SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 333• DEL 30 DE MARZO AL 5 DE ABRIL DE 2003

Entre la batalla
y la pantalla

Carlos Powell*

Si usted pasa de la transmisión de un partido de la liga de basketball de Estados Unidos a la cobertura de la invasión de Irak, no verá mucha diferencia, excepto que en el baloncesto las estrellas meten pelotas en un aro y en este otro juego el aro son edificios y la pelota son bombas. La cancha principal del juego es una ciudad donde viven 5 millones de personas que, por lo demás, no quieren ver el partido.

Todo comenzó con aquél ultrajante concepto de “guerra humanitaria”. Ahora, esta aberración jurídica de “guerra preventiva”, lanzada después del 11 de septiembre por Washington, y reforzada por la Ley Patriótica, otorga amplio margen de maniobra al Presidente Bush e incorpora importantes cambios también en la cobertura mediática oficialista estadounidense de la guerra.

La idea es que presenciemos un espectáculo horrendo un poco como si estuviésemos ante un evento deportivo: narradores, comentaristas y entrevistadores entusiastas, bien vestidos y peinados, en todos los ángulos, incluyendo las cámaras móviles sobre vehículos que acompañan a las tropas, todo sin mostrar excesivamente la carnicería humana, la sangre, la muerte. Pero la muerte es como la transpiración de la guerra.

Estos dos aspectos mediáticos, por ser antagónicos, podrían llegar a un punto de conflicto: No se pueden multiplicar las cámaras “live” para dar la impresión de una mayor libertad de prensa en el área bélica y al mismo tiempo esconder los muertos para hacer entrar la guerra en los salones de la buena conciencia del norteamericano medio. Sabemos que en el imaginario colectivo estadounidense mostrar tanto horror en las guerras anteriores no dio buenos resultados de política doméstica, sobre todo si se trata de la sangre de soldados propios. Entonces, ¿cómo lograrlo? ¿Logrará CNN mantener el “rating” del espectáculo sin espantar a su audiencia y, adicionalmente, entrar en contradicción con el Pentágono, empeñado en difundir una guerra “soft”, o “light”?

Los comunicados oficiales que emanan del Estado Mayor conjunto -que repiten y agrandan sin cesar los narradores y comentaristas oficialistas estadounidenses-, están permanentemente exaltando las virtudes “increíblemente” superiores de las armas de última generación: el poder “letal” de un tanque, la “inteligencia” de una bomba, la “increíble precisión” de un misil de un millón de dólares lanzado desde un portaaviones, la “discreción operativa y la alta tecnología de punta” de un avión espía y la “autonomía” y “versatilidad” de un caza-bombardero. Incluso, un comentarista militar llegó a decir, con total impudicia, que la bomba “inteligente” reúne tantas características “positivas”, que se le pueden aplicar las tres B de “buena, bonita y barata” (sólo cuesta 350 mil dólares).

Al atribuirle a las armas las virtudes del guerrero, se trastocan los papeles, y el ser humano pasa a ser un atributo de las armas, un accesorio. Hablar de una bomba “inteligente” es una irracionalidad sin límites, pero sirve para minimizar al ser humano que la manipula. Aunque los tiempos ya no son modernos, sino patéticamente postmodernos, todo esto nos recuerda la pantomima aleccionadora de Charles Chaplin.

El amarillismo periodístico de la carnicería de las guerras, obviamente es algo perverso, pero esconder la carnicería de éstas resulta más perverso y peligroso aún, porque es una estrategia de Estado fríamente calculada por un grupo de personas en detrimento de millares de otras. Su objetivo manifiesto es omitir esa parte de la realidad que necesitamos para comprender el todo.

* Periodista, corresponsal de la Agencia Adital en Managua

Andrés Pérez Baltodano

 

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