SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 336• DEL 27 DE ABRIL AL 03 DE MAYO DE 2003
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Juan Carlos Ampié

 

Robert De Niro es una de las nuevas viejas glorias de Hollywood, a la par de Jack Nicholson y Al Pacino, que han encontrado una buena manera de pasar el otoño de sus carreras. Dividen su tiempo entre proyectos francamente comerciales, y películas de perfil más bajo con ambiciones que van mas allá de la caja registradora en la taquilla. Una para la billetera, otra para el corazón. Puede reconocer las segundas por la total ausencia de manerismos y guiños referenciales a su personalidad pública. Como liberados del yugo de las recaudaciones, tratan de hacer lo que en primer lugar los hizo famosos, es decir, desaparecer bajo la piel de un personaje. Actuar.

Eso es lo que hace De Niro en “La Marca del Asesino”, interpretando al policía Vincent LaMarca, investigador estrella del distrito sur de Manhattan. Sin familia aparente, su vida privada se reduce a una tentativa relación amorosa con su vecina, Michelle (Frances McDormand). Pero el impecable policía tiene esqueletos en el closet, entre ellos Joey (James Franco), el hijo que dejó años atrás al destruirse su matrimonio.

Joey es un junkie irredento, que se ve involucrado en el asesinato de un expendedor de drogas. Por supuesto que su padre es asignado al caso, lo que pone a ambos en el camino a una aparatosa colisión con el pasado.

Aquí hay suficiente melodrama familiar como para alimentar a varias telenovelas, pero la película se asemeja más a otra constante televisiva, el drama policíaco en su variante más anticuada. No faltan el resbaloso criminal motorizado —un caricaturesco John Forsythe— y el proverbial compañero de patrulla que correrá la suerte de todos los compañeros de patrulla. La película es tan genérica como el título que se le ha asignado para su distribución en el mercado hispanoparlante.

La dirección del inglés Michael Caton Jones, reuniéndose 10 años después con su protagonista de “This Boy’s Life” (1993), es impersonal. No puede invocar el sentido de nostalgia que el ambiente ruinoso de Long Beach le exige, ni elevar su visión sobre la banalidad del guión.

Una vez dicho eso, debe reconocerse que el sólido trabajo de sus protagonistas es ejemplar. Las mejores escenas son los momentos quietos que DeNiro y McDormand comparten. La actriz-fetiche de los hermanos Joel y Ethan Coen, ganadora del Oscar en 1996 por “Fargo” —y a quien más recientemente hemos visto en “El Hombre que Nunca Estuvo Ahí” (The Man Who Wasn’t There, 2001)— , hace milagros con el ingrato papel de la “novia”.

Note con que economía proyecta sus emociones conflictivas en la escena en que De Niro cumple su deseo de exponer todos sus secretos. Y la vacilación con que ambos se enfrascan en su tímido romance es conmovedora. En mano de actores menores, los personajes se hundirían en los clichés que les sirven de punto de partida; pero en manos de expertos, evocan toda una vida de fracasos y desilusiones en unos pocos gestos.

Uno quisiera que la película se dedicara solo a ellos, en sus maduros intentos por vivir el uno con el otro sin hacerse daño; pero De Niro debe ejecutar una redención más tradicional, siguiendo los pasos de un procedimiento policiaco-televisivo convencional. Cuando la trama principal se siente como una distracción innecesaria, sabemos que estamos en problemas.

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