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American mess
Juan Carlos Ampié
Un hombre negro baila alegremente
una tonada irlandesa. “Ese es un enredo americano”,
se lamenta Bill “El Carnicero”(Daniel Day
Lewis). Lo mismo podría decirse de esta película,
una épica a la antigua sobre la quintaesencia
del espíritu norteamericano, rodada en los legendarios
estudios italianos Cinecitta. La fallida obra maestra
de Martin Scorsese no es todo lo que podría ser,
pero sus aciertos son tan contundentes que sólo
podemos agradecer que exista en su magnífica
irregularidad.
Toda idea romántica sobre
la gentileza del antiguo Nueva York queda degollada
en la secuencia inicial. A fines del siglo XIX, una
pandilla de “nativos” jefeada por el implacable
Bill “El Carnicero” Cutting (Daniel Day
Lewis) se enfrenta a “los conejos muertos”,
inmigrantes irlandeses católicos encabezados
por el “Sacerdote” Vallon (Liam Neeson).
Tras una encarnizada batalla a golpe de hachas, machetes
y cuchillos, la nieve se tiñe de sangre y El
Carnicero mata a Vallon enfrente de su hijo. En la banda
sonora, se escucha música de época con
inflexiones de rock. Esta no es la épica con
la que crecieron nuestros padres.
Pero Scorsese quiere que se vea
como una de esas viejas películas épicas
de estudio. Para lograrlo, se mudó por más
de un año al legendario estudio italiano que
sirvió de hogar a Federico Fellini. Ahí,
con el diseñador de producción Dante Ferreti,
reconstruyeron físicamente la sección
sur del viejo Nueva York. La tecnología digital
es maravillosa, pero aún no puede reproducir
la experiencia sensorial de lo concreto. Compare las
vistas de esta película con la Roma generada
por computadora de El Gladiador (Ridley Scott, 1999)
y entenderá. La virtud innegable de esta producción
está en aspirar a una calidad orgánica
y realista que ha sido desplazada por lo digital.
La película necesita todo
el realismo que pueda conjurar. Después del galvanizante
prólogo, saltamos dieciseis años adelante
para seguir al hijo del sacerdote, interpretado por
Leonardo DiCaprio. Tomando el nombre de Amsterdan, oculta
su identidad para acercarse a Bill y vengar la muerte
de su padre. En su camino se cruza la bella carterista
Jenny Everdeane (Cameron Díaz). Entre los tres
se desarrolla un poco convincente triángulo romántico
que ocupa flojamente el primer acto. Los fragmentos
de exposición que establecen el carácter
de los personajes secundarios y las costumbres de la
ciudad son mucho mas interesantes, y son lo que mantiene
la película pulsando con vida. Tal vez los personajes
de DiCaprio y Díaz sufrieron al ver recortadas
sus escenas para mantener la duración del film
bajo tres horas. Aún así, no pueden competir
con la hipnotizante caracterización de Daniel
Day Lewis.
Cuando Bill descubre la verdadera
identidad de Amsterdan, la película sube de tono
y alcanza su estado de gracia. Entre ambos se declara
una guerra abierta que coincide con los disturbios masivos
caldeados por la pobreza extrema, la tensión
racial y el descontento general ante el reclutamiento
para servicio militar en la guerra de secesión.
Bill y otros “líderes” de la comunidad
viven de manipular las necesidades de la gente para
beneficio propio. Pero las fuerzas con las que juegan
son muy poderosas. La furia colectiva se desata, los
intereses personales que han gobernado sus vidas dejan
de importar. Los individuos que han atizado el fuego
pasan a ser víctimas del monstruo que han conjurado.
Un monstruo que no distingue entre culpables e inocentes,
y que al desatar su furia destructora, termina destruyéndose
a sí mismo.
“Pandillas…”
estaba supuesta a estrenarse en el otoño del
2001, pero tras los atentados del 11 de Septiembre,
se pensó que su visión “negativa”
desentonaría con el momento. Dos años
más tardes, cuando finalmente ve la luz, es aún
más actual. Note una breve escena en la que en
un solo movimiento de cámara, seguimos a inmigrantes
irlandeses que bajan de un barco, pasan por una mesa
alistándose en el ejército, reciben ciudadanía
y uniforme de soldado, se suben en otro barco que los
llevará al frente de guerra, del cual descargan
ataudes de soldados caídos. Cualquier parecido
con los soldados latinos en Irak es mera coincidencia.
“Pandillas de Nueva York”
se inscribe dentro del canon de historias de Nueva York
que Scorsese ha creado en su eterno romance con la ciudad
que lo vio nacer, pero como las mejores obras de arte,
su vigencia es universal. Sus personajes no son simplemente
“las manos que construyeron América”,
como dice la canción que U2 escribiera para la
película. Son las manos que mueven los engranajes
de la historia, y a veces, quedan atrapadas en la maquinaria.
Scorsese retrata a esa máquina saliendo de control
como nadie más puede hacerlo.
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