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Procedimiento rutinario
Juan Carlos Ampié
Robert De Niro es una de las nuevas
viejas glorias de Hollywood, a la par de Jack Nicholson
y Al Pacino, que han encontrado una buena manera de
pasar el otoño de sus carreras. Dividen su tiempo
entre proyectos francamente comerciales, y películas
de perfil más bajo con ambiciones que van mas
allá de la caja registradora en la taquilla.
Una para la billetera, otra para el corazón.
Puede reconocer las segundas por la total ausencia de
manerismos y guiños referenciales a su personalidad
pública. Como liberados del yugo de las recaudaciones,
tratan de hacer lo que en primer lugar los hizo famosos,
es decir, desaparecer bajo la piel de un personaje.
Actuar.
Eso es lo que hace De Niro en “La
Marca del Asesino”, interpretando al policía
Vincent LaMarca, investigador estrella del distrito
sur de Manhattan. Sin familia aparente, su vida privada
se reduce a una tentativa relación amorosa con
su vecina, Michelle (Frances McDormand). Pero el impecable
policía tiene esqueletos en el closet, entre
ellos Joey (James Franco), el hijo que dejó años
atrás al destruirse su matrimonio.
Joey es un junkie irredento, que
se ve involucrado en el asesinato de un expendedor de
drogas. Por supuesto que su padre es asignado al caso,
lo que pone a ambos en el camino a una aparatosa colisión
con el pasado.
Aquí hay suficiente melodrama
familiar como para alimentar a varias telenovelas, pero
la película se asemeja más a otra constante
televisiva, el drama policíaco en su variante
más anticuada. No faltan el resbaloso criminal
motorizado —un caricaturesco John Forsythe—
y el proverbial compañero de patrulla que correrá
la suerte de todos los compañeros de patrulla.
La película es tan genérica como el título
que se le ha asignado para su distribución en
el mercado hispanoparlante.
La dirección del inglés
Michael Caton Jones, reuniéndose 10 años
después con su protagonista de “This Boy’s
Life” (1993), es impersonal. No puede invocar
el sentido de nostalgia que el ambiente ruinoso de Long
Beach le exige, ni elevar su visión sobre la
banalidad del guión.
Una vez dicho eso, debe reconocerse
que el sólido trabajo de sus protagonistas es
ejemplar. Las mejores escenas son los momentos quietos
que DeNiro y McDormand comparten. La actriz-fetiche
de los hermanos Joel y Ethan Coen, ganadora del Oscar
en 1996 por “Fargo” —y a quien más
recientemente hemos visto en “El Hombre que Nunca
Estuvo Ahí” (The Man Who Wasn’t There,
2001)— , hace milagros con el ingrato papel de
la “novia”.
Note con que economía proyecta
sus emociones conflictivas en la escena en que De Niro
cumple su deseo de exponer todos sus secretos. Y la
vacilación con que ambos se enfrascan en su tímido
romance es conmovedora. En mano de actores menores,
los personajes se hundirían en los clichés
que les sirven de punto de partida; pero en manos de
expertos, evocan toda una vida de fracasos y desilusiones
en unos pocos gestos.
Uno quisiera que la película
se dedicara solo a ellos, en sus maduros intentos por
vivir el uno con el otro sin hacerse daño; pero
De Niro debe ejecutar una redención más
tradicional, siguiendo los pasos de un procedimiento
policiaco-televisivo convencional. Cuando la trama principal
se siente como una distracción innecesaria, sabemos
que estamos en problemas.
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