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Discípulo reprobado
Juan Carlos Ampié
Todo lo que esta mal con el thriller promedio de Hollywood
es tan diafanamente claro en “El Discípulo”,
que la película debería ser analizada
en las universidades donde se estudian las artes cinematográficas
para aleccionar a los cineastas del mañana. Esto,
señores, es lo que no deben hacer más.
Lo primero es usar buenos actores
sin respaldarlos con material a su altura. Para cubrir
todas las bases demográficas se enrola a un excelente
actor veterano junto a un galán de la nueva generación.
En este caso, se trata de Al Pacino (Insomnia, Simone)
y Colin Farrell. James Clayton (Farrell) es un brillante
estudiante de computación flirteando con ofertas
de trabajo post-M.I.T. La más tentadora proviene
de Walter Burke (Pacino), un veterano de la CIA que
trata de enrolarlo en el programa de entrenamiento de
la compañía.
Para remarcar la idea de relevo
generacional, Clayton aún busca a su padre desaparecido,
quien puede haber sido un agente de la CIA y Burke se
presenta oportunamente como una figura paternal postiza.
Sólo para no arriesgarse a que el perfil psicológico
pase desapercibido, Pacino lo declama oficiosamente
tan pronto como puede.
Ya enrolado en la escuela de agentes
conocida como La Granja, Clayton conoce a Layla Moore
(Bridget Moynahan), una bella compañera de academia
con el ingrato papel de ser el interés romántico
que trae algo más que romance entre manos. Mas
allá de su designación como novia en potencia/posible
doble agente, el personaje carece de sustancia.
Esta es la segunda ofensa: dar un papel crucial a un
personaje femenino apenas decorativo, con una actriz
que apenas puede sostenerse en pantalla con los protagonistas.
¿Habría sido muy difícil desarrollar
mejor el personaje para atraer a una actriz superior?
Durante una larga secuencia que
puede ser la película de reclutamiento más
cara en la historia de la CIA, se establece la ley que
gobierna la trama: nada es lo que parece ser. De esto
podemos estar seguros: Clayton es reclutado por Burke
como un agente secreto e introducido en la Agencia con
un puesto menor. Su misión verdadera es seguir
a Layla, acomodada en un puesto superior, desde el cual
puede estar tratando de robar un virus de computadora
desarrollado para ser utilizado como arma.
Esto da pie a la tercera ofensa:
las películas que se venden como techno-thrillers
creen que con poner a sus personajes a teclear furiosamente
en una laptop mientras en la banda sonora se escucha
música techno se ganan el nombre. Toda la utilería
cibernética – computadoras, virus, programas
piratas, teléfonos celulares- solo esconde las
mismas dinámicas de intriga explotadas en cientos
de películas de suspenso mas viejas que una calculadora.
Peor aún, por la manera en que se resuelve el
misterio central, estamos supuestos a creer que la CIA
desconoce funciones básicas de las computadoras
personales y la existencia de tarjetas de memoria comunes
en las cámaras digitales más baratas.
Eso si va a mejorar la imagen de la Agencia!
La última ofensa es la enésima
aparición del villano parlanchín. Conocido
por su papel estelar en productos audiovisuales tan
variados como los dibujos animados de Scooby-Doo y las
películas de James Bond, el villano parlanchín
se revela a sí mismo al final, cuando en un largo
soliloquio, explica la trama al héroe vapuleado
mientras le apunta con una pistola. Se le agradece,
porque la trama tiene verdaderos agujeros negros. Obviamente,
estos sujetos nunca van al cine. Se darían cuenta
que sólo están dándole tiempo a
las autoridades para llegar a tiempo de agarrarlos “con
las manos en la masa”.
A pesar de todo, la complicidad
del espectador es poderosa. Podrían obviar todas
las advertencias y empeñarse en pasar una tarde
con El Discípulo, pero todos saldríamos
perdiendo. Los realizadores se sentirían motivados
a seguir haciendo estas películas ad infinitum.
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