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La película
• ”Comisiones de paz,
una historia para contar” es un documental de
28 minutos que retrata la vida cotidiana de una comunidad
campesina. Esta una parte de las muchas historias que
hay detrás de la película.
Por primera vez en su vida se veían
a sí mismos en una pantalla. Eran más
de trescientos campesinos. Hombres, mujeres y niños.
Algunos sentados. Otros, los más, de pie. Todos
atentos. Como seducidos absolutamente. Se miraban en
una sucesión de imágenes. Reconocían
en cada una los lugares, los objetos, los pequeños
animales domésticos, las diferentes situaciones.
Nosotros, por el contrario, estábamos
detrás de la pantalla. Mirábamos los rostros,
apenas perfilados en la noche. Observábamos con
mucha atención los gestos, las expresiones, el
brillo de los ojos en la penumbra.
Los más jóvenes se
ubicaron delante de todos. Casi pegados a la improvisada
pantalla. Alborotaban y reían cuando se reconocían
a sí mismos en las imágenes. Bromeaban
con las pequeñas cosas. Los mayores observaban
en silencio. Con sorpresa. Pero cuando aparecía
el testimonio de la gente más respetada de la
comarca, todos escuchaban atentos. Oían cada
palabra. Con mucho respeto. Algunas mujeres cargaban
a los más pequeños en sus brazos dormidos
por la hora de la noche.
Cada escena fue trabajada en ese
mismo lugar. En esas montañas. Con ellos mismos
como actores. Representando, en lo posible, su propia
vida cotidiana. Cada tramo de la filmación fue
construida cuidadosamente para formar el todo. Desde
el punto de vista de los campesinos se vivió
cada una de esas tomas y actuaciones como parte desordenada
y sin conexión. Pero esta vez, presentada como
un todo coherente, con el relato de fondo, con su música
y los sonidos naturales, era otra cosa. Era la vida.
Su vida. La de esos cientos de mujeres y hombres que
nunca actuaron ni simularon nada. Que simplemente viven
tal cual son.
Juana Montenegro, con su hijita
dormida en brazos y otro de sus pequeños tironeando
de su falda por el sueño, miraba en silencio
y con suma atención. Y sin apartar la vista de
la proyección en un solo instante, dijo: …
“está muy buena la película…
es así como somos. Esos son nuestros problemas.
Así vivimos nosotros”.
Cuando concluía la proyección,
pedían que fuera repetida. Y con el mismo interés
vivían una y otra vez su asombro. Por primera
vez en sus vidas.
Cargamos el equipo, la planta eléctrica,
la pantalla fabricada para esa oportunidad y todo lo
necesario para compartir con aquellos pobladores la
experiencia de una película hecha por ellos mismos.
Cargamos todos esos equipos por más de dos horas
en mula desde Bocas de Golondrina sobre el río
Bocay, hasta la comunidad de Las Torres. El sendero
estaba muy malo. Había llovido la noche anterior.
Dos de nuestros animales tuvieron pequeños accidentes
dificultando aún más el viaje.
Una lección para todos
Hubo una fiesta esa noche. Hubo
canciones y baile. Hubo carne asada. Hubo mucha alegría.
Como hacía mucho tiempo no ocurría. La
proyección juntó a la gente. Lo demás
completó el marco de una noche inolvidable.
Tal vez nos resulte difícil creerlo, pero la
gran mayoría de esos campesinos nunca estuvieron
frente a una pantalla de cine. Y la televisión,
sólo en San José de Bocay, se mira algunas
veces cuando se visita el pueblo.
No sabemos, a ciencia cierta, si
con la realización de esta película hemos
logrado aportar a una suerte de síntesis de los
aspectos relevantes de la vida de estos pobladores.
Pero sí creemos haber hecho un esfuerzo por aproximarnos
a ello. Y en este caso un corto metraje testimonial
de sus propias vidas cotidianas puede haber sido un
buen intento en esa dirección. Sólo observar
y escuchar sus expresiones y sus silencios durante la
proyección, fue una experiencia única.
Impensada. Fantástica. Una experiencia pedagógica
para ellos y también para nosotros.
Al fin de cuentas, el esfuerzo
que hagamos por representar la vida en las montañas
de Nicaragua, será un esfuerzo incompleto. Porque
incompleto es nuestro concepto sobre ese mundo. Siempre
lo nuestro es una apreciación desde afuera. Y
la técnica de la filmación y construcción
del testimonio fílmico, puede ayudarnos. Por
tratar de mostrar desde las imágenes, el discurso,
los gestos, la música, el baile y el alimento,
quiénes son estas personas. Cuál es su
lucha. Cuáles sus preocupaciones. Su historia.
Un número muy grande de
nicaragüenses viven así. Sufren esas penurias.
Y luchan por sostener su dignidad muchas veces lastimada.
Acercarse a ellos es un desafío muy grande. Es
intentar dejar en Managua, donde comenzamos nuestro
viaje, muchos prejuicios sobre esa realidad. Cosa que
no es fácil. Y luego disponerse a entrar en un
mundo donde los códigos son diferentes.
Aunque apenas nos separen de ellos
300 kilómetros desde nuestra cómoda capital,
la distancia parece mucho mayor.
La proyección de la película
en la comunidad de Las Torres de Golondrina fue una
experiencia total. Para ellos y para nosotros. Todos
aprendimos algo muy importante esa noche. Ellos, que
las diferentes escenas de la filmación constituían
un todo más grande: la vida de esas comunidades.
O, al menos una aproximación a ella. Nosotros
descubrimos una herramienta pedagógica: la filmación
y su impacto en esos 300 campesinos.
El campesino, protagonista
Ellos se vieron por primera
vez como protagonistas. Y su testimonio fue tomado en
cuenta. Su testimonio tuvo un lugar de gran importancia
en la película. Así se contribuyó
a revalorizar la palabra de esos sectores sociales y
su sabiduría profunda.
Nosotros aprendimos, una
vez más, que si hacemos el esfuerzo por observar
y escuchar, estaremos en mejores condiciones de ayudar
a reconstruir una forma de vida y un pensamiento que
representa a la inmensa mayoría de nuestros hermanos
del campo.
Y, cosa muy importante, desde
la práctica misma de la filmación, surgieron
actores no previstos, discursos no esperados. Y esto
enriqueció especialmente la forma y el contenido
de nuestro trabajo.
Pusimos a prueba el filme. Lo hicimos entre estudiantes
universitarios. Entre
intelectuales y docentes. Entre directores de programas
sociales. Lo proyectamos en Montevideo en un seminario.
En el noroeste de Argentina. Se está viendo en
nuestra sede en Washington. Y en todos los casos despertó
reflexiones y preocupaciones. Y esto es una buena lección.
Pero, muy especialmente,
lo pusimos a prueba entre los actores reales de la vida
campesina. Una vida que todavía no nos animamos
a comprender. Y en sus miradas sorprendidas, en sus
comentarios y en sus silencios, en todo eso, percibimos
que ellos fueron alcanzados por un sentimiento de plenitud.
De reencuentro y valorización de sí mismos.
De dignidad.
Nos habíamos acercado mucho más a esos
hombres y mujeres. A su mundo. A sus sentimientos. No
olvidaremos esa jornada.
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