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¿Próxima guerra
Siria o Irán?
• Evitar la ampliación
del conflicto: Cuanto se haga para asegurar que la guerra
se mantenga dentro de sus fronteras actuales ayudará
de manera decisiva a limitar la virulencia del conflicto
y también su duración.
Dr. Edgard Martinez *
WASHINGTON DC.- Las potencias que
están en condiciones de gravitar en la evolución
de los dolorosos acontecimientos de Medio Oriente deberán
desplegar en estos días el máximo esfuerzo
para evitar que la guerra librada en Irak se extienda
a otros países de la región. Ante la inquietante
toma de posición de los gobiernos de Siria e
Irán, es imprescindible encender una luz roja
de alerta y extremar la prudencia en el uso de los recursos
diplomáticos que todavía puedan resultar
eficaces con el fin de asegurar que el conflicto armado
quede circunscrito al territorio iraquí.
Es cierto que resulta improbable,
a la luz de los elementos de análisis de que
se dispone, que las autoridades de Damasco y Teherán
decidan involucrarse de manera frontal en la guerra,
pero en la medida en que surjan pruebas de que están
brindando algún tipo de apoyo o ayuda al régimen
de Saddam Hussein podrían agudizarse los conflictos
laterales y surgir complicaciones de difícil
control y de impredecibles consecuencias. El enfrentamiento
armado que se está desarrollando en Irak tiene
una repercusión emocional que afecta, inevitablemente,
de un modo u otro, al mundo árabe en su conjunto
y podría proyectar su sombra sobre pueblos y
naciones de la región que hasta el presente se
han mantenido rigurosamente al margen del conflicto.
Sería altamente riesgoso,
por ejemplo, que en algún momento se avivara
la relación potencial entre los hechos acaecidos
en Irak y la tensión palestino-israelí,
un objetivo que sin duda figuró desde el principio
en los insidiosos planes de Saddam Hussein, pero que
hasta ahora, para bien del conjunto de la humanidad,
no pudo ser alcanzado. Cuanto se haga para asegurar
que la guerra se mantenga dentro de sus fronteras actuales
ayudará de manera decisiva a limitar la virulencia
del conflicto y también su duración.
Un aspecto al que debe otorgarse
especial importancia, dentro de una estrategia destinada
a evitar que la guerra se propague y adquiera escala
regional, es el que se vincula con las decisiones políticas
que el gobierno de los Estados Unidos deberá
adoptar en el territorio iraquí, eventualmente,
una vez finalizado el conflicto bélico. Todo
invita a suponer que la guerra conducirá, de
un modo u otro, al derrumbe del régimen dictatorial
de Saddam Hussein. Si se acepta que ése será
su ineludible desenlace, está claro que las autoridades
norteamericanas van a tener que decidir, en algún
momento, qué gobierno habrá de instalarse
en Irak cuando se consolide la paz.
El presidente de los Estados Unidos
ha hablado más de una vez de su intención
de promover la democratización de ese castigado
país. Quienes aman la libertad y respetan el
principio de la dignidad de la persona humana no pueden
dejar de compartir y apoyar esa aspiración, aun
cuando no hayan aprobado ni alentado en ningún
momento la iniciativa de Washington que condujo a la
guerra.
Lo deseable sería que la
responsabilidad de conducir a la sociedad iraquí
hacia la construcción de un sistema político
respetuoso de los derechos de los ciudadanos fuese asumida,
llegado el caso, con un fuerte respaldo internacional
y, si fuera posible, con la participación de
un conjunto de naciones. No sería aconsejable
que la guerra desembocase en una ocupación territorial
prolongada, como la que sobrellevan los palestinos.
Toda guerra deja consecuencias
abrumadoras, que se miden en horas de sufrimiento, desolación
y pobreza, pero también en rebeldías,
animadversiones y enconos. La reconstrucción
de un país sujeto a bombardeos continuos y a
invasiones sangrientas demandará esfuerzos enormes,
que deberán incluir un empeñoso trabajo
de restauración del entramado social y de recuperación
de las estructuras espirituales y materiales sobre las
cuales se cimienta una nación.
El gobierno y el pueblo norteamericanos
podrán aportar los recursos humanitarios que
ya han prometido para que Irak pueda superar, llegado
el momento, las consecuencias del duro enfrentamiento
bélico. Pero la tarea de gobierno que deberá
conducir a sus habitantes hacia un tiempo nuevo de paz
y progreso debería quedar a cargo de un grupo
de Estados, en lo posible con el respaldo y el patrocinio
de la Organización de las Naciones Unidas., aunque
este organismo cada día nos muestre su inoperancia.
La participación de la ONU
en la administración del país que Saddam
Hussein gobernó con mano férrea durante
más de dos décadas podría servir
como primer paso efectivo hacia la recomposición
del espíritu de cooperación y unidad de
ideales sobre el cual se sustenta la entidad mundial,
hoy visiblemente debilitado por la falta de acatamiento
en que incurrieron los Estados Unidos e Irak respecto
de las sucesivas decisiones y recomendaciones de su
Consejo de Seguridad.
Cuando en Medio Oriente cese el
estruendo de las armas, habrá que iniciar la
construcción de un ordenamiento jurídico
internacional dinámico y realista, que permita
alejar el peligro de las guerras y la amenaza del terrorismo
y que responda a las necesidades del mundo que emergerá
de la actual contienda; un mundo distinto, seguramente,
del que precedió a la iniciación de las
hostilidades contra Saddam Hussein.
* Consultor Senior del Banco
Mundial
* Ex Secretario Ejecutivo Consejo Monetario Centro Americano
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