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La imposición de la democracia
en Irak: ¿puede funcionar?
Bryan Cutter*
La afirmación
de que una forma democrática de gobierno es una
mayor defensa contra la guerra y protege los derechos
humanos parece ser la justificación para que
el mundo democrático luche por los procesos de
democratización en todo el mundo. Se puede alegar
que desde la caída del muro de Berlín
el mundo ha sido testigo de una multitud de guerras
locales que han sido una amenaza para el orden mundial.
La transformación de un sistema autocrático
en una democracia es delicada y está acompañada
de muchos escollos, ya que concede a grupos de interés
la oportunidad de usar el frágil sistema democrático
para hacerse con el poder “democráticamente”.
Es evidente
que la única forma real de tener éxito
a la hora de adoptar la democracia es a través
de un proceso gradual acompañado de cambios sociales
y políticos dentro del sistema social.
Esto
significa en realidad que los intentos de Estados Unidos
de establecer un sistema político democrático
en Irak después de la guerra, basándose
en una estructura social desmantelada y muy inestable,
es, como mucho, no realista y, en el peor de los casos,
pura locura. Un esfuerzo bélico basado en derribar
el régimen de Sadam, por una parte, y crear un
sistema democrático, por otra, está lleno
de peligros inherentes. Por añadidura, el hecho
de que Irak está rodeado de enemigos no democráticos
como Irán y Siria, que tienen intereses creados
en el país, podría poner en peligro aún
más su existencia y la del pueblo iraquí.
Además, el efecto de contagio podría contribuir
a la inestabilidad del ya inestable Oriente Próximo.
La transformación de una dictadura autocrática
en un sistema democrático de gobierno requiere
un cambio social básico. Éste debe ser
un proceso que tiene que evolucionar gradualmente y
nutrirse con gran cuidado. No puede ser un cambio revolucionario,
una imposición del exterior por parte de potencias
que son impacientes y quieren “zanjar el asunto”.
Los socios de la coalición dirigida por Estados
Unidos tienen programas diferentes o adicionales. El
presidente Bush pretende cabalgar como un vaquero del
“salvaje Oeste” para hacer frente a los
grandes retos que tiene por delante y no “empantanarse”
en un proceso de construcción nacional y reconstrucción
social. Tiene que ocuparse de la economía estadounidense
en su campaña para la reelección, desea
ocuparse de lo que denominó los Estados del eje
del mal y, aunque sea a regañadientes, tendrá
que afrontar el conflicto palestino-israelí a
través de su “hoja de ruta”.Todos
éstos son temas de gran relieve en comparación
con el lento proceso de producción de cambios
sociales y políticos en Irak. Estados Unidos
está llevando a cabo actualmente un proceso de
desmantelamiento de la estructura social de Irak; es
la misma estructura que tendrá que asumir la
mayor parte de la reconstrucción desde dentro
una vez que la guerra haya acabado. Si el “nuevo
Irak” se va a basar en la imposición externa,
sus posibilidades de tener éxito serán
insignificantes y el potencial de convertirse en una
carga para la estabilidad de Oriente Próximo
o incluso internacional se hará mayor.
* Brian Cutter es experto en relaciones
internacionales. Traducción de News Clips. Publicado
en El País (España).
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