21 DE JUNIO DE 2003
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Holocausto personal
El Pianista

Juan Carlos Ampié

 

Un pianista toca impasible en un estudio de grabación. Su nombre es Wladyslaw Szpilman (Adrien Brody), uno de los mejores músicos de Polonia. A pesar de la construcción hermética de la cabina donde se encuentra, el eco sordo de explosiones retumba sobre la música, cada vez más fuerte. El hombre sigue tocando, sin inmutarse.

El personal visible a través de la ventana emprende la retirada. El hombre sigue tocando. No es hasta que las ventanas estallan y escombros se desprenden del techo, que el pianista decide abandonar su instrumento y unirse a la gente que huye fuera del edificio. Esta escena es el inicio de “El Pianista”, la película que como salida de la nada, ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes en el 2002, y se llevó tres Oscares de la Academia este año.

La magnitud de la tragedia del holocausto, sumada a la afinidad que la industria de Hollywood siente por la causa del pueblo judío, han hecho de este episodio histórico uno de los mas visitados por el cine. El episodio ha sido usado por talentos establecidos para ganar validación (Spielberg y su Schindler’s List, 1992); o por advenedizos para conquistar la taquilla internacional (Benigni y La Vita e Bella, 1998) De hecho, el tema se ha convertido casi en un cliché, un atajo a la trascendencia. ¿Qué más se puede decir sobre el holocausto?

La clave no está en decir algo nuevo per se, sino en cómo decir lo que instintivamente ya sabemos. “El Pianista”, anuncia el regreso de Roman Polanski a la órbita de los mejores directores de nuestros días, después de pasar años perdidos en trabajos menores protagonizados por su esposa, la actriz francesa Emmanuel Seigner.

Su visión no viene informada por películas que sobre-dramatizan lo incomprensible, o tratan de darle forma narrativa, encontrar justificaciones, reconfortar. Polanski insiste en presentar la historia desde el punto de vista objetivo de un individuo, sin buscar respuestas fáciles ni falsos consuelos. Esta claridad solo puede venir de la experiencia misma. Aunque el guión está basado en la autobiografía del pianista polaco Wladyslaw Szpilman, las memorias del propio Polanski – también un judío sobreviviente del exterminio facista – informan y definen la claridad de su visión.

La escala de la película puede ser épica, pero su enfoque es decididamente intimista. La cámara de Polanski marca la pauta, observando los trágicos resultados desde la distancia, en tomas abiertas y planos medios, sin el dramatismo tremendista del close-up y el montaje rápido. No hay morbosidad en su visión, no hay ningún intento por explotar la tragedia para conmover a la fuerza al espectador. Tampoco se niega el impacto emocional que puede dejar. Adrien Brody, en una implosiva interpretación que le ganó un Oscar, deja que las emociones fluyan a través de sus ojos y lenguaje corporal, sin histrionismo. Brody como Szpilman simplemente existe, en un mundo civilizado que poco a poco se convierte en un infierno donde lo terrible es simplemente cotidiano.

Más que la historia de un magnicidio, es una historia de sobrevivencia. Spillman es como un náufrago de la historia, negociando los elementos mas básicos de la sobrevivencia con un ambiente cada vez mas hostil. Atrapado en un apartamento abandonado sin comida ni agua; tocando una pieza de piano sobre el aire, sin posar los dedos en las teclas; Brody y Polanski encuentran la heroicidad en los detalles más mundanos, sin mitificar – y por ende, deshumanizar – sus acciones.

El estilo favorecido por Polanski es sencillo, pero no simplifica la historia entre buenos y malos, santos y demonios: el policía judío que deja montar a los Szpilman en el vagón que los lleva a Treblinka deja escapar a Wladyslaw. Actos aleatorios de compasión coexisten con la crueldad.

La casualidad ayuda o condena. La muerte y la salvación están a la vuelta de la esquina. Como en la vida misma; antes, durante y después del holocausto.

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