|
El proyecto del "nuevo siglo americano"
Crónica de una
guerra anunciada
TORONTO. En sus declaraciones a
Confidencial la semana pasada, el canciller
Norman Caldera repitió uno de los argumentos
que el gobierno de Nicaragua ha venido utilizando para
justificar su apoyo a la guerra contra Irak. De acuerdo
al canciller, esta guerra forma parte de la lucha contra
el terrorismo internacional, liderada por los Estados
Unidos a partir del trágico 11 de Septiembre.
Contrario a lo que piensa o dice
el canciller nicaragüense, la guerra contra Irak
no tiene su origen en el ataque terrorista en New York
y Washington. La agresión que sufre hoy el pueblo
de Irak forma parte de una estrategia política
articulada desde antes del 11 de Septiembre para promover
un orden mundial dominado por Washington. ¿Paranoia
tercermundista? Veamos.
En 1997, un grupo asociado con
la extrema derecha republicana fundó la organización
Proyecto por un nuevo siglo americano (en adelante “el
proyecto”). En su declaración de principios,
los fundadores de “el proyecto” argumentan
que después de terminada la Guerra Fría,
los Estados Unidos deben reclamar el derecho a moldear
el desarrollo histórico del siglo XXI en concordancia
con sus “principios e intereses” (las declaraciones
y publicaciones de “el proyecto” se encuentran
en www.newamericancentury.org).
Entre las personas que suscriben
esta declaración se encuentran: Jeb Bush, gobernador
del Estado de Florida y hermano del presidente; Donald
Rumsfeld, actual secretario de defensa; Paul Wolfowitz,
sub-secretario de defensa; y el tristemente célebre
Elliott Abrams, que funciona hoy como el principal asesor
de Condoleezza Rice para asuntos del Medio Oriente.
Desde su fundación, “el proyecto”
ha argumentado que Irak ofrece a los Estados Unidos
el escenario ideal para mostrar su determinación
y su capacidad para convertirse en el eje rector del
orden internacional del nuevo siglo. William Cristol
–actual director de “el proyecto”,
y Lawrence Kaplan —editor de la revista conservadora
The New Republic—, señalan en un libro
reciente que, “la decisión de cómo
actuar con relación a Irak es... significativa
porque [sus implicaciones] trascienden a Irak... el
Medio Oriente y la guerra contra el terrorismo”.
Y puntualizan: “[Esta decisión] tiene que
ver con el papel que los Estados Unidos quiere jugar
en el siglo XXI”.
Irak, en otras palabras, no representa
para los Estados Unidos una pieza clave en la lucha
contra el terrorismo, sino más bien, un espacio
de acción de enorme valor simbólico y
estratégico para hacer realidad la visión
de “un nuevo siglo americano”.
Irak y la Doctrina Wolfowitz
Durante la presidencia de George
H. W. Bush (1989-1993), Paul Wolfowitz —el líder
intelectual de “el proyecto”—, funcionó
como asesor del entonces secretario de defensa y actual
vice-presidente, Dick Cheney. Wolfowitz supervisó
la redacción de una propuesta para la articulación
de la política de defensa de los Estados Unidos,
que resumió los principales elementos de lo que
se llegó a conocer como “la doctrina Wolfowitz”:
un ideario guerrerista y anti-multilateralista para
impulsar la creación de “un nuevo siglo
para los Estados Unidos”. La revelación
de esta propuesta desató una tormenta de críticas
que obligó a Washington a reformular la presentación
de su política de defensa.
La doctrina Wolfowitz volvió
a aparecer en el documento Reconstruyendo las defensas
de América, publicado por “el proyecto”
en Septiembre del año 2000. Este documento argumenta
que “la preservación de la Pax Americana”
debía ser considerada como el principal objetivo
de la política de defensa estadounidense. “El
conflicto no resuelto con Irak”, argumentan los
autores, “ofrece [a los Estados Unidos] la justificación
inmediata” para lograr el control del Golfo Pérsico”,
una región clave en la visión estratégica
de “el proyecto”.
Con la llegada del segundo Bush
a la Casa Blanca, varios de los fundadores de “el
proyecto” pasaron a ocupar posiciones de primera
importancia en el nuevo gobierno. A partir de ese momento,
la doctrina Wolfowitz, y su visión de Irak como
el escenario ideal para el estreno de su propuesta neo-imperialista,
sólo necesitaba de un detonante para convertirse
en política de Estado. El ataque del 11 de Septiembre
fue “el nuevo Pearl Harbor”, tan ansiosamente
esperado por los redactores de Reconstruyendo las defensas
de América.
En una carta al presidente Bush,
nueve días después del fatídico
11 de Septiembre, los directores de “el proyecto”
propusieron atacar a Irak, independientemente de que
este país estuviese o no involucrado en la acción
terrorista: “Puede ser que el gobierno de Irak
haya participado en el ataque... pero aún si
no existen evidencias de esa participación, cualquier
estrategia para la erradicación del terrorismo...
debe incluir un claro esfuerzo por remover a Saddam
Hussein”.
Esta posición es la misma
que orientó la conducta de los Estados Unidos
en las recientes discusiones del Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas sobre el caso de Irak. Por eso,
el régimen de inspecciones establecidos por el
Consejo fue visto por Washington como un estorbo.
En Noviembre de 2002, William Kristol
y Robert Kagan –dos de los fundadores de “el
proyecto”--, deploraban los límites que
el derecho internacional imponía a los planes
de Washington: “Esperamos que el Presidente...en
el momento adecuado... le dé las gracias a las
Naciones Unidas y a nuestros ‘aliados’ y
ordene a nuestras fuerzas armadas que eliminen el régimen
de Saddam Hussein”.
Los “bollitos” del Presidente
El resto de esta historia
la vivimos ahora cuando presenciamos el sufrimiento
de los iraquíes, y la tragedia de los jóvenes
soldados americanos, británicos, y australianos,
que operan como peones descartables en el tablero de
intereses de Washington. Intereses como los que obligaron
a Richard N. Perle --otro de los miembros del gobierno
Bush asociados a “el proyecto”--, a renunciar
el viernes de la semana pasada a su posición
de director del Consejo para la Política de Defensa,
un organismo consultivo del Pentágono.
Perle operaba como asesor
de Rumsfeld, al mismo tiempo que asesoraba a la empresa
Global Crossing, que tenía negocios con el Departamento
de Defensa. El ganador del premio Pulitzer, Seymour
M. Hersh, por su parte, había revelado en la
edición de The New Yorker del 15 de Marzo de
este año, que Perle mantenía relaciones
con el famoso traficante de armas Adnan Khashoggi, mejor
conocido como “el príncipe de las tinieblas”,
y una de las figuras centrales en el escándalo
Irán-Contra.
En estas ligas juega el desinformado gobierno de Nicaragua.
Y es dentro de esta maraña de intereses, que
los nicaragüenses hemos sido invitados por nuestro
Presidente a ganarnos “unos bollitos” en
Irak.
|