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¿Porqué falló la diplomacia?
Manuel Orozco
Washington
DC. La invasión militar contra Irak es
un caso más de la emblemática tensión
en la que se encuentran los países en desarrollo
y las potencias regionales en su relación con el
poderío de Estados Unidos. Sin embargo, esta tensión
no puede articularse con el discurso tradicional de los
años ochenta sobre el rol del imperialismo norteamericano.
Más bien debe ubicarse dentro del contexto global
de la comunidad internacional, reconociendo el realismo
del poder y los principios internacionales para prevenir,
tanto los abusos del poder autoritario como los del poder
imperial.
La discusión sobre la condena del incumplimiento
de Irak en desarmarse de alguna manera ocupó un
segundo plano ante la crítica internacional sobre
el sentido guerrerista de Estados Unidos. Antes de la invasión
a Irak la crítica internacional se concentró en
el oportunismo de Estados Unidos en atacar a este país
tan pronto como se pudiera. Mientras esa crítica
aumentaba y ahora es aún mayor frente a la actual
intervención, el problema Irak permaneció como
un tema de referencia y no de prioridad.
La falta de responsabilidad
de la comunidad internacional en no condenar a Irak es
inaceptable, tanto como lo es
la invasión misma de Estados Unidos e Inglaterra
a Irak. El debate en el Consejo de Seguridad no era sobre
el incumplimiento de Irak, sino sobre detener a Estados
Unidos. La alternativa francesa fe aumentar el número
de inspectores era incompleta porque no iba acompañada
de mayor presión diplomática. Una opción
más agresiva con un calendario de verificación
como el propuesto por Canadá así como con
la presión constante frente al régimen de
Hussein pudo haber surtido efecto. Sin embargo, muchos
países se opusieron a ejercer presión contra
Irak bajo el escudo de la no intervención, mientras
desatendían la amenaza a la seguridad internacional
y la democracia en la región.
EE UU: conservadurismo y realismo
Obviamente, Estados Unidos desde
un principio puso las cosas fáciles para que la comunidad internacional
se opusiera y atendiera más la prepotencia de este
país que la amenaza e incumplimiento de Irak. Primero,
la administración está representada por un
equipo altamente anti-democrático y pro-militarista.
Desde mucho antes de los ataques terroristas, la política
exterior del país se iba formulando con un concepto
de seguridad nacional tradicional y de orientación
hacia la diplomacia militar, haciendo resaltar la preponderancia
de Estados Unidos como superpotencia como punto neurálgico.
Un grupo de conservadores entre ellos Irving Bristol, Cheney,
Rumsfeld, y Wolfowitz formaban parte de una propuesta conocida
como el “Nuevo Siglo Americano” que formulaba
la proyección del poder global de Estados Unidos.
Muchos de ellos están en la administración
actual ocupando puestos claves.
Segundo, el discurso político internacional de
Estados Unidos se perfiló en un enfoque maniqueo,
en donde quienes no están con Estados Unidos están
en su contra. La reacción inmediata fue de reserva
y crítica en la comunidad internacional.
Tercero, desde que Estados Unidos
propuso la resolución
1441 en el Consejo de Seguridad la intención de
invadir Irak era clara, asumiendo que el capital de apoyo
logrado después de los ataques del 11 de Septiembre
y la relativa victoria en Afganistán le proporcionarían
suficiente respaldo contra Irak. Sin embargo, la resolución
no iba atada de un proceso de verificación, ni de
calendarización. Es importante recordar que fue
contra Irak que Bush introdujo su famoso término
de “regime change” (cambio de régimen),
pero que no logró introducir en la resolución.
Cuarto, el temor de que lo que
pasa en Irak puede pasarle a otro país desalentó a muchos a apoyar la
opción militar. Muchos países se sintieron
aludidos por tal situación, tanto enemigos como
amigos.
Finalmente la economía política de la guerra
no está ausente. Esta incluye los intereses en controlar
el mercado petrolero del medio oriente hasta en penetrar
la región con inversión. El Wall Street Journal
reveló un plan Bush de reconstrucción de
Irak que contenía la oferta de contratos por 1,500
millones de dólares con compañías
americanas, dejaba de lado a organismos multilaterales
como Naciones Unidas y solamente dejaba 50 millones en
ayuda a organismos no-gubernamentales como Care. Entre
las compañías interesadas en participar en
la licitación están conglomerados asociados
con actuales funcionarios como Dick Cheney.
El mundo de la post-guerra fría es muy diferente,
y cambió aún más después del
11 de Septiembre porque afectó a la gran potencia.
Las herramientas de política exterior tradicionalmente
empleadas no tienen tanta utilidad, mucho menos el discurso
de la fuerza o el ‘anti-imperialismo’. El mundo
está más globalizado y las responsabilidades
lo están también. La invasión a Irak
no es responsabilidad exclusiva de Estados Unidos. Es una
derrota diplomática de la comunidad internacional,
Latinoamérica incluida.
El mundo se enfrenta ante un
nuevo régimen de inseguridad,
del que el terrorismo es sólo una fuente. La amenaza
del terrorismo en América Latina radica en su inhabilidad
de tener control sobre las fronteras o de prevenir el tráfico
de armamentos. Y tanto la aprobación, como la censura
acrítica de Estados Unidos, son insuficientes para
la región.
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