SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS | AÑO 7| No.327| DEL16 AL 22 DE FEBRERO-2003

Columnista invitado

Recordando a Santiago Argüello

El fetiche de la Nueva Era

Ahora que la lucha contra la corrupción perdió su horizonte, y que la pobreza del país se hace más que evidente, empezamos a transitar pesadamente de la borrachera discursiva a la goma moral que tarde o temprano nos deja nuestra veneración por los fetiches: nuestra tendencia a rendir culto a las personalidades.

 

Andrés Pérez Baltodano

 

Toronto. Ahora que la “Nueva Era” empieza a lucir como una chimbomba desinflada, el día después de la parranda, tenemos que examinar nuestra responsabilidad colectiva ante el derrumbe de las esperanzas que dejamos crecer, exageradamente, con la elección presidencial del Ingeniero Enrique Bolaños.

Para muchos, la personalidad de “Don Enrique”—“empresario”, “hombre de familia”, “cristiano devoto”, “intachable”—, fue suficiente para creer en las bondades de la “Nueva Era”. Muy poco le exigimos a “Don Enrique” que explicara en que consistía la “Era”, que anunciara con pompa y dramatismo en su primer discurso presidencial.

Muy poco le hemos exigido al presidente que explique su posición ética ante la pobreza, la distribución de los costos y los beneficios sociales de su política económica, su responsabilidad en la corrupción del gobierno anterior, su silencio frente al tema de su pensión y su salario, o el significado real de su “liberalismo”. Y hasta parece que ya nos olvidamos del “borrador” que nos prometió el Ing. Bolaños, cuando hace unos meses ofreció explicar su “visión” del país.

Cuando con timidez hemos expresado nuestra preocupación por las enormes contradicciones de su gobierno y de su discurso, “Don Enrique” nos ha calmado con su sonrisa perdona-vidas, y se ha limitado a pedir que tengamos “fe” en él. Y nosotros, acostumbrados a rezar y a creer que la fe puede mover montañas, decidimos esperar. Y seguimos esperando, inundados de nuestra infinita paciencia cristiana y medieval.

Ahora que la lucha contra la corrupción perdió su horizonte, y que la pobreza del país se hace más que evidente, empezamos a transitar pesadamente de la borrachera discursiva a la goma moral que tarde o temprano nos deja nuestra veneración por los fetiches: nuestra tendencia a rendir culto a las personalidades. Sobre este vicio nuestro escribió nuestro brillante pensador Santiago Argüello.

En su ensayo Mi Mensaje a la Juventud, publicado en 1928 con una hermosísima introducción escrita por Rubén Darío, Argüello señalaba: “De la impotencia para construirse un ideal, que es ceguera de espíritus, nace la necesidad que tiene todo ciego: la del lazarillo. De ahí que nuestros pueblos anden siempre en busca de alguien a quien subordinarse. De ahí que, no pudiendo substantivar en ellos la abstracción, personifiquen sus anhelos en lo concreto de un fetiche. El fetichismo, repunta Argüello, “es una necesidad indispensable de aquellos que, no sabiendo andar por si solos, les es preciso que los anden”.

Para muchos, la “Nueva Era” murió cuando el presidente reconoció frente a las cámaras de televisión que, a pesar de sus promesas, la corrupción sigue siendo negociable en Nicaragua. Pero la “Nueva Era” no ha muerto, porque no puede morir lo que nunca tuvo vida. La “Nueva Era” nunca nació. Nunca existió. Fue siempre un nombre vacío. Un seudo concepto. Una nueva estafa discursiva en la larga historia de la corrupción de la palabra en nuestro país.

De esta corrupción —infinitamente más destructiva que la corrupción administrativa—, somos culpables todos. Culpables somos, por no haber condenado y rechazado enérgicamente la irresponsable grandilocuencia de los que nos ofrecieron la “Nueva Era” y la “Tierra Prometida”. Culpables somos, por rendirnos, una y otra vez, ante cualquier cosa anunciada a gritos y en mayúsculas.

No reaccionamos frente al altisonante anuncio de la “Nueva Era”, dirán algunos, por miedo al sandinismo. Otros dirán que no lo hicimos, por el deseo y la necesidad urgente de terminar de cualquier modo con el “alemanismo”. No lo hicimos, diría Santiago Argüello, porque no prestamos atención a las ideas, porque somos reacios a la abstracción, y porque vivimos enamorados de lo “concreto de un fetiche”.

Y agregaría: “Y en tanto, nuestros pobres pueblos, incapaces de columbrar lo abstracto de un ideal, de comprender la fuerza oculta que conduce a las altas finalidades de la Raza, juegan a la gallina ciega de su desorientación, y con los ojos vendados y los brazos a tientas, sólo aspiran a prenderse del primer caudillo que se acerque, a ser uncidos en el carro de personales ambiciones, en espera inocente de falaces promesas que jamás o pocas veces se cumplen”.