SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS POLÍTICO • AÑO 7 • EDICION No. 333• DEL 30 DE MARZO AL 5 DE ABRIL DE 2003
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Discípulo reprobado

Juan Carlos Ampié

 

Todo lo que esta mal con el thriller promedio de Hollywood es tan diafanamente claro en “El Discípulo”, que la película debería ser analizada en las universidades donde se estudian las artes cinematográficas para aleccionar a los cineastas del mañana. Esto, señores, es lo que no deben hacer más.

Lo primero es usar buenos actores sin respaldarlos con material a su altura. Para cubrir todas las bases demográficas se enrola a un excelente actor veterano junto a un galán de la nueva generación. En este caso, se trata de Al Pacino (Insomnia, Simone) y Colin Farrell. James Clayton (Farrell) es un brillante estudiante de computación flirteando con ofertas de trabajo post-M.I.T. La más tentadora proviene de Walter Burke (Pacino), un veterano de la CIA que trata de enrolarlo en el programa de entrenamiento de la compañía.

Para remarcar la idea de relevo generacional, Clayton aún busca a su padre desaparecido, quien puede haber sido un agente de la CIA y Burke se presenta oportunamente como una figura paternal postiza. Sólo para no arriesgarse a que el perfil psicológico pase desapercibido, Pacino lo declama oficiosamente tan pronto como puede.

Ya enrolado en la escuela de agentes conocida como La Granja, Clayton conoce a Layla Moore (Bridget Moynahan), una bella compañera de academia con el ingrato papel de ser el interés romántico que trae algo más que romance entre manos. Mas allá de su designación como novia en potencia/posible doble agente, el personaje carece de sustancia.
Esta es la segunda ofensa: dar un papel crucial a un personaje femenino apenas decorativo, con una actriz que apenas puede sostenerse en pantalla con los protagonistas. ¿Habría sido muy difícil desarrollar mejor el personaje para atraer a una actriz superior?

Durante una larga secuencia que puede ser la película de reclutamiento más cara en la historia de la CIA, se establece la ley que gobierna la trama: nada es lo que parece ser. De esto podemos estar seguros: Clayton es reclutado por Burke como un agente secreto e introducido en la Agencia con un puesto menor. Su misión verdadera es seguir a Layla, acomodada en un puesto superior, desde el cual puede estar tratando de robar un virus de computadora desarrollado para ser utilizado como arma.

Esto da pie a la tercera ofensa: las películas que se venden como techno-thrillers creen que con poner a sus personajes a teclear furiosamente en una laptop mientras en la banda sonora se escucha música techno se ganan el nombre. Toda la utilería cibernética – computadoras, virus, programas piratas, teléfonos celulares- solo esconde las mismas dinámicas de intriga explotadas en cientos de películas de suspenso mas viejas que una calculadora. Peor aún, por la manera en que se resuelve el misterio central, estamos supuestos a creer que la CIA desconoce funciones básicas de las computadoras personales y la existencia de tarjetas de memoria comunes en las cámaras digitales más baratas. Eso si va a mejorar la imagen de la Agencia!

La última ofensa es la enésima aparición del villano parlanchín. Conocido por su papel estelar en productos audiovisuales tan variados como los dibujos animados de Scooby-Doo y las películas de James Bond, el villano parlanchín se revela a sí mismo al final, cuando en un largo soliloquio, explica la trama al héroe vapuleado mientras le apunta con una pistola. Se le agradece, porque la trama tiene verdaderos agujeros negros. Obviamente, estos sujetos nunca van al cine. Se darían cuenta que sólo están dándole tiempo a las autoridades para llegar a tiempo de agarrarlos “con las manos en la masa”.

A pesar de todo, la complicidad del espectador es poderosa. Podrían obviar todas las advertencias y empeñarse en pasar una tarde con El Discípulo, pero todos saldríamos perdiendo. Los realizadores se sentirían motivados a seguir haciendo estas películas ad infinitum.