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Holocausto personal
El Pianista
Juan Carlos Ampié
Un pianista toca impasible en un
estudio de grabación. Su nombre es Wladyslaw
Szpilman (Adrien Brody), uno de los mejores músicos
de Polonia. A pesar de la construcción hermética
de la cabina donde se encuentra, el eco sordo de explosiones
retumba sobre la música, cada vez más
fuerte. El hombre sigue tocando, sin inmutarse.
El personal visible a través
de la ventana emprende la retirada. El hombre sigue
tocando. No es hasta que las ventanas estallan y escombros
se desprenden del techo, que el pianista decide abandonar
su instrumento y unirse a la gente que huye fuera del
edificio. Esta escena es el inicio de “El Pianista”,
la película que como salida de la nada, ganó
la Palma de Oro en el Festival de Cannes en el 2002,
y se llevó tres Oscares de la Academia este año.
La magnitud de la tragedia del
holocausto, sumada a la afinidad que la industria de
Hollywood siente por la causa del pueblo judío,
han hecho de este episodio histórico uno de los
mas visitados por el cine. El episodio ha sido usado
por talentos establecidos para ganar validación
(Spielberg y su Schindler’s List, 1992); o por
advenedizos para conquistar la taquilla internacional
(Benigni y La Vita e Bella, 1998) De hecho, el tema
se ha convertido casi en un cliché, un atajo
a la trascendencia. ¿Qué más se
puede decir sobre el holocausto?
La clave no está en decir
algo nuevo per se, sino en cómo decir lo que
instintivamente ya sabemos. “El Pianista”,
anuncia el regreso de Roman Polanski a la órbita
de los mejores directores de nuestros días, después
de pasar años perdidos en trabajos menores protagonizados
por su esposa, la actriz francesa Emmanuel Seigner.
Su visión no viene informada
por películas que sobre-dramatizan lo incomprensible,
o tratan de darle forma narrativa, encontrar justificaciones,
reconfortar. Polanski insiste en presentar la historia
desde el punto de vista objetivo de un individuo, sin
buscar respuestas fáciles ni falsos consuelos.
Esta claridad solo puede venir de la experiencia misma.
Aunque el guión está basado en la autobiografía
del pianista polaco Wladyslaw Szpilman, las memorias
del propio Polanski – también un judío
sobreviviente del exterminio facista – informan
y definen la claridad de su visión.
La escala de la película
puede ser épica, pero su enfoque es decididamente
intimista. La cámara de Polanski marca la pauta,
observando los trágicos resultados desde la distancia,
en tomas abiertas y planos medios, sin el dramatismo
tremendista del close-up y el montaje rápido.
No hay morbosidad en su visión, no hay ningún
intento por explotar la tragedia para conmover a la
fuerza al espectador. Tampoco se niega el impacto emocional
que puede dejar. Adrien Brody, en una implosiva interpretación
que le ganó un Oscar, deja que las emociones
fluyan a través de sus ojos y lenguaje corporal,
sin histrionismo. Brody como Szpilman simplemente existe,
en un mundo civilizado que poco a poco se convierte
en un infierno donde lo terrible es simplemente cotidiano.
Más que la historia de un
magnicidio, es una historia de sobrevivencia. Spillman
es como un náufrago de la historia, negociando
los elementos mas básicos de la sobrevivencia
con un ambiente cada vez mas hostil. Atrapado en un
apartamento abandonado sin comida ni agua; tocando una
pieza de piano sobre el aire, sin posar los dedos en
las teclas; Brody y Polanski encuentran la heroicidad
en los detalles más mundanos, sin mitificar –
y por ende, deshumanizar – sus acciones.
El estilo favorecido por Polanski
es sencillo, pero no simplifica la historia entre buenos
y malos, santos y demonios: el policía judío
que deja montar a los Szpilman en el vagón que
los lleva a Treblinka deja escapar a Wladyslaw. Actos
aleatorios de compasión coexisten con la crueldad.
La casualidad ayuda o condena.
La muerte y la salvación están a la vuelta
de la esquina. Como en la vida misma; antes, durante
y después del holocausto.
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