El
anillo de Manuela
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| Sergio
Caramagna |
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Recibimos
dos notitas escritas en papel común. En
una de ellas se hacían recomendaciones
sobre nuestro regreso a Río Blanco esa
noche, ya que podía existir cierto riesgo.
La otra envolvía un pequeño anillo
de oro y sólo se leía el nombre
de la muchachita. Fue un momento muy especial.
Nadie, de las personas presentes en esa humilde
vivienda, había escrito esas notas. Ambas
estaban firmadas de la misma manera. Y las dos
provenían de la misma habitación
vacía. Momentos antes, la muchachita escuchó
una voz distinta viniendo desde dentro de una
de las habitaciones. La voz de Toñito.
En
cuatro horas de marcha se llega a Paiwas. Y en
el último tramo de carretera de montaña
y sin asfaltar, se deben vadear varios ríos.
Durante el invierno especialmente, el paisaje
de este último tramo es particularmente
bello.
Montañas
bajas con pastizales y arboledas. Cercas con sus
postes pintados y ganado vacuno cada vez más
numeroso, resaltan el panorama de algunas haciendas
importantes.
Algunos
relatos alientan el camino. Relatos que venimos
recibiendo desde hace algún tiempo. Relatos
contados por la gente del campo. A medida que
avanzamos, escuchamos testimonios e historias
que abonan esos relatos. Algunos fantásticos,
ponen a prueba la imaginación.
El
viaje a Bocana de Paiwas, es más que un
recorrido a la profundidad del territorio. Es
un viaje a lo hondo de la naturaleza humana del
nicaragüense.
Esas
historias y relatos van envolviendo al viajero.
Lo transportan lentamente a un territorio muy
poco conocido. Casi inexplorado. Es el territorio
no conciente de nuestra misma existencia.
Se
avanza en el camino y a medida que pasan los kilómetros,
nos hundimos en la profundidad de una Nicaragua
diferente. De relatos y leyendas. De creencias
y mitos. De puntos de vistas inéditos.
De formas de pensar que nos retrotraen a los orígenes
de la historia. Y en esos paisajes, con esa gente
de campo, sospechamos de pronto que esa realidad
no está tan alejada de nosotros. Por eso
el viaje es también un recorrido hacia
el interior de nosotros mismos.
Esto
comienza a ser revelador. Nos fascina. Ponemos
especial interés en descubrir ese mundo
y descubrir esa parte de Nicaragua y esa parte
de nosotros mismos. ¿Será que en
nuestra vida cotidiana de buen ciudadano ocultamos
por alguna razón los sentimientos que advertimos
en esos lugares lejanos? ¿Será que
simulamos racionalidad y ciencia, pero en el fondo
no ponemos demasiada fe en ello? Es posible que
esta realidad tenga mucho más de nosotros
mismos de lo que estamos dispuestos a aceptar.
Cuando
escuchamos las historias de esos seres extraordinarios
que establecen comunicación con la gente
del campo y que les ayudan en muchos sentidos,
nos resistimos a aceptarlo. Pero nos queda la
sospecha de que en esto debe haber algo más
que imaginería popular.
Creemos
tener la agenda del día estructurada y
eso nos hace sentir seguros. Pero nos seduce la
nota marginal sobre la supuesta aparición
de la imagen de La Virgen en alguna casita humilde
de un pueblito lejano.
Primero
nos contaron sobre estos seres. Algunos le dicen
duendes. Otros los califican como seres angélicos.
Todos coinciden en que están y que se relacionan
naturalmente con algunas personas. Hay quienes
dan explicaciones basadas en la Biblia. Otros
simplemente hablan de ellos como si fueran parte
de la familia. Incluso algunos niños especiales
cuentan estos encuentros con una frescura y naturalidad
que pondría los pelos de punta al más
pintado racionalista.
La
fuerza de los imponderables de la naturaleza condiciona
fuertemente la vida de los hombres del campo.
En la ciudad creemos haber superado esta ira del
trueno, la lluvia, los ríos crecidos. Pero
en el campo estamos a merced de ellos. Y sólo
queda aguantar, esperar, someterse a su imperio.
Por eso el río Wanawana nos detuvo 8 horas.
“Deberá hacerse la voluntad de Dios”.
Esta frase la escuchamos repetidamente en los
diferentes testimonios. Constituye toda una actitud
frente
a la vida.
Cuando
se vive así cotidianamente, es necesario
encontrar un amparo. Algo que sustente la existencia.
Para que otorgue mayor seguridad y ayude a restablecer
el equilibrio que esas fuerzas naturales inmanejables
han puesto en peligro. Para que podamos vivir
en equilibrio con el miedo natural que llevamos
como especie.
Por
eso, cuando cruzamos el río Wanawana, sentimos
que es mucho más que un curso de agua que
nace en el cerro Muzún. Estamos cruzando
una frontera natural y humana de mayor importancia
y significación. Nos estamos metiendo en
la profundidad negada del país, de su gente
y de su naturaleza verdadera. Siempre es un riesgo
para nosotros hacer esto. Porque puede ser que
nos encontremos con realidades que no puedan explicarse
tan sencillamente.
Realidades
que patean el tablero de nuestro estilo de vida.
Voces que nos hablan de cosas tan sencillas como
ser más solidario con el desamparado. Nos
hablan de la importancia de la oración.
Nos recuerdan que en las pequeñas cosas
podemos encontrar grandes verdades. Verdades que
parece que hemos perdido. Pero que podemos rescatar.
Desde la mayor humildad. Donde las palabras no
tienen tanta significación como la mirada
de uno de los niños que nos habló
de Toñito. Porque desde esa mirada inocente
y limpia se dice mucho más que en el mejor
discurso. Acercarse a escucharlo puede ser toda
una revelación.
Esta
fue la lección del viaje a Bocana de Paiwas.

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