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Una salida para Nicaragua
A veces les decimos a los
jóvenes que pertenecen a pandillas que están
frente a dos puertas imaginarias: una sin salida, la
del delito y la violencia y la otra, de opción
por la paz, que les abre camino hacia numerosas posibilidades.
Algo parecido le pasa a nuestro país, o impulsamos
reformas a la Constitución que fortalezcan las
instituciones, o nos arriesgamos a ver a Nicaragua convertida
en otro narco-estado, vulnerable a las presiones de
las mafias locales e internacionales.
Este no es sólo un
desafío para Nicaragua, sino para tantas naciones
agobiadas por el peso de la deuda externa y de las injustas
condiciones del comercio internacional, que protegen
los intereses de las naciones grandes.
Ciertamente, el empobrecimiento de nuestros países
está fomentando el desarrollo de una economía
paralela y clandestina, que involucra a un creciente
número de personas en los negocios de la droga,
el contrabando, las apuestas, el tráfico de armas
o vehículos, de mujeres, niños y emigrantes.
Esta otra economía ilegal está compitiendo
desde hace mucho con la oficial, por un simple asunto
de precios, ganancias y oportunidades.
Pero no podemos seguir así. Este camino hacia
la “lumpenización” del país,
no representa ninguna opción sino un atolladero
que nos atrapa en la descomposición moral y la
corrupción, la violencia y el derrumbe institucional.
Así como el consumo
de drogas no es más que un engañoso paliativo
para el dolor de los pobres, así el narcotráfico,
el delito y la corrupción representan una peligrosa
trampa para Nicaragua.
Ante estas opciones estamos,
ni más ni menos, a la hora de demandar a los
diputados que opten por el camino que conviene al país,
aún si esta decisión afecta sus intereses
de partido o sus conveniencias personales. Para ello
se hace tan necesaria la capacidad de presión,
movilización, persuasión e influencia
que demuestren las fuerzas sociales.
No es asunto de acomodarnos
a los que ellos nos imponen con el pretexto de aspirar
a “lo posible” en tanto no podemos conseguir
“lo deseable”. Es asunto de que lo deseable
es de sobrevivencia para el país, y por lo tanto
debemos hacerlo posible.
Seguir atados al chantaje
político, es peligroso para Nicaragua. En vez
de aceptar este juego deberíamos profundizar
la lucha interna dentro de los partidos entre quienes
apuestan por la democratización y la despolitización
de las instituciones, y aquellos que continúan
en los amarres y la conspiración para perpetuarse
en el poder, aún cuando se saben cuestionados.
Al igual que ocurrió
con la desaforación de Alemán, que también
le parecía imposible a muchos, el tema de las
reformas constitucionales debe convocar a una amplia
alianza nacional, porque en ellas se juega la confianza
en el Estado, la estabilidad económica y la seguridad
ciudadana.
Hay muchas tentaciones, a través del juego político,
de retroceder lo andado y ver liberado al ex–presidente
a punta de maniobras parlamentarias. Lo peor sería
que los esfuerzos por hacer justicia sucumban a los
errores del gobierno, si ahora se da la imagen de que
los esfuerzos por democratizar el país, han sido
el producto de estratagemas partidarias.
Frente a la confusión
que muchas personas tienen, la presión pública
debería darnos ánimos para continuar esta
batalla. Ya vimos como en cuestión de horas se
organizó en Costa Rica una amplia movilización
que en su momento detuvo la privatización de
la empresa nacional de comunicaciones y obligó
a respetar la voluntad popular.
Esto nos recuerda la necesidad
de tener un sentido de nación por lo menos en
lo que se refiere a los temas trascendentales. Para
hacerlo, y actuar por consenso, debemos abandonar la
retórica política hueca alrededor del
concepto “democracia” y empezar a transformarla
en demandas de nuevos espacios de participación
y de incidencia sociales.
Unas reformas comprendidas
y defendidas por la población, van a sentar las
bases para la estabilidad institucional futura que tanto
necesitamos. Hasta ahora, las grandes decisiones nacionales
han sido tomadas por grupos privilegiados y muchas veces
corruptos, frente a una ciudadanía que observa
desde lejos, desalentada por sus trucos legislativos,
jurídicos y electorales.
No veo porqué debamos
aceptar sumisamente ahora, que la justicia se subordine
a los intereses de estas cúpulas en algo tan
decisivo para la independencia del Poder Judicial, como
es la elección de los magistrados de la Corte
Suprema. No se trata de escoger por tómbola o
dedazo, ni por medio de conspiraciones, sino de luchar
porque tales elecciones sean el resultado de una Reforma
Constitucional que garantice su transparencia.
Debemos hacer frente como
sociedad a la imposición bipartidista y al caudillismo
político. Es la única manera de aumentar
la credibilidad de todos los sectores en los principios
y mecanismos de la democracia.
Quienes creen que porque
somos un país empobrecido estaremos condenados
a vivir de acuerdo a la voluntad arbitraria de estas
minorías se equivocan. Tenemos derecho a pensar,
opinar y participar libremente en la vida política.
Nicaragua tiene derecho a una salida hacia la democracia.
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