SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS | AÑO 7| No.326| DEL 9 AL 15 DE FEBRERO-2003

Columnista invitado

Guerra y Sensatez

Mientras Bush justifica con elocuencia la invasión a Irak, preguntémonos si es sensato llevarla a cabo. ¿Es ésta, realmente, la mejor forma de gastar miles de vidas y, por lo menos, 100.000 millones de dólares?

Edgard Martinez*

 
   

Washington DC. El presidente George W. Bush y Colin Powell han demostrado hábilmente que Irak está ocultando armas, que Saddam Hussein es un mentiroso embustero y que los funcionarios iraquíes deberían ser menos locuaces por teléfono. Pero no demostraron que la solución es invadir Irak.

Quien haya visto muchachos destrozados por la metralla sabe que la guerra sólo debería ser un recurso de última instancia. Y todavía no hemos llegado a ese punto. Todavía tenemos una alternativa mejor: la contención.

Por eso, en el Pentágono, los altos funcionarios civiles se muestran belicosos, pero muchos militares manifiestan recelo. Norman Schwarzkopf, Anthony Zinni, Wesley Clark y otros generales retirados han expresado su preocupación por la carrera hacia la guerra.

“Seré franco: algunas declaraciones de Rumsfeld me han puesto un tanto nervioso —confesó Schwarzkopf a The Washington Post—. Considero importantísimo esperar a ver qué dicen los inspectores.” (Al parecer, la Casa Blanca ya ha lanzado un ataque preventivo contra él: ahora, no concede entrevistas.)

Por su parte, Zinni dijo de los halcones: “No sé a ciencia cierta en qué planeta viven. No es el que yo recorro”. En un discurso que pronunció en octubre, en el Middle East Institute de Washington, añadió: “Si pretendemos resolver esto recurriendo a la acción violenta, vamos por mal camino. Ante todo, no veo la necesidad de hacerlo. En segundo lugar, creo que la guerra y la violencia son un último, repito, último recurso”.

Los halcones suelen comparar a Saddam con Hitler e insinuar que si no lo enfrentamos resueltamente en Bagdad, mañana tendremos que enfrentarlo en el Mediterráneo. Lo mismo se dijo del egipcio Gamal Abdel Nasser, en el que Occidente vio al Hitler de los años 50 y 60. En ambos casos, la analogía es imperfecta: Saddam será, quizá, tan avieso y repulsivo como Hitler, pero es incapaz de invadir a sus vecinos. Su ejército se ha deteriorado todavía más desde los tiempos en que Irán frenó su avance. Y, mañana, Saddam no será una amenaza para nosotros: es más probable que esté muerto.

El coronel libio Muammar al-Khadafy, al que solían denunciar como el Hitler de los años 80, presenta una analogía mejor. Saddam y él han cambiado poco desde entonces, pero en aquella época vilipendiábamos a Khadafy, mientras Don Rumsfeld seducía a nuestro hombre de Bagdad.

La táctica de contener

En la década del 80, Libia intervino agresivamente en otros países, intentó adquirir armas de destrucción masiva, perdió batallas aéreas contra aviones de Estados Unidos e incursionó en el terrorismo. Sus terroristas colocaron una bomba en un club nocturno berlinés al que concurrían soldados norteamericanos, e hicieron estallar un avión de línea de Pan Am mientras sobrevolaba Escocia. Libia nunca fue una potencia militar del nivel de Irak, pero se involucró más en el terrorismo. A decir verdad, en los años 80 habríamos tenido tan buenas razones para invadir Libia como las tenemos hoy para invadir Irak.

Pero el presidente Ronald Reagan fue sensato: optó por contener a Libia, en vez de invadirla. Y su táctica dio resultado. Me pregunto si alguien piensa que hoy estaríamos mejor de haber invadido y ocupado Libia, si hubiésemos pasado los últimos veinte años con nuestras tropas tiroteadas por los beduinos, allá en el desierto.

El presidente Bush dice que Saddam intenta jugar con nosotros. Es verdad. Pero en los años 90, los inspectores demostraron que no eran, ni son, estúpidos: avanzaron y destruyeron muchas más armas que Estados Unidos durante la Guerra del Golfo.

Aun cuando Saddam lograse ocultar las armas existentes, no podría perfeccionarlas. Tampoco podría desarrollar armas nucleares. Los programas nucleares se detectan con relativa facilidad, en parte porque requieren grandes plantas con vastas redes eléctricas. Las inspecciones tienen, por cierto, sus desventajas, pero pueden impedir que Saddam adquiera armas nucleares.

Luego está la cuestión de los recursos. Dejando a un lado la pérdida de vidas, la guerra y la reconstrucción costarán de 100.000 a 200.000 millones de dólares. O sea, una factura de entre 750 y 1500 dólares para cada contribuyente norteamericano, y ese dinero puede gastarse en cosas verdaderamente mejores.

Podríamos hacer más por nuestra seguridad nacional gastándolo en educación o en una gran campaña para promover los autos híbridos y los vehículos con motor a hidrógeno,  dando otros pasos hacia la independencia energética y mejorar el programa espacial.

Así pues, mientras Bush justifica con elocuencia la invasión a Irak, preguntémonos si es sensato llevarla a cabo. ¿Es ésta, realmente, la mejor forma de gastar miles de vidas y, por lo menos, 100.000 millones de dólares?

Senior Consultant del Banco Mundial.