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Desastre de verdad
Juan Carlos Ampié
“El Núcleo”
sería una buena película si estuviéramos
en los años setenta, el espectador tuviera ocho
años, y la viera como segunda selección
en una función de matinée. A falta de
esas condiciones, se presenta como lo que es: un homenaje
al sub-género proletario del cine desastre. Es
más afortunado que sus fuentes de inspiración,
porque la suerte quiso que apareciera ahora, en la época
en que los ejercicios de género más ineptos
reciben tratamiento de primera línea. No es el
fin del mundo, es solo el negocio del cine en el siglo
XXI.
O talvez dejó de girar el
núcleo de la tierra. Al menos esa es la premisa
que debemos aceptar, después de largas escenas
de verborrea pseudo-científica y despliegues
de destrucción masiva alrededor de monumentos
reconocibles. Todo indica que es el fin del mundo, hasta
que una tripulación multi-étnica y multi-generacional
es ensamblada para tratar de revertir el problema.
Los héroes designados son
actores y actrices de carácter: Aaron Eckhart
(el protagonista fetiche de Neil LaBute), Hillary Swank
(ganadora del Oscar en 1999 por Boys Don’t Cry,
de Kimberly Pierce) y Bruce Greenwood (visto por última
vez haciendo de JFK en 13 Dias).
La etnia afro-americana está
representada por los excelentes Delroy Lindo - rente
Clockers (Spike Lee, 1996) – y Alfre Woodard,
obligada a usar la peor peluca de su carrera. El estimable
Stanley Tucci, bajando un peldaño más
abajo de su último proyecto, la reciente Maid
in Manhattan (Wayne Wang, 2002), parece estar poseido
por el espíritu del Profesor Smith de la serie
de TV Perdidos en el Espacio. El resto del mundo está
representando por el francés Tcheky Karyo, mejor
conocido por ser el entrenador de La Femme Nikita (Luc
Besson, 1990).
La total ausencia de estrellas
taquilleras, sumada a los efectos especiales digitales
menos convincentes de la historia del cine, contribuyen
a darle a la empresa el elusivo encanto del perdedor
absoluto. Como las viejas películas de Godzila
, que ni siquiera trataban de disimular las maquetas
que hacian las veces de Tokio, “El Núcleo”
acepta su artificial mediocridad. Se embriaga en ella
y procede a ignorarla. Contra todas las apuestas, juega
en serio.
Olvide la trama. La verdadera heroicidad
está en los actores, no en sus personajes. Es
todo un espectáculo ver con que seriedad tratan
las caricaturas que les dan, aprovechando cualquier
descuido para inyectarles algo de humanidad, mientras
esperan su turno para convertirse en mártires
de la ciencia ficción de descuento. Si eso no
es drama de primera categoría, no se que es.
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