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Carta abierta a la Embajadora
de Estados Unidos
Sra. Barbara Moore
Embajada de los Estados Unidos
Managua.
Sra. Embajadora:
En sus artículos del 14
de marzo y del 16 de abril del corriente año,
publicados por La Prensa, usted agradece “la adhesión
de Nicaragua a la coalición mundial” que
apoyó la guerra contra Irak. Permítame
que como nicaragüense le solicite, encarecidamente,
que en el futuro aclare a cuál Nicaragua dirige
usted sus artículos y sus agradecimientos.
Usted tendría que saber
que en nuestro país existen dos sueños
nacionales, dos aspiraciones colectivas, dos Nicaraguas.
Una de ellas está compuesta por mujeres y hombres
para quienes la dignidad nacional no se negocia en Washington.
Esta es la Nicaragua de Andrés Castro, Benjamín
Zeledón, Augusto César Sandino, Rubén
Darío, Salomón de la Selva y muchos otros
más. Esta es la Nicaragua que, a pesar de su
pobreza, y de nuestros grandes pecados de acción
y de omisión, no renuncia y no renunciará
jamás a la aspiración de vivir en paz,
justicia, y libertad.
Existe otra Nicaragua, que sospecho
que es a la que usted hace referencia en sus artículos:
la de Adolfo Díaz, José María Moncada,
los Somoza, y otros. Esta es la Nicaragua del oportunismo
y la resignación: la Nicaragua que no tiene ni
poetisas ni cantores, ni argumentos ni escritores, la
Nicaragua sin ambición.
Esta Nicaragua insípida
y triste amenaza con imponerse hoy, con un gobierno
que desconfía profundamente de la capacidad de
trabajo, y de la dignidad de nuestro pueblo; un gobierno
que por ser prisionero de sus viejos prejuicios sociales,
es incapaz de liderar a los que lo eligieron para hacer
frente a un liberalismo desprestigiado y a un orteguismo
anacrónico; un gobierno que se dice democrático,
pero que piensa que su autoridad depende del aplauso
de Washington.
No es muy difícil identificar
y conocer las dos Nicaraguas que operan en nuestro país.
Visite usted a nuestras mujeres del Mercado Oriental
y muéstreles la foto del cuerpo mutilado de Ismael
Abbas, el niño de doce años de edad que
quedó sin brazos, y que perdió a su familia
entera bajo el fuego de los misiles lanzados sobre Bagdad
por el gobierno que usted representa. Agradezca usted
a esas mujeres el apoyo del “pueblo nicaragüense”
a eso que su gobierno llama “la guerra de liberación”
de Irak.
No se asuste, Sra. Embajadora,
por la reacción de nuestras mujeres. Le van a
decir cosas fuertes, pero por favor, no les tema. Ellas
entenderán su sorpresa y su confusión,
y hasta le ofrecerán —al final de una intensa
y gráfica lección de historia—,
un cálido abrazo, y con suerte, una humeante
sopa de pueblo.
Siga con el experimento. Visite
a nuestro Presidente, o a nuestro Canciller, y muéstreles
la foto de Ali Mustapha, o la de los otros niños
que permanecen en el Hospital Kadhimiya de Bagdad, ciegos
o desmembrados por las submuniciones que se desprenden
de las “cluster bombs” que su gobierno dejó
caer sobre la población de Irak. Agradézcales
el apoyo que “el pueblo nicaragüense”
brindó a la guerra y verá retratada en
las sonrisas complacientes de estos personajes, la otra
Nicaragua: la “aliada” de su gobierno.
Pregúnteles cualquier cosa
y ellos le contestarán lo que usted quiera; y
sonreirán cuando usted sonría; y mostrarán
preocupación cuando usted se ponga seria; y seguramente
que le ofrecerán su apoyo, si el no muy ilustrado
ocupante de la Casa Blanca decide promover la invasión
de Siria, Irán, o la misma Nicaragua.
Después de esto le recomiendo
que visite la UNAN o la UCA. Hable con los estudiantes
y pregúnteles qué piensan sobre la destrucción
de la Biblioteca Nacional de Irak. Aprenderá
entonces, Sra. Embajadora, que existe una Nicaragua
que llora cuando se quema un libro, y se enluta cuando
la bota de cualquier potencia, aplasta los vestigios
sagrados de cualquier civilización del mundo.
Visite nuevamente a nuestro presidente
y pregúntele si le importa un carajo la destrucción
de los archivos históricos de Irak, o la pérdida
de las 170,000 piezas arqueológicas que fueron
saqueadas en Bagdad y en Mosul, ante la criminal indiferencia
de las tropas de su país. La Nicaragua que él
representa, Sra. Moore, es alérgica a los museos
y a la cultura.
Finalmente, le recomiendo que analice
desde la comodidad de su despacho, la manera en que
la Nicaragua “aliada” de su gobierno razona
su apoyo a la guerra contra Irak. Observe, por ejemplo,
la embrollada lógica de nuestro canciller en
sus entrevistas y comunicados. ¿Usted cree que
a él le interesa entender y discutir con seriedad
los graves problemas humanitarios, políticos
y legales creados por la guerra de Irak?
Compare la Nicaragua de sus “aliados”,
con la Nicaragua de “Los Palacagüina”.
Escuche a Carlos Mejía Godoy arrastrar la voz
para decir como en una plegaria: “Ay Nicaragua,
Nicaragüita, la flor más linda de mi querer,
abonada con la dulcita, Nicaragüita, sangre de
Diriangén...”.
O bien, Sra. Embajadora, lea a Gioconda Belli --”nuestra
Gioconda”, como me habla de ella una alumna que
también hace poesía--, y descubra la Nicaragua
que millones de nicas llevamos bajo la piel. Esa Nicaragua,
Sra. Moore, se expresó claramente contra su guerra
en la encuesta de Demoscopía y El Nuevo Diario,
y por lo tanto, no puede ser la destinataria de sus
agradecimientos.
Señora: Nicaragua no es
amiga de Sadam Hussein. Aquí se equivocó,
una vez más, Daniel Ortega. Pero no se equivoque
usted: ésta Nicaragua está ligada en cuerpo
y alma a los inocentes iraquíes que, al igual
que los nicaragüenses, conocen la pesadilla en
la que a veces se convierte el “sueño americano”.
Y no le hablo de vínculos simbólicos,
sino de experiencias compartidas. Para entender esto
último, le ruego conseguir copias del New York
Times del 17 de Abril de 2003 y del 8 de Octubre de
1912.
Deseando que muy pronto, la Nicaragua
de Darío y de Sandino vivan en paz con los Estados
Unidos de Thomas Merton y de Martin Luther King, se
despide de Ud.,
Atentamente,
Andrés Pérez Baltodano
PD: El 17 de Abril
del año en curso, el New York Times reportó
violentos encuentros entre ciudadanos iraquíes
y un pelotón de marinos estadounidenses en la
ciudad de Mosul. El resultado de dos días de
enfrentamiento: 17 iraquíes muertos, 39 iraquíes
heridos, ni una sola baja estadounidense (The New York
Times, 17 Abril 2003).
El 8 de Octubre de 1912, el New
York Times reportó un violento encuentro ocurrido
en la ciudad de León el día 6 de ese mismo
mes, entre una “irresponsable muchedumbre”
de nicaragüenses y un pelotón de marinos
estadounidenses, poco después que la fuerza militar
de los Estados Unidos aplastara el movimiento de resistencia
liderado por Benjamín Zeledón en la loma
del Coyotepe. Tres soldados estadounidenses perecieron
en el encuentro. “Los marinos,” señala
el New York Times, “devolvieron el fuego matando
a cincuenta e hiriendo a cuarenta” (The New York
Times, 8 Octubre, 1912).
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