Esperando
a Lula
Rolando
Cordera
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| Luiz
Inácio Lula da Silva |
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Buenos
Aires. La victoria electoral de Lula este domingo
27 será un acontecimiento enigmático
aunque esperanzador. La llegada a la presidencia
del gran país del sur del ex obrero metalúrgico,
que alguna vez paralizase Sao Paulo y enfrentara
a la dictadura militar que mandaba en el Brasil
de entonces, será una confirmación
de la fuerza de una democracia peculiar que se
ha basado más en la fortaleza del Congreso
y la habilidad y el carisma del presidente Fernando
Henrique Cardoso que en la solidez de sus partidos.
De
concretarse el triunfo de Lula, no sólo
la democracia brasileña habrá dado
pruebas de un vigor extraordinario, tanto que
le abre las puertas a un indudable representante
de las clases peligrosas, cabeza por mucho tiempo
de los excluidos de siempre. También habrá
mostrado, nos dice el sociólogo francés
Alain Touraine, el firme compromiso de Cardoso
con la consolidación democrática
de su nación, que ahora se arriesga a poner
por delante proyectos más ambiciosos de
reforma social en medio de nuevas turbulencias
amenazadoras de su estabilidad.
Sería
un error, nos sugería el profesor francés,
ver el ascenso de Lula como la derrota del neoliberalismo,
cuyos abanderados habrían sido Cardoso
y José Serra. Los esfuerzos hechos por
ambos en el frente social brasileño, tanto
en la atención directa a los pobres como
en la gran lucha con las farmacéuticas
en torno a los medicamentos para el Sida, no fueron
poca cosa, a pesar de que Brasil siga a la cabeza
de la injusticia distributiva en la región,
seguido de cerca por Chile y por nosotros. Lo
cierto es que los gastos destinados al alivio
de la pobreza subieron significativamente durante
el gobierno del sociólogo que expuso las
tesis sobre la dependencia latinoamericana en
los años 70, para luego admitir, ya desde
la política del poder, que lo que había
que hacer con la globalización era inscribirse
en ella lo más pronto y mejor que se pudiese.
Con
todo, tanto ahora como con el probable cambio
de Lula, en este Cono Sur conmovido por la tragedia
argentina y sus reverberaciones que se llevaron
de corbata a Uruguay e inmovilizaron a Chile y
al propio Brasil, se espera que desde el "país
más grande del mundo" vuelvan a soplar
aires de aliento y, como lo hizo Cardoso en su
momento, oposición realista a los planes
norteños de un acuerdo continental de libre
comercio que no contiene consideración
alguna sobre las asimetrías estructurales
que definen las relaciones económicas del
Hemisferio Occidental, mucho menos sobre las expresiones
más brutales de dichas asimetrías
en la pobreza de las masas y la injusticia social.
En
Chile se vivió en estos días una
prueba más de muñequeo entre el
presidente Ricardo Lagos y las fuerzas armadas,
en esta ocasión con el jefe de la fuerza
aérea, que se negaba a dejar su puesto
a pesar de que su principal colaborador está
indiciado por ocultar información sobre
desaparecidos después del 11 de septiembre
de 1973. Lagos salió ileso y triunfante
de la escaramuza, gracias, entre otras cosas,
a la operación habilidosa de su ministro
del Interior, José Miguel Insulza.
También
en Chile, el mejor alumno graduado del Consenso
de Washington, se sienten los temblores de la
volatilidad ambiente. Ante la crítica de
varias firmas de inversión estadounidenses
al manejo y presentación de sus cuentas
fiscales, el ministro de Hacienda tuvo que ofrecer
transparencia plena y seguridades redobladas a
los señores "mercados", que ya
anunciaban una degradación de Chile en
su aceptación por Wall Street.
En
Bolivia, donde se celebraron 10 años de
democracia y, un tanto irónicamente, se
recordó a la Revolución Nacional
de 1952, los políticos se quiebran la cabeza
para darle sentido trascendente a la nueva presidencia
de Gonzalo Sánchez de Losada, alcanzada
gracias a los votos minoritarios del MIR (15 por
ciento del total) y, sobre todo, a la habilidad
de su dirigente histórico, el ex presidente
Jaime Paz Zamora. MIR y MNR cogobiernan y buscan
darle una lógica de continuidad histórica
a aquella revolución de mineros y soldados
encabezados por intelectuales y políticos
nacionalistas que, según ellos, habría
desembocado en la "revolución de la
democracia" (en palabras de Paz Zamora),
que se inaugura en 1982 con Hernán Siles
Zuazo, pero pasa por Hugo Bánzer, el cruel
ex dictador que acabó con los gobiernos
revolucionarios, y ahora busca continuarse en
el gobierno del Goni, quien antes aplicó
el más agresivo programa neoliberal de
que se tenga memoria en estas tierras.
Lo
que manda hoy en Bolivia es la ausencia del crecimiento,
que se ha vuelto una nefasta costumbre que embarga
al conjunto social. Salir de este hoyo es la divisa
principal que une a los políticos bolivianos,
quienes tienen que vérselas día
tras día con la presencia agresiva y demandante
de unos movimientos indios que se presentan como
los olvidados de todas las revoluciones y reclaman
mucho más que un lugar en el espacio político
formal, donde uno de los suyos, Evo Morales, estuvo
a punto de alcanzar la presidencia de la república.
La
recepción de Lula en el Cono Sur pasa obligadamente
por Buenos Aires, cuya estrepitosa caída
empezó con la devaluación brasileña
y el colapso del Mercosur. Aquí sí
que se vive a diario la "hora de la verdad".
Habrá que esperar a que nuestro espacio
se renueve para hacer un mínimo recuento
de lo que aquí pasa y no deja de pasar.
Como modelo para (des)armar.
(Publicado
en La Jornada de México)

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