SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 335• DEL 13 AL 26 DE ABRIL DE 2003
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American mess

Juan Carlos Ampié

 

Un hombre negro baila alegremente una tonada irlandesa. “Ese es un enredo americano”, se lamenta Bill “El Carnicero”(Daniel Day Lewis). Lo mismo podría decirse de esta película, una épica a la antigua sobre la quintaesencia del espíritu norteamericano, rodada en los legendarios estudios italianos Cinecitta. La fallida obra maestra de Martin Scorsese no es todo lo que podría ser, pero sus aciertos son tan contundentes que sólo podemos agradecer que exista en su magnífica irregularidad.

Toda idea romántica sobre la gentileza del antiguo Nueva York queda degollada en la secuencia inicial. A fines del siglo XIX, una pandilla de “nativos” jefeada por el implacable Bill “El Carnicero” Cutting (Daniel Day Lewis) se enfrenta a “los conejos muertos”, inmigrantes irlandeses católicos encabezados por el “Sacerdote” Vallon (Liam Neeson). Tras una encarnizada batalla a golpe de hachas, machetes y cuchillos, la nieve se tiñe de sangre y El Carnicero mata a Vallon enfrente de su hijo. En la banda sonora, se escucha música de época con inflexiones de rock. Esta no es la épica con la que crecieron nuestros padres.

Pero Scorsese quiere que se vea como una de esas viejas películas épicas de estudio. Para lograrlo, se mudó por más de un año al legendario estudio italiano que sirvió de hogar a Federico Fellini. Ahí, con el diseñador de producción Dante Ferreti, reconstruyeron físicamente la sección sur del viejo Nueva York. La tecnología digital es maravillosa, pero aún no puede reproducir la experiencia sensorial de lo concreto. Compare las vistas de esta película con la Roma generada por computadora de El Gladiador (Ridley Scott, 1999) y entenderá. La virtud innegable de esta producción está en aspirar a una calidad orgánica y realista que ha sido desplazada por lo digital.

La película necesita todo el realismo que pueda conjurar. Después del galvanizante prólogo, saltamos dieciseis años adelante para seguir al hijo del sacerdote, interpretado por Leonardo DiCaprio. Tomando el nombre de Amsterdan, oculta su identidad para acercarse a Bill y vengar la muerte de su padre. En su camino se cruza la bella carterista Jenny Everdeane (Cameron Díaz). Entre los tres se desarrolla un poco convincente triángulo romántico que ocupa flojamente el primer acto. Los fragmentos de exposición que establecen el carácter de los personajes secundarios y las costumbres de la ciudad son mucho mas interesantes, y son lo que mantiene la película pulsando con vida. Tal vez los personajes de DiCaprio y Díaz sufrieron al ver recortadas sus escenas para mantener la duración del film bajo tres horas. Aún así, no pueden competir con la hipnotizante caracterización de Daniel Day Lewis.

Cuando Bill descubre la verdadera identidad de Amsterdan, la película sube de tono y alcanza su estado de gracia. Entre ambos se declara una guerra abierta que coincide con los disturbios masivos caldeados por la pobreza extrema, la tensión racial y el descontento general ante el reclutamiento para servicio militar en la guerra de secesión. Bill y otros “líderes” de la comunidad viven de manipular las necesidades de la gente para beneficio propio. Pero las fuerzas con las que juegan son muy poderosas. La furia colectiva se desata, los intereses personales que han gobernado sus vidas dejan de importar. Los individuos que han atizado el fuego pasan a ser víctimas del monstruo que han conjurado. Un monstruo que no distingue entre culpables e inocentes, y que al desatar su furia destructora, termina destruyéndose a sí mismo.

“Pandillas…” estaba supuesta a estrenarse en el otoño del 2001, pero tras los atentados del 11 de Septiembre, se pensó que su visión “negativa” desentonaría con el momento. Dos años más tardes, cuando finalmente ve la luz, es aún más actual. Note una breve escena en la que en un solo movimiento de cámara, seguimos a inmigrantes irlandeses que bajan de un barco, pasan por una mesa alistándose en el ejército, reciben ciudadanía y uniforme de soldado, se suben en otro barco que los llevará al frente de guerra, del cual descargan ataudes de soldados caídos. Cualquier parecido con los soldados latinos en Irak es mera coincidencia.

“Pandillas de Nueva York” se inscribe dentro del canon de historias de Nueva York que Scorsese ha creado en su eterno romance con la ciudad que lo vio nacer, pero como las mejores obras de arte, su vigencia es universal. Sus personajes no son simplemente “las manos que construyeron América”, como dice la canción que U2 escribiera para la película. Son las manos que mueven los engranajes de la historia, y a veces, quedan atrapadas en la maquinaria. Scorsese retrata a esa máquina saliendo de control como nadie más puede hacerlo.

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