SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 334• DEL 6 AL 12 DE ABRIL DE 2003

¿Próxima guerra Siria o Irán?

• Evitar la ampliación del conflicto: Cuanto se haga para asegurar que la guerra se mantenga dentro de sus fronteras actuales ayudará de manera decisiva a limitar la virulencia del conflicto y también su duración.

Dr. Edgard Martinez *

WASHINGTON DC.- Las potencias que están en condiciones de gravitar en la evolución de los dolorosos acontecimientos de Medio Oriente deberán desplegar en estos días el máximo esfuerzo para evitar que la guerra librada en Irak se extienda a otros países de la región. Ante la inquietante toma de posición de los gobiernos de Siria e Irán, es imprescindible encender una luz roja de alerta y extremar la prudencia en el uso de los recursos diplomáticos que todavía puedan resultar eficaces con el fin de asegurar que el conflicto armado quede circunscrito al territorio iraquí.

Es cierto que resulta improbable, a la luz de los elementos de análisis de que se dispone, que las autoridades de Damasco y Teherán decidan involucrarse de manera frontal en la guerra, pero en la medida en que surjan pruebas de que están brindando algún tipo de apoyo o ayuda al régimen de Saddam Hussein podrían agudizarse los conflictos laterales y surgir complicaciones de difícil control y de impredecibles consecuencias. El enfrentamiento armado que se está desarrollando en Irak tiene una repercusión emocional que afecta, inevitablemente, de un modo u otro, al mundo árabe en su conjunto y podría proyectar su sombra sobre pueblos y naciones de la región que hasta el presente se han mantenido rigurosamente al margen del conflicto.

Sería altamente riesgoso, por ejemplo, que en algún momento se avivara la relación potencial entre los hechos acaecidos en Irak y la tensión palestino-israelí, un objetivo que sin duda figuró desde el principio en los insidiosos planes de Saddam Hussein, pero que hasta ahora, para bien del conjunto de la humanidad, no pudo ser alcanzado. Cuanto se haga para asegurar que la guerra se mantenga dentro de sus fronteras actuales ayudará de manera decisiva a limitar la virulencia del conflicto y también su duración.

Un aspecto al que debe otorgarse especial importancia, dentro de una estrategia destinada a evitar que la guerra se propague y adquiera escala regional, es el que se vincula con las decisiones políticas que el gobierno de los Estados Unidos deberá adoptar en el territorio iraquí, eventualmente, una vez finalizado el conflicto bélico. Todo invita a suponer que la guerra conducirá, de un modo u otro, al derrumbe del régimen dictatorial de Saddam Hussein. Si se acepta que ése será su ineludible desenlace, está claro que las autoridades norteamericanas van a tener que decidir, en algún momento, qué gobierno habrá de instalarse en Irak cuando se consolide la paz.

El presidente de los Estados Unidos ha hablado más de una vez de su intención de promover la democratización de ese castigado país. Quienes aman la libertad y respetan el principio de la dignidad de la persona humana no pueden dejar de compartir y apoyar esa aspiración, aun cuando no hayan aprobado ni alentado en ningún momento la iniciativa de Washington que condujo a la guerra.

Lo deseable sería que la responsabilidad de conducir a la sociedad iraquí hacia la construcción de un sistema político respetuoso de los derechos de los ciudadanos fuese asumida, llegado el caso, con un fuerte respaldo internacional y, si fuera posible, con la participación de un conjunto de naciones. No sería aconsejable que la guerra desembocase en una ocupación territorial prolongada, como la que sobrellevan los palestinos.

Toda guerra deja consecuencias abrumadoras, que se miden en horas de sufrimiento, desolación y pobreza, pero también en rebeldías, animadversiones y enconos. La reconstrucción de un país sujeto a bombardeos continuos y a invasiones sangrientas demandará esfuerzos enormes, que deberán incluir un empeñoso trabajo de restauración del entramado social y de recuperación de las estructuras espirituales y materiales sobre las cuales se cimienta una nación.

El gobierno y el pueblo norteamericanos podrán aportar los recursos humanitarios que ya han prometido para que Irak pueda superar, llegado el momento, las consecuencias del duro enfrentamiento bélico. Pero la tarea de gobierno que deberá conducir a sus habitantes hacia un tiempo nuevo de paz y progreso debería quedar a cargo de un grupo de Estados, en lo posible con el respaldo y el patrocinio de la Organización de las Naciones Unidas., aunque este organismo cada día nos muestre su inoperancia.

La participación de la ONU en la administración del país que Saddam Hussein gobernó con mano férrea durante más de dos décadas podría servir como primer paso efectivo hacia la recomposición del espíritu de cooperación y unidad de ideales sobre el cual se sustenta la entidad mundial, hoy visiblemente debilitado por la falta de acatamiento en que incurrieron los Estados Unidos e Irak respecto de las sucesivas decisiones y recomendaciones de su Consejo de Seguridad.

Cuando en Medio Oriente cese el estruendo de las armas, habrá que iniciar la construcción de un ordenamiento jurídico internacional dinámico y realista, que permita alejar el peligro de las guerras y la amenaza del terrorismo y que responda a las necesidades del mundo que emergerá de la actual contienda; un mundo distinto, seguramente, del que precedió a la iniciación de las hostilidades contra Saddam Hussein.

* Consultor Senior del Banco Mundial
* Ex Secretario Ejecutivo Consejo Monetario Centro Americano

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