SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS | AÑO 7| No.328| DEL24 DE FEBRERO AL 01 DE MARZO-2003

Análisis

Los sentimientos antiamericanos
y la identidad europea

 

Ralf Dahrendorf *

 

La pregunta sobre cómo debe la comunidad internacional encargarse de Saddam Hussein, el despiadado dictador iraquí, ha sido, con razón, el tema dominante del año. En cierto sentido ya ha sido respondida: las Naciones Unidas están y seguirán estando involucradas, y los Estados Unidos han desempeñado y seguirán desempeñando un papel de liderazgo. La contención de Iraq mediante la intervención es el método que ahora se presenta como el más probable.

Sin duda, las diferencias que existen entre Estados Unidos y Europa son profundas y no se limitan a un enfriamiento temporal de las relaciones Alemania-Estados Unidos o a un intercambio de invectivas, medio en serio, medio en broma, sobre “los pistoleros estadounidenses” y “la vieja Europa”.

Cuando el hostoriador británico Tomothy Garton Ash, en un artículo publicado en el New York Review of Books, hizo la distinción entre los EU y Europa parafraseando el título de un bestseller como “Los estadounidenses son de Marte, los europeos son de Venus”, algunos lectores de EU protestaron por la representación sexual de una Europa afeminada y unos EU machos. Sin embargo, Garton Ash se encuentra entre los europeos más proestadounidenses, cuyos puntos de vista se acercan más a los de sus muchos amigos de la “nueva” Europa poscomunista que a los de Francia o Alemania.

Pero los puntos de vista sobre lo que Europa es y debe ser están de hecho en el corazón de los sentimientos anti-estadounidenses actuales. Los países de Europa están avanzando inexorablemente hacia la “unión cada vez más cercana” que el Tratado de Roma exige. Hay un mercado único, coronado (al menos para la mayoría de los miembros de la UE) por una moneda común; existe una convención constitucional que propondrá un nuevo tratado básico, tal vez hacia mediados de junio; hay planes ambiciosos para una política exterior y de seguridad común y otras políticas comunes. Entonces, ¿cuál es el problema?

Un problema es que la integración ya no entusiasma a los europeos. Todavía hay euro-entusiastas, pero entre los pueblos de Europa prevalece la indiferencia y, en algunos lugares, una ligera hostilidad. Incluso la moneda común no ha logrado despegar realmente; es útil pero “extranjera” en cierta forma. Debajo de todo esto se encuentra esa pequeña pregunta: ¿por qué lo estamos haciendo?

En los años cincuenta la respuesta era sencilla: los europeos nunca deben volver a hacerse la guerra. Al contrario, deben estar unidos en contra de la amenaza comunista. Cincuenta años después, esas metas ya no son relevantes. La unión económica ha beneficiado a muchos, pero no es la clase de fuerza que da inspiración. En fechas más recientes se ha puesto de moda la idea de una “identidad europea”. Supuestamente la UE es su expresión. Pero, ¿cómo se define esta identidad?

Este es el punto en el que muchos comienzan a utilizar un lenguaje que define a Europa por sus diferencias, o incluso por sus contrastes, con los EU (Europa como lo que no es Estados Unidos). A lo largo de la Guerra Fría, lo que era entonces la Unión Soviética constituía la raison d’être para la unificación de Europa. En la era de la globalización lo son los EU.

Por supuesto hay una larga tradición de comparar y contrastar los dos lados del Atlántico. La cultura europea y el comercio estadounidense, la profundidad europea y el materialismo de los EU, estos son temas viejos. Mucha gente usaría hoy un lenguaje más sutil. Hablan del capitalismo desenfrenado de Estados Unidos y en su contra presentan las economías de mercado sociales de Europa. A escala internacional, a Europa le agradan los acuerdos multilaterales, mientras que Estados Unidos prefiere actuar por sus propios medios.

Desde otro punto de vista estereotipado, Europa se regodea en la complejidad de los temas mientras que a Estados Unidos le gustan las líneas simples de conflicto: o están con nosotros, o están en contra nuestra. Es fácil ver cómo esas diferencias de opiniones afectan el debate sobre Iraq.
El resultado es que muchos de los europeos en posiciones de liderazgo comienzan a definir sus intenciones para la Unión contrastándola con los EU. El euro debe aguantar contra el dólar y ¡hurra! ya está por encima de la paridad. La política exterior europea debe constituir un contrapeso para la de la hiperpotencia de allende el Atlántico.

Bajo un examen más minucioso, esas frases fáciles son profundamente preocupantes. Los ocho (ahora nueve o más) gobiernos que firmaron la declaración Aznar-Berlusconi-Blair en apoyo de los EU se dieron cuenta de eso. Insistieron en la no división de los valores occidentales, los valores de la iluminación y la libertad. Esos son valores que comparten Europa y Estados Unidos (y algunos otros) y merece la pena defenderlos en una alianza. Cuando se trata de valores, cualquier intento de dividir las tradiciones estadounidense y europea es un error.

Puede ser que esos valores compartidos dificulten la búsqueda de la tan deseada identidad europea. Pero alimentar la construcción de Europa con sentimientos antiestadounidenses, aunque sea de manera involuntaria, sería intelectualmente deshonesto, moralmente dudoso y políticamente peligroso para todos los europeos amantes de la libertad.

Sociólogo. Ex Rector de la London School of Economics Copyright: Project Syndicate, febrero 2003