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Elecciones en Argentina
¿El fin del peronismo?
Ernesto Weinschelbaum
Jorge Luis Borges, el más
grande escritor argentino, dijo alguna vez: “Los
peronistas no son buenos ni malos, simplememte son incorregibles”.
A medida que la Argentina se prepara para las elecciones
presidenciales del 27 de abril, el comportamiento de
las facciones peronistas de hoy en día es prueba
irrefutable de esa descripción.
El partido peronista no se ha unificado
para apoyar a un candidato único. Puesto que
la política peronista no está definida
por principios sino por el pragmatismo y el oportunismo,
los líderes peronistas se han sentido con la
libertad de promover sus propias ambiciones ya que su
enemigo tradicional, el Partido Radical, aparentemente
obtendrá apenas el 2-3% de la votación.
Tres candidatos peronistas (dos
ex presidentes, Carlos Menem y Adolfo Rodríguez
Saá, y Néstor Kirchner, gobernador de
la lejana provincia sureña de Santa Cruz) están
compitiendo por el puesto. A ninguno le está
permitido utilizar el nombre o los símbolos del
partido. Sin embargo, todos aseguran ser el sucesor
legítimo de Juan Perón.
Desde su aparición en 1943,
el peronismo fue una insulsa mezcla de ingredientes
copiados de los dictadores europeos. Depuesto en 1955
y exilado sucesivamente en varios países latinoamericanos
sometidos a regímenes dictatoriales, Perón
finalmente se estableció en España en
1962.
En Panamá, un astrólogo
de nombre José López Rega le presentó
a Isabelita, una cantante-bailarina 30 años menor
que él. La influencia del astrólogo sobre
la pareja se hizo muy fuerte, mientras Perón
atraía un grupo heterogéneo de seguidores,
incluyendo desde jóvenes izquierdistas bienintencionados,
hasta delincuentes y asesinos de la extrema derecha.
Cuando Perón regresó
al poder en 1973, tenía ya 78 años y su
lucidez se apagaba rápidamente. Isabelita, que
en ese entonces era ya su tercera esposa, fue su vicepresidenta
y a la muerte de Perón asumió la presidencia,
abyectamente sometida a la influencia del astrólogo.
El movimiento peronista pronto se desintegró
en varias facciones rivales que se dirimían violentamente
sus diferencias en las calles de Buenos Aires.
La corrupta administración
de Isabelita fue fácilmente derrocada en marzo
de 1976, por un golpe militar que inauguró la
sórdida dictadura del General Jorge Videla. Más
de 30,000 hombres y mujeres desaparecieron, asesinados
por las fuerzas armadas sin siquiera una parodia de
legalidad. Durante el régimen de Videla la inflación
anual se disparó a más del 350% y el PIB
se contrajo un 11% en 1982.
Para distraer la atención
del pueblo de la mala situación económica,
otro general, Leopoldo Galtieri, ordenó la invasión
de las Islas Malvinas, gobernadas por los británicos.
Lo que siguió fue un desastre. Derrotados y humillados,
los militares regresaron a sus cuarteles, y Raúl
Alfonsín del Partido Radical fue electo presidente
en diciembre de 1983.
Alfonsín mandó enjuiciar
a los líderes militares por sus crímenes,
pero no logró reanimar la economía y tuvo
que enfrentar la oposición de los corruptos líderes
de los sindicatos peronistas y los oficiales militares
nostálgicos por el poder que habían perdido.
Así, Carlos Saúl Menem, en ese entonces
un oscuro gobernador de una de las provincias más
pobres de la Argentina, sucedió a Alfonsín
en 1989. Los cabecillas peronistas recuperaron el poder
y desde entonces han hecho mal uso de él.
Los orígenes de las rivalidades
peronistas actuales se remontan a los años de
la presidencia de Menem. Pero las diferencias entre
los candidatos no son sobre ideas y programas, sino
sobre quién tiene el poder para repartir dinero,
empleos y patrocinio a los jerarcas del partido.
Los tres candidatos recurrirán
a cualquier treta para ganar. Menem cree que, con la
aprobación oficial del partido, puede superar
el hecho de que la mayoría de los argentinos
lo culpen por su actual desgracia. En efecto, el 60%
de los electores afirma que nunca votaría por
Menem.
El segundo candidato es Adolfo
Rodríguez Saá, quien durante la farsa
que fueron los siete días que ocupó la
presidencia interina después de la renuncia de
la Rúa anunció pomposamente que Argentina
suspendería los pagos a sus acreedores internacionales.
El gobierno de Duhalde apoya abiertamente al tercer
candidato, Néstor Kirchner.
A pesar de las luchas en el interior
del partido, es casi seguro que uno de los candidatos
peronistas será el ganador. Sólo hay otros
dos candidatos serios, Ricardo López Murphy y
Elisa Carrió, pero sus posibilidades son minúsculas.
Ambos fueron miembros del Partido Radical, y han formado
ya sus propios partidos. Los dos son ampliamente reconocidos
como políticos honorables y con buena formación
académica. Pero el apoyo del que gozaban los
radicales, prácticamente ha desaparecido, debido
al desastroso gobierno de de la Rúa.
La contienda electoral se ve tan
reñida que una segunda vuelta aparece como segura.
Si la lucha decisiva es entre Menem y Kirchner, las
facciones peronistas volverán después
a unirse, como lo hicieran ya en el pasado, puesto que
su motivación ha sido siempre la lujuria
del poder y el reparto del botín de la victoria.
Pero si López Murphy llega a la segunda vuelta,
tiene posibilidades de ganar la presidencia, dada la
negativa imagen que tiene Menem. Esto podría
no significar el fin del peronismo pero podría
resultar en que la Argentina lograra comenzar a enfrentar
seriamente las raíces de su profunda enfermedad.
Copyright: Project Syndicate,
abril de 2003
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