SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS | AÑO 7| No.313| DEL 27 DE OCTUBRE AL02 DE NOVIEMBRE DE 2002

Rostros de Nicaragua

El anillo de Manuela

 
Sergio Caramagna  

Recibimos dos notitas escritas en papel común. En una de ellas se hacían recomendaciones sobre nuestro regreso a Río Blanco esa noche, ya que podía existir cierto riesgo. La otra envolvía un pequeño anillo de oro y sólo se leía el nombre de la muchachita. Fue un momento muy especial. Nadie, de las personas presentes en esa humilde vivienda, había escrito esas notas. Ambas estaban firmadas de la misma manera. Y las dos provenían de la misma habitación vacía. Momentos antes, la muchachita escuchó una voz distinta viniendo desde dentro de una de las habitaciones. La voz de Toñito.

En cuatro horas de marcha se llega a Paiwas. Y en el último tramo de carretera de montaña y sin asfaltar, se deben vadear varios ríos. Durante el invierno especialmente, el paisaje de este último tramo es particularmente bello.

Montañas bajas con pastizales y arboledas. Cercas con sus postes pintados y ganado vacuno cada vez más numeroso, resaltan el panorama de algunas haciendas importantes.

Algunos relatos alientan el camino. Relatos que venimos recibiendo desde hace algún tiempo. Relatos contados por la gente del campo. A medida que avanzamos, escuchamos testimonios e historias que abonan esos relatos. Algunos fantásticos, ponen a prueba la imaginación.

El viaje a Bocana de Paiwas, es más que un recorrido a la profundidad del territorio. Es un viaje a lo hondo de la naturaleza humana del nicaragüense.

Esas historias y relatos van envolviendo al viajero. Lo transportan lentamente a un territorio muy poco conocido. Casi inexplorado. Es el territorio no conciente de nuestra misma existencia.

Se avanza en el camino y a medida que pasan los kilómetros, nos hundimos en la profundidad de una Nicaragua diferente. De relatos y leyendas. De creencias y mitos. De puntos de vistas inéditos. De formas de pensar que nos retrotraen a los orígenes de la historia. Y en esos paisajes, con esa gente de campo, sospechamos de pronto que esa realidad no está tan alejada de nosotros. Por eso el viaje es también un recorrido hacia el interior de nosotros mismos.

Esto comienza a ser revelador. Nos fascina. Ponemos especial interés en descubrir ese mundo y descubrir esa parte de Nicaragua y esa parte de nosotros mismos. ¿Será que en nuestra vida cotidiana de buen ciudadano ocultamos por alguna razón los sentimientos que advertimos en esos lugares lejanos? ¿Será que simulamos racionalidad y ciencia, pero en el fondo no ponemos demasiada fe en ello? Es posible que esta realidad tenga mucho más de nosotros mismos de lo que estamos dispuestos a aceptar.

Cuando escuchamos las historias de esos seres extraordinarios que establecen comunicación con la gente del campo y que les ayudan en muchos sentidos, nos resistimos a aceptarlo. Pero nos queda la sospecha de que en esto debe haber algo más que imaginería popular.

Creemos tener la agenda del día estructurada y eso nos hace sentir seguros. Pero nos seduce la nota marginal sobre la supuesta aparición de la imagen de La Virgen en alguna casita humilde de un pueblito lejano.

Primero nos contaron sobre estos seres. Algunos le dicen duendes. Otros los califican como seres angélicos. Todos coinciden en que están y que se relacionan naturalmente con algunas personas. Hay quienes dan explicaciones basadas en la Biblia. Otros simplemente hablan de ellos como si fueran parte de la familia. Incluso algunos niños especiales cuentan estos encuentros con una frescura y naturalidad que pondría los pelos de punta al más pintado racionalista.

La fuerza de los imponderables de la naturaleza condiciona fuertemente la vida de los hombres del campo. En la ciudad creemos haber superado esta ira del trueno, la lluvia, los ríos crecidos. Pero en el campo estamos a merced de ellos. Y sólo queda aguantar, esperar, someterse a su imperio. Por eso el río Wanawana nos detuvo 8 horas. “Deberá hacerse la voluntad de Dios”. Esta frase la escuchamos repetidamente en los diferentes testimonios. Constituye toda una actitud frente a la vida.

Cuando se vive así cotidianamente, es necesario encontrar un amparo. Algo que sustente la existencia. Para que otorgue mayor seguridad y ayude a restablecer el equilibrio que esas fuerzas naturales inmanejables han puesto en peligro. Para que podamos vivir en equilibrio con el miedo natural que llevamos como especie.

Por eso, cuando cruzamos el río Wanawana, sentimos que es mucho más que un curso de agua que nace en el cerro Muzún. Estamos cruzando una frontera natural y humana de mayor importancia y significación. Nos estamos metiendo en la profundidad negada del país, de su gente y de su naturaleza verdadera. Siempre es un riesgo para nosotros hacer esto. Porque puede ser que nos encontremos con realidades que no puedan explicarse tan sencillamente.

Realidades que patean el tablero de nuestro estilo de vida. Voces que nos hablan de cosas tan sencillas como ser más solidario con el desamparado. Nos hablan de la importancia de la oración. Nos recuerdan que en las pequeñas cosas podemos encontrar grandes verdades. Verdades que parece que hemos perdido. Pero que podemos rescatar. Desde la mayor humildad. Donde las palabras no tienen tanta significación como la mirada de uno de los niños que nos habló de Toñito. Porque desde esa mirada inocente y limpia se dice mucho más que en el mejor discurso. Acercarse a escucharlo puede ser toda una revelación.

Esta fue la lección del viaje a Bocana de Paiwas.