SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 339• DEL 18 AL 24 DE MAYO DE 2003
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Desastre de verdad

Juan Carlos Ampié

Eckhart y Swank: bienvenidos al fondo de sus carreras

 

“El Núcleo” sería una buena película si estuviéramos en los años setenta, el espectador tuviera ocho años, y la viera como segunda selección en una función de matinée. A falta de esas condiciones, se presenta como lo que es: un homenaje al sub-género proletario del cine desastre. Es más afortunado que sus fuentes de inspiración, porque la suerte quiso que apareciera ahora, en la época en que los ejercicios de género más ineptos reciben tratamiento de primera línea. No es el fin del mundo, es solo el negocio del cine en el siglo XXI.

O talvez dejó de girar el núcleo de la tierra. Al menos esa es la premisa que debemos aceptar, después de largas escenas de verborrea pseudo-científica y despliegues de destrucción masiva alrededor de monumentos reconocibles. Todo indica que es el fin del mundo, hasta que una tripulación multi-étnica y multi-generacional es ensamblada para tratar de revertir el problema.

Los héroes designados son actores y actrices de carácter: Aaron Eckhart (el protagonista fetiche de Neil LaBute), Hillary Swank (ganadora del Oscar en 1999 por Boys Don’t Cry, de Kimberly Pierce) y Bruce Greenwood (visto por última vez haciendo de JFK en 13 Dias).

La etnia afro-americana está representada por los excelentes Delroy Lindo - rente Clockers (Spike Lee, 1996) – y Alfre Woodard, obligada a usar la peor peluca de su carrera. El estimable Stanley Tucci, bajando un peldaño más abajo de su último proyecto, la reciente Maid in Manhattan (Wayne Wang, 2002), parece estar poseido por el espíritu del Profesor Smith de la serie de TV Perdidos en el Espacio. El resto del mundo está representando por el francés Tcheky Karyo, mejor conocido por ser el entrenador de La Femme Nikita (Luc Besson, 1990).

Woodar y su peluca: encuentros cercanos
con defectos especiales

 

La total ausencia de estrellas taquilleras, sumada a los efectos especiales digitales menos convincentes de la historia del cine, contribuyen a darle a la empresa el elusivo encanto del perdedor absoluto. Como las viejas películas de Godzila , que ni siquiera trataban de disimular las maquetas que hacian las veces de Tokio, “El Núcleo” acepta su artificial mediocridad. Se embriaga en ella y procede a ignorarla. Contra todas las apuestas, juega en serio.

Olvide la trama. La verdadera heroicidad está en los actores, no en sus personajes. Es todo un espectáculo ver con que seriedad tratan las caricaturas que les dan, aprovechando cualquier descuido para inyectarles algo de humanidad, mientras esperan su turno para convertirse en mártires de la ciencia ficción de descuento. Si eso no es drama de primera categoría, no se que es.

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