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Entre la batalla
y la pantalla
Carlos Powell*
Si usted pasa de la transmisión
de un partido de la liga de basketball de Estados Unidos
a la cobertura de la invasión de Irak, no verá
mucha diferencia, excepto que
en el baloncesto las estrellas meten pelotas en un aro
y en este otro juego el aro son edificios y la pelota
son bombas. La cancha principal del juego es una ciudad
donde viven 5 millones de personas que, por lo demás,
no quieren ver el partido.
Todo
comenzó con aquél ultrajante concepto
de “guerra humanitaria”. Ahora, esta aberración
jurídica de “guerra preventiva”,
lanzada después del 11 de septiembre por Washington,
y reforzada por la Ley Patriótica, otorga amplio
margen de maniobra al Presidente Bush e incorpora importantes
cambios también en la cobertura mediática
oficialista estadounidense de la guerra.
La idea
es que presenciemos un espectáculo horrendo un
poco como si estuviésemos ante un evento deportivo:
narradores, comentaristas y entrevistadores entusiastas,
bien vestidos y peinados, en todos los ángulos,
incluyendo las cámaras móviles sobre vehículos
que acompañan a las tropas, todo sin mostrar
excesivamente la carnicería humana, la sangre,
la muerte. Pero la muerte es como la transpiración
de la guerra.
Estos
dos aspectos mediáticos, por ser antagónicos,
podrían llegar a un punto de conflicto: No se
pueden multiplicar las cámaras “live”
para dar la impresión de una mayor libertad de
prensa en el área bélica y al mismo tiempo
esconder los muertos para hacer entrar la guerra en
los salones de la buena conciencia del norteamericano
medio. Sabemos que en el imaginario colectivo estadounidense
mostrar tanto horror en las guerras anteriores no dio
buenos resultados de política doméstica,
sobre todo si se trata de la sangre de soldados propios.
Entonces, ¿cómo lograrlo? ¿Logrará
CNN mantener el “rating” del espectáculo
sin espantar a su audiencia y, adicionalmente, entrar
en contradicción con el Pentágono, empeñado
en difundir una guerra “soft”, o “light”?
Los comunicados
oficiales que emanan del Estado Mayor conjunto -que
repiten y agrandan sin cesar los narradores y comentaristas
oficialistas estadounidenses-, están permanentemente
exaltando las virtudes “increíblemente”
superiores de las armas de última generación:
el poder “letal” de un tanque, la “inteligencia”
de una bomba, la “increíble precisión”
de un misil de un millón de dólares lanzado
desde un portaaviones, la “discreción operativa
y la alta tecnología de punta” de un avión
espía y la “autonomía” y “versatilidad”
de un caza-bombardero. Incluso, un comentarista militar
llegó a decir, con total impudicia, que la bomba
“inteligente” reúne tantas características
“positivas”, que se le pueden aplicar las
tres B de “buena, bonita y barata” (sólo
cuesta 350 mil dólares).
Al atribuirle
a las armas las virtudes del guerrero, se trastocan
los papeles, y el ser humano pasa a ser un atributo
de las armas, un accesorio. Hablar de una bomba “inteligente”
es una irracionalidad sin límites, pero sirve
para minimizar al ser humano que la manipula. Aunque
los tiempos ya no son modernos, sino patéticamente
postmodernos, todo esto nos recuerda la pantomima aleccionadora
de Charles Chaplin.
El amarillismo
periodístico de la carnicería de las guerras,
obviamente es algo perverso, pero esconder la carnicería
de éstas resulta más perverso y peligroso
aún, porque es una estrategia de Estado fríamente
calculada por un grupo de personas en detrimento de
millares de otras. Su objetivo manifiesto es omitir
esa parte de la realidad que necesitamos para comprender
el todo.
* Periodista,
corresponsal de la Agencia Adital en Managua
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